viernes, 2 de abril de 2010

SEMANA SANTA EN BOLLULLOS DE LA MITACIÓN (SEVILLA) (2)- UNA CRÓNICA.

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-Hacía ya unos pocos de años que por una cosa o por otra me había alejado prácticamente en Semana Santa de mi pueblo. No la vivía como la tenía que vivir, para qué nos vamos a engañar. Y este año el río volvió a su cauce, como rumor del Majalberraque que frente a los pájaros.


Me fui el Jueves Santo para casa de mi prima Mari Carmen. No caía yo que desde su balcón tenía tan buenas vistas hacia la ermita de Roncesvalles. Allí con la amiga Eva y con mi sobrino Antonio, siempre expectante ante la banda de música, ante el paso, ante la cofradía. La calle larga era una hervidero de pétalos en el horizonte de una tarde anaranjada por el espléndido sol. El azahar y el incienso embadurnaban con su típico perfume la inquieta rúa. En aquel rincón del supermercado Guzmán ya se avistaban los hábitos albivioletas de los nazarenos mercedarios, con aquel escudo de la cruz de Malta y las barras de la corona de Aragón. Y yo allí en el balcón, pendiente de mi sobrino, pendiente de mi pueblo, pendiente de mis recuerdos, pendiente de mi inmersión profunda hacia la fe de mis mayores y las vivencias de la infancia. Había saludado a mi primo Pepe y veía a su hijo, mi primo Manuel, en la costalería. Veía a tantos paisanos, a tantos amigos....Allí la puerta de María Gracia, a donde iba mi abuela Antonia con sus amigas. La hermandad de la que mi abuela Pepa fue camarera se disponía con sus mejores galas. Sale el Cristo del Gran Poder, sale la Virgen de la Merced. Se bifurcan las emotivas saetas hacia la galante banda de música, que con talento toca a la cofradía en su popular recorrido. Salimos, vamos y venimos, comemos y paseamos, hasta hallar las torrijas. Aspiramos el aroma de la panadería Silvestre y las piedras de la calle del prado, en la vecindad de la que fue la casa de mi abuelo Juan José, cuya imagen en el balcón aún miro como si se tratara de ayer. Ventanas engalanadas, gentío concentrado, entrañas del corazón del Aljarafe. Allí con mi prima, con los amigos Jesús, Eva y Ana Mari, con mis tíos Rogelio y María Manuela, saludando y santiguándonos ante el paso de las imágenes. Intento abstraerme y aguijonear mi interior, meditando en los misterios de la Santa Pasión que sufrió el Señor y Su Santísima Madre. Mi sobrino demuestra su pasión por la música, agarra su pequeño tambor y se pone en la fila con los músicos; llorando amargamente cuando lo quitamos de su creada fila. "¡La Virgen, la Virgen!", sollozaba con ardor. Palio carmesí de castillos y leones y un Gran Poder que parece andar solo por las calles del pueblo.

Qué recuerdos del amigo José Julio, que tan pronto nos dejó, como más pronto aún nos dejó Juanito el monaguillo. Recuerdos que me ofrece la hermandad a la cual pertenece mi madre.


Y con ello, Semana Santa en familia y buena compañía, como echaba de menos.


Llegó el Viernes Santo también regalado por el sol. Vexilla regis prodeunt. Viernes de la hermandad de la Soledad, de la cual soy hermano, como mi padre y como lo fue mi tío Felipe. Hermandad que ha sido la pasión de mi tío Ramón, de mi tía Pepa, de mi tía María, de mi tío Manolo, de mi tío José María y de mi padre; y José María y Felipe ya descansan en el reino de los cielos, al cual apelo por sus vigilantes estrellas. Soledad de mi primo Juan y de sus hijos, de su mujer Carmen llevando a mi sobrino, otro Antonio, en procesión. La plaza de Nuestra Señora de Cuatrovitas abarrotada, los naranjos mirando a las palmeras, la placa en la iglesia de los héroes de Bollullos que murieron ya en las Antillas, ya en las Filipinas, ya en el Marruecos. La pequeña réplica de la escultura patronal en la esquina de la casa de José Escobar, mi querido vecino a quien tanto añoro. Allí en la puerta de mi casa con tantos vecinos, divisando el vasto horizonte de la calle larga hasta el prado, y por el otro lado la cuesta del cura y la barriada, donde estuvo el colegio y la consulta que llevaba el nombre de don Jaime Galiay Iranzo. Allí Marcos, Mundi, Sotero y tantas buenas gentes de origen soriano que trabajan por la hermandad. Alrededores del ayuntamiento colapsados, bajo la atenta vigilancia del amigo Juan Ruiz. Recuerdos de cuando salía de nazareno con mi primo Enrique, recuerdos de Eugenio Perejón, avistando a su hijo José de costalero. Recuerdos de mi amigo Edu, también en la costalería. Recuerdos de Julio García, de mi amigo Ignacio López Moreno y de tantos otros que ya se fueron a la casa del Padre. Recuerdos y presente, oraciones para el futuro, propósitos, palmas, y alguna furtiva lágrima que se queda por dentro en los exasperados días primaverales, cuando la sensibilidad queda a merced de mi espíritu andaluz.


