viernes, 19 de septiembre de 2014

MIS LECTURAS: "LA LEVA Y OTROS CUENTOS", DE JOSÉ MARÍA DE PEREDA.

Imagen de m.ztopics.com


-Tras mis lecturas galaicas, le tocó el turno a la Montaña. Y ya era pecaminoso eso de no conocer a Pereda, quien, como decía su paisano Menéndez Pelayo, era un hidalgo que escribía libros. En el mercado Amazonas encontré una edición de Alianza Editorial que incluía los cuentos La leva, El fin de una raza, El raquero, La buena gloria, Las brujas, A las Indias y Blasones y talegas. Después de bichear mucho la página José María de Pereda y de los consejos de buenos amigos, la curiosidad era mucha. Y desde luego, no desmerece en nada. Al principio, no voy a mentir, me pareció un poco farragoso, pues no en vano, no soy demasiado ducho en el lenguaje montañés que nuestro autor plasma tan fielmente; con todo, a Pereda se le va cogiendo el gusto con el tiempo, y como los buenos vinos, cuando uno no está acostumbrado al estilo, hace arquear las cejas, hasta que termina agradando el paladar de una forma sublime.

En Pereda hay lamento y hay queja, pero también hay ternura, y no por ello deja de expresar la aspereza de las cosas mundanas en su cara más directa. Es el fin de un tiempo, es la incertidumbre de un porvenir nada halagüeño, pero es lo entrañable de estar apegado al terruño y de ver lo universal a partir de lo local.

Se habla mucho de Pérez Galdós y compañía, pero no se habla de que la narrativa realista española tiene un precursor clarísimo, y es Pereda. El realismo español a caballo entre el XIX y el XX es, con el realismo mágico hispanoamericano (y entre medio acaso el esperpento de Valle-Inclán) acaso el estilo que más me ha influenciado, y nunca he visto la raíz tan clara como cuando he leído a este cántabro por derecho. El ambiente social, los diálogos, las descripciones, la forma de introducirse y dirigirse al lector, la capacidad de moldear la acción desde la soñolienta melancolía a la rapidez y el humor, la ironía... Todo ello convierte a Pereda en un maestro de nuestra lengua, y claro, como el hombre, amén de católico era carlista, pues viene el sistema y nos lo escamotea, tratando de taparlo para que no se conozca, mientras estudiamos sólo a los que ellos consideran ideológicamente afines.

En fin: Un realista con mayúsculas, en el mejor y más completo sentido de la palabra. Precursor y estandarte en el que he de profundizar mucho más. Empero, la primera toma de contacto no ha sido poca cosa.

CONTRITO

Imagen de sevillistasoy.blogspot.com


"Oh señor mío Jesucristo
mi alma por ti latía
cuando recibió contrito
el pan de la Eucaristía.
Ahora en estado de Gracia
mi alma goza de alivio
porque comió de tu carne
tu fiel corderito Silvio."


Silvio Fernández Melgarejo, el rockero de Sevilla QEPD.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

EL SER ANDALUZ (V): ORTEGA Y GASSET

Imagen de www.catalactica.com.ar


"TEORÍA DE ANDALUCÍA - EL IDEAL VEGETATIVO

Preludio

Durante todo el siglo XIX, España ha vivido sometida a la influencia hegemónica de Andalucía. Empieza aquella centuria con las Cortes de Cádiz; termina con el asesinato de Cánovas del Castillo, malagueño, y la exaltación de Silvela, no menos malagueño. Las ideas dominantes son de acento andaluz. Se pinta Andalucía -un terrado, unos tiestos, cielo azul. Se lee a los escritores meridionales. Se habla a toda hora de la "tierra de María Santísima". El ladrón de Sierra Morena y el contrabandista son héroes nacionales. España entera siente justificada su existencia por el honor de incluir en sus flancos el trozo andaluz del planeta. Hacia 1900, como tantas otras cosas, cambia ésta. El Norte se incorpora. Comienza el predominio de los catalanes, vascongados, astures. Enmudecen las letras y las artes del Sur. Mengua el poder político de personajes andaluces. El sombrero de catite y el pavero ceden a la boina. Se construyen casitas vascas por todas partes.

El español se enorgullece de Barcelona, de Bilbao y de San Sebastián. Se habla de hierro vizcaíno, de las Ramblas y del carbón astur.

