miércoles, 16 de enero de 2013

MIS LECTURAS: "EL IMPERIO ERES TÚ", DE JAVIER MORO.


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-Desde que un buen amigo peruano me habló de este libro me picó bastante la curiosidad. Precisamente yo estaba buscando hace meses al género de la novela histórica pero que estuviera basado en la época del Brasil imperial. Amén de libros de historia propiamente dichos, y alguna que otra telenovela, no encontraba. Y miren por dónde me enteré de la existencia de este premio Planeta 2011. Y me cercioré de cómo en el Perú los libros son más caros que en España. Y en buena parte de Europa me atrevería a decir. Para la mayor parte de la población, la literatura es sencillamente inaccesible; así, no me extraña que haya tanta piratería.

El libro, como libro, es bueno. Tiene unos diálogos, unas historias y unas descripciones muy bien enhebradas. Aunque se hace algo largo, es comprensible, dada la dilatada e intensa historia vertida, en un ritmo narrativo que en verdad es gustoso. Ahora bien: Cualquier coincidencia con la Historia es pura coincidencia. No nos extraña, puesto que el autor califica al subvencionado Ian Gibson como "uno de los mejores historiadores de España". Un tipo que lleva viviendo no sé cuántos años de un libro sobre el gran  Federico García Lorca que escribió en pleno franquismo (Qué terrible censura sufrió....) y que antes negaba la implicación de Santiago Carrillo en la peor matanza de civiles de la Guerra Civil -Paracuellos del Jarama- y que después lo justificó porque "era una guerra", al estilo de los que aplauden las atrocidades de Bolívar pero condenan a Boves.... Y así. Maniqueísmo puro y duro, al estilo de Arturo Pérez-Reverte al analizar las Cortes de Cádiz y etcétera. Como una película de indios y vaqueros, los buenos y los malos; los buenos, los liberales y los masones, que buscaban la libertad y la igualdad y el buen rollo y el paraíso en la tierra que unos malvados y aburridos y ricachones absolutistas le vedaban.

Como historiador, voy a hacer un somero análisis: La familia real portuguesa emigró al Brasil por seguridad ante la invasión bonapartista. De hecho allí se aposentó durante trece años, del 1808 al 1821 para ser exactos. Durante ese periodo, Portugal quedaba gobernado por el inglés Beresford. Otra vez Inglaterra…. Trece años… Trece preciosos años que los revolucionarios iban a aprovechar a base de bien, máxime cuando iban a tener un aliado fundamental en la Corona: El idolatrado D. Pedro. Mientras su padre, Juan VI, que siempre parecía indeciso, se deshacía entre titubeos, Pedro se mostraba como un ferviente constitucionalista. Brasil había recibido el nuevo status de reino, ya no era oficialmente colonia. La estancia de la familia real y el cariño que el propio Juan de Braganza le había tomado a Río de Janeiro le había dado una conciencia inusitada, ante alguna que otra intentona republicano-separatista sofocada. Cuando Napoleón es derrotado, es reclamado el monarca en Lisboa. Tiene que volver a la Península, todo es un caos. Ya en Río se produjo un conato de revuelta encabezado por Duprat y Macamboa, que reclamaban como legislación…. ¡¡la Constitución de Cádiz!! La misma que abolió los Juicios de Residencia, creando así la inmunidad total para los políticos; la misma que abolió los mal entendidos "privilegios" gremiales, dejando así al trabajador sin representación ni protección; y la misma que disponía que sólo podían votar los más ricos.... Pues sí, en esas Cortes estaban inspirados estos dos elementos. Y es que siempre insisto en que estudiar la historia de España sin Portugal y viceversa es un error: Siempre estamos relacionados. De hecho, tal constitución influenció al liberalismo brasileño todo el siglo XIX.



D. Pedro permaneció en la corte ultramarina con su esposa, Leopoldina de Habsburgo, a la que trató casi siempre como un guiñapo. Esperando acontecimientos, las tardías órdenes que le llegan es que desde un desordenado Portugal que está tomado por una minoría revolucionaria es que se abole el status de reino para Brasil y éste vuelve a ser una colonia, quedando prohibido por ejemplo el comerciar con otros países. Si con alfileres se mantenía el país leal a los Braganzas, esto ya era la gota que colmaba el vaso. El joven príncipe, henchido de ambición y admirador de George Washington, Napoleón Bonaparte y Benjamin Constant, pero que por supuesto no se le ocurre renunciar lo más mínimo a sus privilegios, con ínfulas de libertador, proclama la independencia del Brasil bajo su imperial y unilateral mando. Es el comienzo del Atila luso. Por donde pasó, no creció más la hierba. No contento con no saber mantener la unidad (Aunque los revolucionarios portugueses se lo pusieron en bandeja), invadió Portugal con la ayuda del imperio británico, el que puso una flota corsaria a su servicio, y con mercenarios franceses, belgas y polacos, impuso el liberalismo a sangre y fuego, entregando totalmente Portugal a Inglaterra (¡Más todavía!), y dejando endeudado a su país; deuda que, por cierto, no parará hasta el gobierno de Oliveira Salazar, y deuda que volverá tras la Revolución de los Claveles (1974)…. Coincidencias…. En fin, el caso es que D. Pedro no respetó la voluntad de su pueblo de origen que, a la usanza tradicional, aclamó la legitimidad de su hermano Miguel en las Cortes. Incumplió el propio mandato de la constitución brasileña que, inspirada entre España, Francia y Estados Unidos, mandó firmar a la fuerza. Una constitución que le prohibía meterse en los asuntos de Portugal, país al que había dejado de pertenecer oficialmente y por voluntad propia. Y un país que le acabó rechazando y le obligó a abdicar en su hijo pequeño, el futuro Pedro II.  