Sale el Cristo del Amor, la Virgen de la Soledad. Cruz y palio. Saeta de Manuel Calero, también pariente. Llega mi prima con mi sobrino. Nos vamos a casa de mis tíos, pasando por la Marquesa para llegar al Calvario, evidenciando nuestro despiste cuando el Cristo ya había pasado y se nos venía el soleaero palio. Recorremos la procesión, saludamos a Andrea, prima de mi abuelo Juan José, hablando de los orígenes de la familia mientras mi sobrino Antoñito hace estragos contra la tranquilidad; pasamos por la casa de mi tío Manolo, fundiéndonos con los hábitos blanquinegros, y con esa pequeña hilera de hábito blanquiazul que mi maestro Francisco Rivas recuperó como historia viva de la Hermandad Sacramental, aquella heredera del culto a la Vera Cruz tan extendido por nuestra comarca y por nuestra América, con aquella impronta franciscana. Hermandad del Santísimo, hermandad del Corpus, hermandad antigua que ha continuado al paso de los años, hermandad de los míos. Llegamos a la calle del prado, una calle para mí tan familiar como la plaza, encontrándonos con el primo Antonio. ¡Cuántos Antonios en la casta! Allí en la casa de mi tía María Manuela, al lado del solar de los abuelos; por allí aparece el amigo Diego Salado de Umbrete.


Evoco a mi abuelo José María; Dios no me concedió la gracia de conocerlo.

¡Dios mío de mi alma, cómo extraño a mis abuelos, aun a sabiendas de que son estrellas que vigilan desde el cielo azul, que es el cielo más claro, nuestro cielo del Mediodía!

Y le doy gracias por la familia tan estupenda en la que me he criado, y por tener unos amigos por derecho. ¿Hay más seguridad en la vida que tener siempre esperando un plato caliente o un oído amigo? ¡Eso ni se compra ni se vende!


Soy hermano de la Soledad como soy hermano de Cuatrovitas, pero todas las hermandades han de ir hacia un mismo fin, que no es otro que el culto católico, la propagación de la fe en nuestro pueblo. Por eso no entiendo de piques ni de historias, y me da mucha alegría ver a mi pariente Manolo Díaz, mercedario de pro y músico avezado, como me da alegría ver a mi amigo Fernando Rodríguez, hermano mayor de la Merced.

Me da alegría la Semana Santa en mi pueblo, Jueves y Viernes Santo, como me da nostalgia, como me llama a la reflexión, a la hondura, al refuerzo. Me da alegría el ver a niños pidiendo caramelos y cera para hacer bolas. Como me da alegría guardar la vigilia, comiendo espinacas y chipirones, como me da alegría ver entrar al Cristo del Amor y a la Virgen de la Soledad en una plaza oscurecida para el momento, con aquellos costaleros bajo los mandos de Morón y Moreno, sorteando la raspa de la iglesia de San Martín de Tours para triunfar en volandas, cumplimentando la pedagogía barroca. El Jueves el Señor del Gran Poder carga la cruz, el Viernes el Señor del Amor expira. "¡El Señor, el Señor!", dice mi sobrino, el ahijado de mi hermana Rocío. Y ambos días Santa María, ya en la Merced ya en la Soledad, aquella María a la que cantaba el rockero Silvio por la Pura Concepción que antes que Roma Sevilla proclamó, sufre por Su hijo como sufre por todos nosotros, y su Corazón Inmaculado se abre hacia el mundo entero con la promesa de Fátima.


Como el rockero Silvio, rezaré, rezaré....