Son curiosas estas pendulaciones del centro de gravedad español entre su mitad alta y su mitad baja, y resultaría interesante perseguir hacia atrás la historia de ese ritmo oscilatorio, averiguando si existe alguna periodicidad que permita articular toda nuestra historia en épocas norteñas y épocas andaluzas.

Lo cierto es que en este momento puede advertir el perspicaz un comienzo de depresión en el Norte peninsular. ¿Es que siente menos bríos, menos fe en sí mismo, en sus virtudes peculiares, en su estilo de vida, en su capacidad? O ¿es, simplemente, que la totalidad de España ha llegado a saturarse de influencia septentrional? Probablemente se trata de lo uno y lo otro. Yo no sé qué experiencia imprecisa, pero fuerte, me hace sospechar que la pujanza de cada individuo y cada colectividad no es una cantidad absoluta que dependa solo de ellos, sino una función de la pujanza existente en los demás. Según esto, puede un pueblo decaer no por defecto o insuficiencia propios, sino, simplemente, por el hecho de ascender otros pueblos próximos. Y, viceversa, tonificarse una nación por efecto de deprimirse las vecinas. Por lo menos, es ahora evidente que, en el orden económico, la relativa mengua de Cataluña, Vasconia y Asturias coincide con el crecimiento de la riqueza andaluza.

Todavía no hay síntomas perceptibles de que a esta acompañe un resurgimiento intelectual o moral, y fuera acaso la expresión más exacta decir que en esta hora se halla España indiferente frente a Norte y Sur. Pero no es verosímil que perdure esta indecisión. Se trata, sin duda, de una fase transitoria pronta a terminar o en una recaída sobre el Norte o en un nuevo entusiasmo por Andalucía.

Claro es que este retorno a lo andaluz -si aconteciera- implicará una visión de Andalucía completamente distinta de la que tuvieron nuestros padres y abuelos. No hay probabilidad de que nos vuelva a conmover el cante hondo, ni el contrabandista, ni la presunta alegría del andaluz. Toda esta quincalla meridional nos enoja y fastidia.

Lo admirable, lo misterioso, lo profundo de Andalucía está más allá de esa farsa multicolor que sus habitantes ponen ante los ojos de los turistas. Porque es de advertir que el andaluz, a diferencia del castellano y del vasco, se complace en darse como espectáculo a los extraños, hasta el punto de que en una ciudad tan importante como Sevilla, tiene el viajero la sospecha de que los vecinos han aceptado el papel de comparsas y colaboran en la representación de un magnífico ballet anunciado en los carteles con el título "Sevilla". Esta propensión de los andaluces a representarse y ser mimos de sí mismos revela un sorprendente narcisismo colectivo. Solo puede imitarse a sí mismo el que es capaz de ser espectador de su propia persona, y solo es capaz de esto quien se ha habituado a mirarse a sí mismo, a contemplarse y deleitarse en su propia figura y ser. Esto, que produce a menudo el penoso efecto de hacer amanerado al andaluz, a fuerza de subrayar deliberadamente su propia fisonomía y ser en cierto modo dos veces lo que es, demuestra, por otra parte, que es una de las razas que mejor se conocen y saben a sí mismas. Tal vez no hay otra que posea una conciencia tan clara de su propio carácter y estilo. Merced a ello es fácil mantenerse invariablemente dentro de su perfil milenario, fiel a su destino, cultivando su exclusiva cultura.

Uno de los datos imprescindibles para entender el alma andaluza es el de su vejez. No se olvide. Es, por ventura, el pueblo más viejo del Mediterráneo -más viejo que griegos y romanos. Indicios que se acumulan nos hacen entrever que antes de soplar el viento de los influjos históricos desde Egipto y, en general, desde el Mediterráneo oriental hacia el occidental, había reinado una sazón de ráfagas opuestas. Una corriente de cultura, la más antigua de que se tiene noticia, partió de nuestras costas y, resbalando sobre el frontal de Libia, salpicó los senos de Oriente.

