sábado, 17 de noviembre de 2012

"TOLKIEN ETERNO" - CLUB CHESTERTON.

File:Oxford Tolkien.JPG 


*Nuestro primer artículo publicado para el Club Chesterton. Esperemos que no sea el último y recalcamos el honor y el agradecimiento de poder publicar con estos apreciados amigos, cuyo trabajo va a ser tan bueno como justo y necesario.

 

TOLKIEN ETERNO | Club Chesterton

 

Como suelo ir contracorriente, en su día no me causaron demasiada fiebre las películas de “El señor de los anillos”. Conocía poco de la literatura británica en verdad, hasta que un día, y casi casualmente, tuve entre mis manos una biografía de Alexander Solzhenitsyn realizada por Joseph Pearce. Con la capacidad narrativa de los anglosajones, la biografía me llamó mucho la atención y para bien. Al tiempo, me compré una biografía de Tolkien del mismo autor. Un amigo y maestro argentino me insistía en que tenía que leer “El señor de los anillos”. Al final le hice caso, y fue para bien. La sabiduría de Tolkien, a partir de su erudición filológica y su conocimiento del mito clásico grecolatino y las leyendas nórdico-germánicas, hizo que creara ese fantástico género que él definió como “mythopoeia” y no como alegoría.

Tengo algunas poesías realizadas sobre “temas míticos” que no sé si algún día publicaré; empero, fueron las lecturas de Tolkien la que comenzaron a inspirarme, amén de mi (re)lectura de la Eneida de Virgilio y la Ilíada de Homero.

Y es que luego de “El señor de los anillos” le tocó el turno a su “introducción”: “El Hobbit”… Que en un principio fue elaborado a partir de las historias que le contaba a sus hijos para dormir. Un destello de genialidad sin duda, pues, ¿a quién se le ocurre elaborar historias propias y de este calibre para la lumbre del hogar? “El Hobbit” tiene la grandeza de contener, pues, una dulzura inocente de ingenuidad infantil, y sin embargo, atraviesa la habilidad de ser apto para todos los públicos. En el fondo, no deja de ser un tratadito para enriquecernos con su mentado género, que ya la editorial El Taller del Poeta introdujo justamente como influencia mía en los datos biográficos apuntados para mi primer poemario: “¿El amor es un embuste de poetas?”. Es todo un compendio de “su mitología”. Y muchas veces se plantea uno si para los niños son más beneficiosos cuentos de idealizados piratas o por la contra, sería lo suyo que fueran escuchando las raíces antiquísimas de nuestra civilización a través de una mitología clásica que fuera embutida en mayor sencillez. Tolkien hizo lo propio a través de su puño y letra, quedando una obra inmortal que sigue el reconocimiento de los años.

Con todo, para comprender al referido genio no podemos obviar los aspectos biográficos. Hemos citado a Pearce, el cual tiene en verdad un par de biografías sobre nuestro autor: “J.R.R. Tolkien, Señor de la Tierra Media” y “Tolkien, hombre y mito"; ambas publicadas en España por la editorial Minotauro. La primera es una biografía centrada en nuestro escritor de principio a fin; la segunda constituye recopilatorio de artículos biográficos encabezado por el mentado profesor inglés, que también contribuye con su propia aportación. Por todos los aportes de los que de verdad le conocieron en el fondo y en la forma, y a través de las definiciones en sus propias cartas, hay que recordar que Tolkien se definía como “anarco-tradicionalista” y “monárquico inconstitucional”, simpatizando abiertamente con los movimientos legitimistas que habían luchado contra la Revolución; que era totalmente contrario al cosmopolitismo (“Ya no habrá lugares para viajar porque todo se verá igual”) y al imperialismo británico, en todo caso era un patriota inglés a la antigua usanza por así decirlo; y que del paganismo, rescataba y “recreaba” lo mejor para su inspiración, teniendo en mente la enseñanza de San Agustín de Hipona que la salvación fue enseñada y/o insinuada de múltiples formas a los paganos, y como dice el mentado Pearce, a través de una cultura de imágenes; pero no porque quisiera volver al politeísmo. En todo caso, él rescataba lo mejor del paganismo para su inspiración con la fortaleza de sus formidables conocimientos. Es un caso similar a cómo el mitraísmo inspiró al poeta Roy Campbell, también católico y tradicional, y que inspiró a Tolkien el personaje de Aragorn. Y es que no obstante ambos querían rescatar lo bueno de esa “cultura mítica” y extraer sus necesarias enseñanzas, para combatir que la palabra “mito” hubiera tomado con los siglos una connotación estrictamente peyorativa en muchos ámbitos más o menos coloquiales. El Tolkien real, amante de lo sencillo, de lo “pequeño”; amante de la naturaleza -como Chesterton y Solzhenitsyn- tal que no caía en hipocresías ni manipulaciones izquierdistas y hasta llegó a dejar de usar el coche cuando se enteró de lo mucho que contaminaba; en fin, éste nuestro querido y políglota literato nada tenía que ver con las variadas corrientes que pretenden manipularlo para sí (Desde el progresismo al racismo) ni para los que lo tendrían como una especie de cuentista superficial, porque su obra ni fue superficial ni fue “moderna”, en el sentido de que precisamente siempre fue un feroz crítico de hacia dónde estaba derivando el mundo moderno. Sin comprender la biografía no se comprende la literatura, y John Ronald Reuel dejó muy claro en vida qué era y qué no era. Su vida y su obra fue una genialidad, y hay que reivindicarla tal y como fue, y tal y como es, porque como dijo su amigo, el también catedrático y escritor C.S. Lewis, todo lo que no es eterno está eternamente pasado de moda. Huelga decir que Tolkien es por y para la eternidad.



Antonio Moreno Ruiz.


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