Soledad de Astorga, aquel genial imaginero; Soledad en cuyo escudo confluyen el pueblo, el Ave María y el Santísimo Sacramento con una bella corona.



Quisiera hablar con propiedad en arameo para exclamar: "Marana tha!".

Quisiera hablar con propiedad en griego para exclamar: "Christe eleison, Kyrie eleison! Erjou, Kyrie Ieesu!"

Quisiera hablar con propiedad en latín para rubricar: "In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum".


Y voy evocando la fe que alimentó a Hillaire Belloc y John R.R. Tolkien desde su infancia; la fe a machamartillo de Marcelino Menéndez Pelayo, la fe que descubrió Vittorio Messori, la fe que descubrieron G.K. Chesterton, Evelyn Waugh, Roy Campbell, Edith Sitwell; la fe por la que aún se pregunta Antonio García Barbeito y que tanto refrendó San Agustín de Hipona en sus Confesiones. La fe y las obras de las que nos habla Santiago en su carta. La fe de San Pablo desde sus abigarrados orígenes hebreos y que transmitió por el Mare Nostrum. La fe de Quevedo, Cervantes, Calderón de la Barca, Camões, la fe que redescubrió Blaise Pascal, la fe del indio Juan Diego, la del mulato San Martín de Porres, la fe de mi paisano y antepasado Fray Juan Calero, fundador de Tequila; la fe de José Javier Esparza, quien me brindó la oportunidad en su programa. La de Santa Rafqa del Líbano, la fe de Maríe Alphonsin, la fe de Santo Tomás de Aquino, la fe de San Pío V y San Pío X; la fe de San Fernando III, aquel excelso monarca leonés que devolvió a estas tierras a la Cristiandad de San Isidoro; la fe que mantuvieron los mozárabes en tiempos difíciles.


Sí puedo cantar y quiero, contestando al genial Antonio Machado, a ese Jesús del madero, a Yasou al Massih, si supiera hablar en árabe. Al Cristo que murió en la Cruz por el perdón de nuestros pecados y por la vida eterna.

Voy recordando los preciosos cantos maronitas por boca de la espléndida Fairouz, balbuceando una oración a San Charbel Makhlouf.

Voy recordando algunos retazos moralistas de Fiodor M. Dostoyevski, voy recordando las tantas cosas buenas que escribió Alexander Solzhenitsyn.

Voy recordando la iglesia de la Santa Cruz y el monasterio de la Rainha Santa en Coimbra, en aquellos dulces viajes lusitanos.

Voy recordando tantas cosas....


Voy alimentando la fe que yo también redescubrí. La fe por la que tantos han dado tan precioso testimonio, muchas veces materializado en injusta y cruente muerte. La fe que es perseguida por un mundo soberbio e ignorante, que desprecia su pasado porque no conoce ni el presente y se cree el ombligo del fin de la historia. Ante su voluntaria miopía, yo reivindico Fides et Ratio.

Soy católico, porque católico quiere decir universal.

Soy apostólico, porque apóstol es enviado, y pienso que todos somos enviados por Dios a través de nuestro particular linaje y nuestra singular vocación en la vida.

Y soy romano, porque romana es mi lengua, romana es mi cultura, romana es la base de mi tradición y pensamiento, y Jesús vino al mundo en época romana, en aquel mar de pueblos que es la palestina Tierra Santa. Y estos orígenes, concretando en lo hispánico, no me excluyen ni para amar apasionadamente mi patria ni para tener en mente esa vocación universal para un mundo que tiene un Creador que siempre está ahí. Dios está en todos partes, ¿cómo excluirlo? ¿Matar a Dios? Pues ya lo intentaron y Él venció, venció a la muerte y al pecado; así, mañana proclamamos a los cuatro vientos la Resurrección del que de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, cuyo reino no tendrá fin. Aquel que vino no a abolir, sino a completar.


Pertenezco a la Iglesia, porque Iglesia significa asamblea, la asamblea del pueblo de Dios, entre sacerdotes y seglares, entre hombres y mujeres, entre gentes de tan diversa procedencia y carisma adorando a un mismo Dios en una misma Comunión. Asisto a la Eucaristía, el sacramento de nuestra fe que quiere decir acción de gracias. No tengo por qué esconderme y ya advirtió Cristo a los que lo negaran, como advirtió a los tibios.


Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat!