Cuando veáis el gesto frívolo, casi femenil, del andaluz, tened en cuenta que repercute casi idéntico en muchos miles de años; por tanto, que esa tenue gracilidad ha sido invulnerable al embate terrible de las centurias y a la convulsión de las catástrofes. Mirado así, el gestecito del sevillano se convierte en un signo misterioso y tremendo, que pone escalofríos en la médula. Una impresión parecida a la que produce la sonrisa enigmática del chino -¡rara coincidencia!-, el otro pueblo vetustísimo apostado desde siempre en el opuesto extremo del macizo eurasiático.

No perturbe demasiado al lector esta súbita aparición de China en el preludio de un ensayo sobre Andalucía. Si es andaluz, detenga un momento su irritación y concédame algún margen para justificar el paralelo. La comparación es el instrumento ineludible de la comprensión. Nos sirve de pinza para capturar toda fina verdad, tanto más fina cuanto más dispares se alejen los brazos de la pinza, los términos del parangón. No hay cuidado de que este audaz emparejamiento se complazca en el síntoma de que el torero y el mandarín usan coleta. Ni la coleta del mandarín es china, sino manchúe, ni la del torero andaluza, sino francesa.

Andalucía, que no ha mostrado nunca pujos ni petulancias de particularismo; que no ha pretendido nunca ser un Estado aparte, es, de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya. Entendamos por cultura lo que es más directo: un sistema de actitudes ante la vida que tenga sentido, coherencia, eficacia. La vida es primeramente un conjunto de problemas esenciales a que el hombre responde con un conjunto de soluciones: la cultura. Como son posibles muchos conjuntos de soluciones, quiere decirse que han existido y existen muchas culturas. Lo que no ha existido nunca es una cultura absoluta, esto es, una cultura que responde victoriosamente a toda objeción. Las que el pasado y el presente nos ofrecen son más o menos imperfectas: cabe establecer entre ellas una jerarquía, pero no hay ninguna libre de inconvenientes, manquedades y parcialidad. La cultura única y propiamente tal es sólo un ideal y puede definírsela como Aristóteles la Metafísica o ciencia única, a la cual llama "la que se busca".

Y es curioso advertir que cada cultura positiva consigue resolver cierto número de cuestiones vitales mediante el previo abandono y renuncia a resolver las restantes. De suerte, que del defecto ha hecho una virtud, y si ha logrado algo o mucho ha sido por aceptar alegremente su carácter fragmentario. Ya veremos cómo la cultura andaluza vive de una heroica amputación: precisamente de amputar todo lo heroico de la vida -otro rasgo esencial en que coincide con la China.

Una y otra tienen una raíz común, que en este caso es menos metafísica, porque, como las auténticas raíces, se hincan en el campo. Son culturas campesinas.

Si viajamos por Castilla no encontramos otra cosa que labriegos laborando sus vegas, oblicuos sobre el surco, precedidos de la yunta, que sobre la línea del horizonte adquiere proporciones monstruosas. Sin embargo, no es la castellana actual una cultura campesina: es simplemente agricultura, lo que queda siempre que la verdadera cultura desaparece. La cultura de Castilla fue bélica. El guerrero vive en el campo, pero no vive del campo -ni material ni espiritualmente. El campo es, para él, campo de batalla: incendia la cosecha del agricultor pacífico, o bien la requisa para beneficio de sus soldados y bestias beligerantes. El castillo agarrado al otero no es, como la alquería o cortijo, lugar para permanecer, sino, como el nido del águila, punto de partida para la cacería y punto de abrigo para la fatiga. La vida del guerrero no es permanente, sino móvil, andariega, inquieta por esencia.
Desprecia al labriego, lo considera como un ser inferior, precisamente porque no se mueve, porque es manente -de donde manant-, porque vive adscrito al cortijo o villa -de donde villano. El sentido peyorativo de estos dos vocablos es un precipitado de desdén que mide el antagonismo entre dos culturas, ambas ocurrentes en el área campesina, pero de signo inverso: la bélica y la agraria. Cuando el guerrero se fue de Castilla quedó sólo la masa inferior sobre que él vivía: el rústico eterno, informe, sin estilo, igual en todas partes.

Esta contraposición dibuja con alguna claridad el sentido positivo y creador que doy al término cuando de la andaluza digo que es una cultura campesina, es decir, agraria. No es lo peculiar de ésta que el hombre cultive el campo, sino que de la agricultura hace principio e inspiración para el cultivo del hombre.

