jueves, 1 de mayo de 2014

AREQUIPA


Este fin de semana he estado con mi señora en Arequipa, la famosa ciudad blanca del sur del Perú, y la verdad es que si bien tenía buenas expectativas, la realidad las ha superado. Por las fotos, a priori me recordaba bastante a Andalucía; empero, estando en el sitio, me sorprendió que el sillar, la piedra blanca volcánica, me retrotraía más al granito que desde la Sierra de Guadarrama hacia el norte marca paisajística tendencia.

Nos quedamos en un sitio con un buen nombre: Albergue Español; cerca del centro de la ciudad. Y aunque fue poco tiempo, nos dio lugar a ver bastantes cosas. Y vive Dios que me quedé con más ganas de tiempo. No me importaría en absoluto establecerme allá, al contrario...

Aunque ya me dicen que está creciendo bastante, que se cuentan por millón y medio de habitantes y que no está tan pulcra y tranquila como antaño (y algo se traduce en el tráfico), la verdad es que me ha cautivado, y cada rincón conocido permanece en mi retina como ansia y estímulo para volver, evocando asimismo los buenos momentos pasados en Huaraz y demás rincones de la sierra de Áncash en octubre del 2012.

Con todo, con el poco tiempo que tengo y con el sentimiento que me ha provocado, creo humildemente que la mejor descripción es una poesía de mi puño y letra. Y eso, deseando volver...




A AREQUIPA 

¡Oh, Arequipa! El convento de Santa Catalina
me lleva al Albaicín de Granada,
al casco antiguo de Córdoba,
y me voy hacia la plaza de armas,

y cuando veo tu sillar, a
Guadarrama y al noroeste de la Piel
de Toro me transporto, y viendo el Misti desde
Yanahuara, te siento como un volcán de miel.

El Barroco de Indias en ti se hace
carne, ante tu neoclásica catedral.
El claustro de la Compañía convida al
silencio, ante un cielo estrellado y subliminal.

¡Oh, ciudad blanca! ¡La Campiña te
baña de sol! San Lázaro es tu cuna,
Santiago alza tu espada, las macetas
del callejón del Cabildo te saludan.

La riqueza de tu cocina se traduce
en el calor popular de tus picanterías,
la limpieza de tu entorno y la frialdad
de tus aguas remachan tus maravillas.

Los pisos ecológicos y los ganados,
el empedrado de tus calles...
¡Oh, joya del sur peruano, me
embelesa la riqueza de tus detalles!

Y a ti siempre quiero volver,
para sentirme vivamente encantado,
¡vive Dios, bellísima Arequipa,
que con fuerza me has cautivado!