Mi fe, como la de tantos otros, no es una fe supersticiosa, ni tampoco una duda barata. Puedo dudar de muchas cosas, pero no de que el día esté soleado o esté lloviendo, o en mi poca matemática, que dos y dos son cuatro. Ni sola scriptura ni pesimismo fatalista, ni hombre bárbaro ni contratos sociales, ni buenismos ni idolatrías ni mesianismos secularizados. Por la contra, voy por la luz de una cultura que tiene más de veinte siglos, una cultura completada con una continuidad lógica en el tiempo y en el espacio, una fe que compartimos mil millones de personas de todas razas y clases. Es "un todo". Universal, se reitera. Y ese todo universal lo he vivido en mi pueblo en estos días, en este Bollullos de la Mitación a quince kilómetros de Sevilla, en este que fue un centro de pequeñas aldeas y concentró a pequeñas poblaciones más o menos dispersas. En este pueblo donde mi sangre se asienta desde muy antiguo, complementándose con retazos en mi caso de La Campana, Morón de la Frontera, Pilas, Coria del Río y Coripe. No aspiro a ser un superhombre nietzscheano; me conformo con la llana sencillez de un hombre consciente de sus miserias pero que, teniendo presente la máxima de Trento, es consciente de que puede salvarse, de que puede superarse día a día, a pesar de este carácter melancólico y tantas veces incomprensible; tanto que apenas me comprenden mis amigos portugueses, con quienes comparto la saudade. Me conformo con la ejercitación de San Ignacio de Loyola, me conformo con los historiadores que intentan ser objetivos, me conformo con aprender de la buena y variada poesía y prosa, me conformo con intentar conocer poco a poco, aprendiendo, saboreando. Me conformo con leer un par de páginas de la Biblia cada noche, repasando los libros sagrados, me conformo con intentar mejorar en la vida, apelando al dicho castellano de que nadie es más que nadie. Me conformo con las Bienaventuranzas, con las parábolas, con el realismo de la filosofía perenne desde muy antiguos y helenísticos orígenes frente a idealismos e ideologías siempre caducos. Ya habló C.S. Lewis de todo lo que no tiene vocación eterna, está eternamente condenado a pasar de moda.

¡Si me rigiera por las modas, por las estúpidas modas, no habría escrito poesías de amor!


Soy tan poca cosa que no soporto los rebujones de las grandes ciudades. No soporto a tanto chufla que entiende esto como un hipócrita desfile para lucir su vanidad que no llega ni al paganismo siquiera. Y me quedo en mi pueblo, en mi Bollullos, con todos sus defectos, con todas sus historias, pero mi pueblo.


Quiero resucitar a través de mi pueblo. Quiero vivir, seguir viviendo, alimentando la esperanza frente a la caída. Quiero atravesar el Calvario y llegar a la esquina del Raquejo, desde la casa de Valentín a la de Primitivo. Quiero transitar la calle de los mudos, el prado, la Marquesa, la cuesta del cura, la Viña, la Barriada, la Corraleja. Quiero una lágrima clara de primavera. Quiero de nuevo asistir a los oficios. Quiero a la Iglesia de San Martín y a la ermita de Roncesvalles, y no me olvido de la ermita de Cuatrovitas.


Me pregunto si seguirán mucho tiempo en pie las campanas.... Afirmo que nunca tendré calidad para exaltar un pregón, como me pidió en su día mi pariente Juan José Moreno cuando fue hermano mayor de la Merced. Me pregunto cómo será vivir las procesiones en Nápoles y Sicilia. Me cuestiono y me afirmo. Y me quedo en la Semana Santa de Bollullos de la Mitación, viéndome como un niño en casa de mi abuelo Juan José, que con su primo Enrique fue tan devoto de la Virgen de Cuatrovitas, como lo fueron Natividad y Pepita, las primas de mi abuela Antonia, allí me veo con mi tía-abuela Regla, allí me parece ver a mi tío Felipe cogiéndome de la mano, a mi tía Aurora contándome cosas de la familia, a mi abuela Pepa en el cierre de cristales de mi casa, a mi tía Rosa en la calle larga; a todos, todos mis primos; así fusiono a mi familia paterna y materna. El pasado en marcha, con esa imaginería en pie que nos recuerda la realidad ante el sol y la luna, el frío y el calor.



Semana Santa en Bollullos de la Mitación.