Al revés que en Castilla, en Andalucía se ha despreciado siempre al guerrero y se ha estimado sobre todo al villano, al manant, al señor del cortijo. Exactamente como en China, donde, a lo largo de miles de años, el militar, por el mero hecho de serlo, era considerado como un hombre de segunda clase. Mientras en Occidente fue la espada del Emperador símbolo supremo del Estado, en China la nación se sintió resumida en el pacífico abanico de su Emperador.

Consecuencia de este desdén a la guerra es que Andalucía haya intervenido tan poco en la historia cruenta del mundo. El hecho es tan radical, tan continuado, que de puro evidente no se ha subrayado nunca. ¿Qué papel ha sido el de Andalucía en este orden de la historia? El mismo de China. Cada trescientos o cuatrocientos años invaden la China las hordas guerreras de las crudas estepas asiáticas. Caen feroces sobre el pueblo de los Cien Nombres, que apenas o nada resiste. Los chinos se han dejado conquistar por todo el que ha querido. Al ataque brutal oponen su blandura; su táctica es la táctica del colchón: ceder. Tanto, que el feroz invasor no encuentra fuerza donde apoyar su ímpetu y cae por sí mismo en el colchón -en la deliciosa blandura de la vida china. El resultado es que, a las dos o tres generaciones, el violento manchú o mongol queda absorbido por la vieja y refinada y suavísima manera del chino, tira la espada y empuña el abanico.

Parejamente, Andalucía ha caído en poder de todos los violentos mediterráneos, y siempre en veinticuatro horas, por decirlo así, sin ensayar siquiera la resistencia. Su táctica fue ceder y ser blanda. De este modo acabó siempre por embriagar con su delicia el áspero ímpetu del invasor. El olivo bético es símbolo de la paz como norma y principio de cultura.(1)



El ideal vegetativo

Vive el andaluz en una tierra grasa, ubérrima, que con mínimo esfuerzo da espléndidos frutos. Pero además el clima es tan suave, que el hombre necesita muy pocos de estos frutos para sostenerse sobre el haz de la vida. Como la planta, solo en parte se nutre de la tierra, y recibe el resto del aire cálido y la luz benéfica. Si el andaluz quisiera hacer algo más que sostenerse sobre la vida, si aspirase a la hazaña y a la conducta enérgica, aun viviendo en Andalucía, tendría que comer más y, para ello, gastar mayor esfuerzo. Pero esto sería dar a la existencia una solución estrictamente inversa de la andaluza. Mientras creamos haberlo dicho todo cuando acusamos al andaluz de holgazanería, seremos indignos de penetrar el sutil misterio de su alma y cultura.

Se dice pronto "holgazanería", aunque es una palabra bastante larga. Pero el andaluz lleva unos cuatro mil años de holgazán, y no le va mal. En vez de afrontar el hecho con pedante ademán de maestro de escuela y atribuir a este pueblo viejísimo la nota de pereza como una calificación escolar, mejor será que abramos bien los ojos y agucemos la mente a fin de entenderlo. Corremos si no el riesgo imprevisto de enaltecer la holgazanería, puesto que ha hecho posible la deleitable y perenne vida andaluza.

La famosa holgazanería andaluza es precisamente la fórmula de su cultura. Como he indicado ya, la cultura no consiste en otra cosa que en hallar una ecuación con que resolvamos el problema de la vida. Pero el problema de la vida se puede plantear de dos maneras distintas. Si por vida entendemos una existencia de máxima intensidad, la ecuación nos obligará a aprontar un esfuerzo máximo. Pero reduzcamos previamente el problema vital, aspiremos sólo a una vita mínima: entonces, con un mínimo esfuerzo, obtendremos una ecuación tan perfecta como la del pueblo más hazañoso. Este es el caso del andaluz. Su solución es profunda e ingeniosa. En vez de aumentar el haber, disminuye el debe; en vez de esforzarse para vivir, vive para no esforzarse, hace de la evitación del esfuerzo principio de su existencia.