Sin embargo, una vez más, ya vemos el respeto que los liberales sienten por sus propias rúbricas y por eso que llaman voluntad popular…. Y todo en nombre de la libertad… Definitivamente, no hay palabra más manipulada y falseada en boca de los revolucionarios, cosa que hasta hoy padecemos. El caso es que aquí la revolución fue encabezada por la más alta aristocracia. Bueno, no era ninguna novedad, los Orleáns habían hecho lo mismo en Francia…. Y bueno, también hay que reconocer que D. Miguel no tuvo mucho talento en principio. Había encabezado las revueltas tradicionalistas contra el constitucionalismo liberal ya en época de su padre (La Vilafrancada en 1823 y la Abrilada en 1824); pero sin embargo, en un principio accedió a las imposiciones de su hermano y prometió jurar la constitución y casarse con su sobrina María da Gloria. Luego rompió ese juramento y proclamó su legitimidad con la acogida del pueblo, pero sin duda sentó un precedente de vacío y consternación que la revolución en marcha también aprovecharía. Miguel I buscó el reconocimiento internacional. España se lo brindó desde primera hora. Él, luego, sería el primer monarca europeo en reconocer a su tío Carlos como rey de España. Con todo, el rey luso buscaba el reconocimiento de los británicos, ese que parecía al principio que sí, como Wellington también pudo haber dado a entender que podría reconocer a Carlos V, pero luego…. Luego vino lo que vino. Que Inglaterra utilizaría su suelo para sojuzgar toda la Península e imponer por las armas su política. Jugada de jaque mate que hasta ahora padecemos.


Lo que sí es cierto es que con Pedro de Braganza pasó una cosa que ni él mismo tenía en mente: Y es que el pueblo brasileño no vivió el socavamiento de la autoridad. Vivió la mudanza de una corona pero no traumática, donde sintió la seguridad de la conducción de un príncipe al que creían preparado para eso, a un príncipe que en seguida se metió en empresas exteriores – a costa de la Banda Oriental, engañando a los realistas de la región- para ensanchar las fronteras y cohesionar un “destino manifiesto”. El pueblo creía que era esa misma autoridad imperial la que mantenía al país unido, la que sofocaba todas las intentonas separatistas de Pernambuco al sur. El pueblo no sabía muy bien que Inglaterra, en premio a sus servicios, ayudaba tanto a D. Pedro para que el Brasil no fuera como las repúblicas vecinas. Pero bueno, cierto es que el Brasil no vivió una ruptura, ni un resurgir de la leyenda negra contra sus hermanos allende el mar, a pesar del brote nacionalista-romántico ya en los primeros años de la independencia. En la América española fue todo lo contrario: El pueblo vio que mediante golpes de una minoría se quedaba sin autoridad, en una España que tampoco tenía autoridad y cuya familia real estaba secuestrada por un Napoleón que había sido aliado del mismísimo Carlos IV hacía pocos años; y cuando parece que todo esto se está solucionando, el liberalismo da un golpe y provoca una guerra civil en España y las órdenes que llegan de la Madre Patria son distintas y contradictorias. Revolucionarios americanos y peninsulares aprovechan, junto a los jesuitas, este vacío y en contra de la voluntad de muchos de sus hermanos organizan unas guerras interminables cuyas secuelas duran hasta hoy, en muchos casos azoradas por el narcotráfico. Esto puede parecer una tontería, puede sonar a muy antiguo… Pero no por ello deja de ser cierto. No estoy diciendo por otra parte que en los legitimistas todo fuera bondad y talento. Si se analizan muchos comportamientos de Carlos V, Carlos VI, Juan III y Carlos VII, acabaremos comprendiendo la amargura del general Cabrera.... Y es que la historia no es la oferta más conveniente de un supermercado. Cosa que no entiende el contumaz liberalismo ni sus legítimos hijos nacionalistas. Todos sus panegiristas, de la derecha a la extrema izquierda, ni se pregunten cómo después de tantas alabanzas al sistema que obtuvo el poder a base de golpes y espadones y que sólo quería el voto para los más ricos y anuló el Juicio de Residencia (El gobernante ya no pudo ser juzgado....) y abolió la representación gremial dejando al trabajador huérfano, sigan echándole la culpa "al otro", que normalmente es el Antiguo Régimen.... O luego el clero y la aristocracia... ¿No se dan cuenta de que algo falló? ¿De que mucho falló? Máxime cuando buena parte del clero y de la aristocracia está con ellos desde hace mucho tiempo. Y siguen con lo mismo a ambas orillas del Atlántico, y ahora con subvencionadas fiestas de fantasmagóricos bicentenarios....

Y eso que realmente valoro la experiencia imperial brasileña y su ejemplo, con todos los defectos que se quieran. El Brasil tiene una historia tan diferente como apasionante y de hecho sigue siendo un país fascinante por esto mismo.


Con todo, no se trata de que con Javier Moro me separe "lo ideológico" y por eso no me guste.... Ideológicamente, no concuerdo con Joaquim Pedro de Oliveira Martins pero sin embargo reconozco su buena y monumental labor en pro de la Historia. De hecho lo considero imprescindible. No es el caso de este autor, un buen escritor, pero que de historiador tiene lo que yo de bonito. ´Y que por supuesto, no explica por qué el liberalismo nunca llegó por el pueblo y sí por golpes militaristas, y por qué con todo ese auge incontestable del liberalismo pasamos de potencia europea a país subdesarrollado y aún no hemos levantado cabeza... Pero para qué, siempre nos quedarán los mitos, los tópicos y las culpas ajenas. 

Una sensación agridulce, pues. Al final, bastante más agria que dulce.