Sería, pues, un error suponer, sin más ni más, que el sevillano renuncia a vivir como un inglés de la City porque es incapaz de trabajar tanto como él. Aunque sin trabajo y como mágica donación se le ofreciese tal régimen de vida, lo rechazaría con horror. Podrá en el andaluz ser la pereza también un defecto y un vicio; pero, antes que vicio y defecto, es nada menos que su ideal de existencia. Esta es la paradoja que necesita meditar todo el que pretenda comprender a Andalucía: la pereza como ideal y como estilo de cultura. Si sustituimos el vocablo pereza por su equivalente "mínimo esfuerzo", la idea no varía, y cobra, en cambio, un aspecto más respetable.

Venimos de una época que, más que otra ninguna de la historia, ha hecho del máximo esfuerzo su ideal de vida, y nos resulta difícil comprender una actividad vital tan opuesta a la nuestra. Interpretamos, desde luego, la pereza como una simple negación, como un puro no hacer. Pero no exageremos la indolencia de los andaluces. A la postre, vienen a hacer todo lo que es necesario, puesto que Andalucía existe, y su pereza no excluye por completo la labor, sino que es más bien el sentido y el aire que adopta su trabajo. Es un trabajo inspirado por la pereza y dirigido hacia ella, que tiende, por tanto a ser en todo orden el mínimo, como si se avergonzase de sí mismo. Este cariz aparece sobremanera claro si recordamos la forma petulante, ostensiva, desmesurada, que suele tomar el trabajo en los pueblos que hacen de él su ideal.

Después de todo, como decía Federico Schlegel, es la pereza el postrer residuo que nos queda del Paraíso, y Andalucía el único pueblo de Occidente que permanece fiel a un ideal paradisíaco de la vida. Hubiera sido imposible tal fidelidad si el paisaje en que está alojado el andaluz no facilitase ese estilo de existencia. Pero no se recaiga en la explicación trivial que considera a una cultura como efecto mecánico del medio.

Para el hombre que llega del Norte es la luminosidad y gracia cromática de la campiña andaluza un terrible excitante que le induce a una vida frenética (2). Esto le lleva a suponer que la existencia andaluza sería frenética si la indolencia no la deprimiese. Imagina que este pueblo posee una gran vitalidad, y cuando ve pasar a las sevillanas de ojos nocturnos, presume en sus almas magníficas pasiones y extremados incendios. ¡Grande error! No cae en la cuenta de que el andaluz aprovecha en sentido inverso las ventajas de su "medio". El pueblo andaluz posee una vitalidad mínima, la que buenamente le llega del aire soleado y de la tierra fecunda. Reduce al mínimo la reacción sobre el medio porque no ambiciona más y vive sumergido en la atmósfera como un vegetal.

La vida paradisíaca es, ante todo, vida vegetal. Paraíso quiere decir vegetal, huerto, jardín. Y la existencia de la planta se diferencia de la animal en que aquella no reacciona sobre el contorno. Es pasiva al medio. Con sus raíces recibe el nutrimiento telúrico, con sus hojas bebe del sol y del viento. No hace nada. Vivir, para ella, es a un tiempo recibir de fuera el sustento y gozarse al recibirlo. El sol es a la par alimento y caricia en la manecita verde de la hoja. En el animal se separan más la sustentación y la delectación. Tiene que esforzarse para lograr el alimento, y luego, con funciones diversas de ésta, buscarse sus placeres. Cuando más al Norte vayamos más disociados encontraremos esos dos haces de la vida. Pues bien: a un andaluz le parecen igualmente absurdas en el inglés o el alemán la manera de trabajar y la manera de divertirse, ambas sin mesura, desintegrada la una de la otra. Por su parte, prefiere trabajar poco, y también divertirse sobriamente, pero haciendo a la vez lo uno y lo otro, infusas las dos operaciones en un gesto único de vida que fluye suavemente, sin interrupciones ni sobresaltos, como un perfecto adagio cantabile. Diríase que en la vida andaluza, la fiesta, el domingo, rezuma sobre el resto de la semana e impregna de festividad y dorado reposo los días laborables. Pero también, viceversa, la fiesta es menos orgiástica y exclusiva, el domingo más lunes y más miércoles que en las razas del Norte. Sevilla solo es orgiástica para los turistas del Septentrión; para los nativos es siempre un poco fiesta y no lo es del todo nunca.

Al fijarla sobre Andalucía, nuestra pupila se deslumbra y cree ver una escena de exaltación. Pero aguardemos un poco que pase esa impresión superficial. Pronto descubriremos que la vida andaluza excluye toda exaltación y se caracteriza por el fino cuidado de rebajar un tono lo mismo la pena que el placer.

Lo que subraya y antepone es precisamente el tono menor de la vida, el repertorio de mínimas y elementales delicias que pueden extenderse, sin altos ni bajos, con perfecta continuidad, por toda la existencia. En el Paraíso no se comprende goces intensos, concentrados frenéticamente en puntos del tiempo, a que siguen horas de vacío o de amargor. El vegetal paradisíaco goza mínimamente, pero sin discontinuidad: goza de tener su follaje bajo el baño térmico del sol, de mecer sus ramas al venteo blando, de refrescar su médula con la lluvia pasajera. Pues bien: aunque parezca mentira al hombre del Norte, hay todavía en este rincón del planeta millones de seres humanos para quienes la delicia básica de la vida es, en efecto, gozar de la temperie deleitable. Es indecible cuánta fruición extrae el andaluz de su clima, de su cielo, de sus mañanitas azules, de sus crepúsculos dorados. Sus placeres no son interiores, ni espirituales, ni fundados en supuestos históricos. De todo esto ha aceptado el mínimo que la presión de la época le imponía. Pero la raíz de su ser sigue sumergida en esa delicia cósmica, elemental, segura, perdurable. El andaluz tiene un sentido vegetal de la existencia y vive con preferencia en su piel. El bien y el mal tienen ante todo un valor cutáneo: bueno es lo suave, malo lo que roza ásperamente. Su fiesta auténtica y perenne está en la atmósfera, que penetra todo su ser, da un prestigio de luz y de ardor a todos sus actos y es, en suma, el modelo de su conducta. El andaluz aspira a que su cultura se parezca a su atmósfera.(3)

Vive, pues, este pueblo referido a su tierra, adscrito a ella en forma distinta y más esencial que otro ninguno. Para él, lo andaluz es primariamente el campo y el aire de Andalucía. La raza andaluza, el andaluz mismo, viene después; se siente a sí mismo como el segundo factor, mero usufructuario de esa delicia terrena, y en este sentido, no por especiales calidades humanas, se cree un pueblo privilegiado. Todo andaluz tiene la maravillosa idea de que ser andaluz es una suerte loca con que ha sido favorecido. Como el hebreo se juzga aparte entre los pueblos porque Dios le prometió una tierra de delicias, el andaluz se sabe privilegiado porque, sin previa promesa, Dios le ha adscrito al rincón mejor del planeta. Frente al hombre de la tierra prometida, es el hombre de la tierra regalada, el hijo de Adán a quien ha sido devuelto el Paraíso.

Conviene insistir sobre esta raíz primaria del alma andaluza que es el peculiar entusiasmo por su trozo de planeta. Y véase cómo empieza a dibujarse el sentido positivo que encierra mi diagnóstico de la cultura andaluza como cultura campesina. La unión del hombre con la tierra no es aquí un simple hecho, sino que se eleva a relación espiritual, se idealiza y es casi un mito. Vive de su tierra no sólo materialmente, como todos los demás pueblos, sino que vive de ella en idea y aun en ideal. El gallego lejos del terruño siente morriña; el asturiano y el vasco viven doloridos lejos de sus valles angostos y humeantes. Sin embargo, su nexo con la campiña maternal es ciego, como físico, sin sentido de espíritu. En cambio, para el andaluz, que no siente en la ausencia esas repercusiones mecánicas del sentimiento, es vivir en Andalucía el ideal, consciente ideal. Y, viceversa, mientras un gallego sigue siendo gallego fuera de Galicia, el andaluz trasplantado no puede seguir siendo andaluz; su peculiaridad se evapora y anula. Porque ser andaluz es convivir con la tierra andaluza, responder a sus gracias cósmicas, ser dócil a sus inspiraciones atmosféricas.

Este ideal -la tierra andaluza como ideal- nos parece a nosotros, gentes más del norte, demasiado sencillo, primitivo, vegetativo y pobre. Está bien. Pero es tan básico y elemental, tan previo a toda otra cosa que el resto de la vida, al producirse sobre él, nace ya ungido y saturado de idealidad. De aquí que toda la existencia andaluza, especialmente los actos más humildes y cotidianos -tan feos y sin espiritualizar en los otros pueblos-, posea ese divino aire de idealidad que la estiliza y recama de gracia. Mientras otros pueblos valen por los pisos altos de su vida, el andaluz es egregio en su piso bajo: lo que se hace y se dice en cada minuto, el gesto impremeditado, el uso trivial...

Pero también es verdad lo contrario: este pueblo, donde la base vegetativa de la existencia es más ideal que en ningún otro, apenas si tiene otra idealidad. Fuera de lo cotidiano, el andaluz es el hombre menos idealista que conozco."



José Ortega y Gasset

Teoría de Andalucía y otros ensayos, 1927

Madrid, Revista de Occidente, 1942








EL SER ANDALUZ




martes, 16 de septiembre de 2014

DESDE EL ÉXODO, CON LEÓN FELIPE

Imagen de elpezlibro.com


Cómo me identifico con estos versos del gran León Felipe. A los tres años de la emigración, y lo que me queda, cada vez lo entiendo más y mejor... Vaya su letra en este blog:


"ESPAÑOL

Español del éxodo de ayer
y español del éxodo de hoy:
te salvarás como hombre,
pero no como español.
No tienes patria ni tribu. Si puedes,
hunde tus raíces y tus sueños 
en la lluvia ecuménica del sol. 
Y yérguete... ¡Yérguete! 
Que tal vez el hombre de este tiempo... 
es el hombre movible de la luz,
del éxodo y del viento."

Español del éxodo y del llanto (1939)




"EL HACHA

Elegía española

Dedicatoria

A los Caballeros del Hacha,
A los Cruzados del Rencor y del Polvo...
A todos los españoles del mundo.

... Los muertos vuelven,
vuelven siempre por sus lágrimas
(el muchacho que se fue tras los antílopes regresará también).
nuestras lágrimas son monedas cotizables;
guardadlas todas ¡todas!
para las grandes transacciones.
Hay estrellas lejanas
¡y yo sé lo que cuestan!

I

¡Oh, este dolor,
este dolor de no tener ya lágrimas;
este dolor
de no tener ya llanto
para regar el polvo!
¡Oh, este llanto de España,
que ya no es más que arruga y sequedad...
mueca,
enjuta congoja de la tierra,
bajo un cielo sin lluvias,
hipo de cigüeñal
sobre un pozo vacío,
mecanismo, sin lágrimas, del llanto!
¡Oh, esta mueca española,
esta mueca dramática y grotesca!
Llanto seco del polvo
y por el polvo;
por el polvo de todas las cosas acabadas de España;
por el polvo de todos los muertos
y de todas las ruinas de España,
por el polvo de una casta
perdida ya en la Historia para siempre!

  Llanto seco del polvo
y por el polvo. Por el polvo
de una casa sin muros, 
de una tribu sin sangre,
de unas cuencas sin lágrimas,
de unos surcos sin agua...
Llanto seco del polvo
por el polvo que no se juntará ya más,
ni para construir un adobe
ni para levantar una esperanza.
¡Oh, polvo amarillo y maldito
que nos trajo el rencor y el orgullo
de siglos
y siglos
y siglos...!
Porque este polvo no es de hoy,
ni nos vino de fuera:
somos todos desierto y africanos.

  Nadie tiene aquí lágrimas.
Y ¿para qué hemos de vivir nosotros
si no tenemos lágrimas?
Y ¿para qué hemos de llorar ya más
si nuestro llanto no aglutina?
- ni en los clanes rojos
ni en las harcas blancas -.
En esta tierra
el llanto no aglutina;
ni el llanto ni la sangre.
Y ¿para qué sirve la sangre derramada
si no junta los labios de la casta?
Disolvente es la sangre en esta tierra
lo mismo que las lágrimas,
y ha clavado banderas
plurales y enemigas
en todos los aleros.
Los ídolos domésticos
hablaron vanidad.

  Tierra arenosa sin riego,
carne estrujada sin llanto,
polvo rebelde de rocas rencorosas
y lavas enemigas,
átomos amarillos y estériles
del yermo,
aristas vengativas,
arenal de la envidia...
esperad ahí secos y olvidados
hasta que se desborde el mar.



II

¿Por qué habéis dicho todos
que en España hay dos bandos,
si aquí no hay más que polvo?
En España no hay bandos,
en esta tierra no hay bandos,
en esta tierra maldita no hay bandos.
No hay más que un hacha amarilla
que ha afilado el rencor.
Un hacha que cae siempre,
siempre,
siempre,
implacable y sin descanso
sobre cualquier humilde ligazón:
sobre dos plegarias que se funden,
sobre dos herramientas que se enlazan,
sobre dos manos que se estrechan.
La consigna es el corte,
el corte.
el corte,
el corte hasta llegar al polvo,
hasta llegar al átomo.
Aquí no hay bandos,
aquí no hay bandos,
ni rojos
ni blancos
ni egregios
ni plebeyos...
Aquí no hay más que átomos,
átomos que se muerden.

España,
en esta casa tuya no hay bandos.
Aquí no hay más que polvo,
polvo y un hacha antigua,
indestructible y destructora
que se volvió y se vuelve
contra tu misma carne
cuando te cercan los raposos.
Vuelan sobre tus torres y tus campos
todos los gavilanes enemigos
y tu hijo blande el hacha
sobre su propio hermano.
Tu enemigo es tu sangre
y el barro de tu choza.
¡Qué viejo veneno lleva el río
y el viento,
y el pan de tu meseta,
que emponzoña la sangre,
alimenta la envidia,
da ley al fratricidio
y asesina el honor y la esperanza!
La voz de tus entrañas
y el grito de tus montes
es lo que dice el hacha:
"Este es el mundo del desgaje,
de la desmembración y la discordia,
de las separaciones enemigas,
de las dicotomías incesables,
el mundo del hachazo... ¡mi mundo!
dejadme trabajar".
Y el hacha cae ciega,
incansable y vengativa
sobre todo lo que se congrega
y se prolonga:
sobre la gavilla
y el manojo,
sobre la espiga
y el racimo,
sobre la flor
y la raíz,
sobre el grano
y la simiente,
y sobre el polvo mismo
del grano y la simiente.
Aquí el hacha es la ley
y la unidad el átomo,
el átomo amarillo y rencoroso.
Y el hacha es la que triunfa. 


III

Hay un tirano que sujeta
y otro tirano que desata...
y entre los dos tu predio, libertad.
¡Libertad, libertad,
hazaña prometeica,
en tensión angustiosa y sostenida
de equilibrio y amor!
¡Libertad española!
a tu derecha tienes
los grillos y la sombra
y a tu izquierda la arena
donde el amor no liga.
Se es esclavo del hacha
lo mismo que del cepo...
Y el desierto es también un calabozo;
el desierto amarillo
donde el átomo roto
no se pone de pie.
De aquí nadie se escapa. Nadie.
Por que dime tú, amigo cordelero,
¿hay quién trence una escala
con la arena y el polvo?
Español,
más pudo tu envidia
que tu honor,
y más cuidaste el hacha
que la espada.
Tuya es el hacha, tuya.
Más tuya que tu sombra.
Contigo la llevaste a la Conquista
y contigo ha vivido
en todos los exilios.
Yo la he visto en América
- en México y en Lima -,
Se la diste a tu esposa
ya tu esclava...
y es la eterna maldición de tu simiente.
Tuya es el hacha, el hacha:
la que partió el Imperio
y la nación,
la que partió los reinos,
la que parte la ciudad
y el municipio,
la que parte la grey
y la familia,
la que asesina al padre
- Alvargonzález,
Alvargonzález, habla -,
Bajo su filo se ha hecho polvo
el Arca,
la casta,
y la roca sagrada de los muertos;
el coro,
el diálogo
y el himno;
el poema,
la espada
y el oficio;
la lágrima,
la gota
de sangre,
y la gota
de alegría...
Y todo se hará polvo,
todo,
todo,
todo...
Polvo con el que nadie,
nadie,
construirá jamás
ni un ladrillo
ni una ilusión.


IV

España no eres tú,
el de las harcas blancas,
ni tú,
el de los clanes rojos.
España es el hacha.
Y el hacha es la que gana.
Esta vez pierden todos, caballero.
(- Me esconderé en el portalón
detrás de la columna
y apostaré después
cuando la bola haya salido).
Esta vez pierden todos, caballero: 
el que se esconde
y el que huye;
los jugadores de ventaja,
el tramposo,
el garitero
y el matón...
Y el hacha es la que gana.
Cobraremos todos en arena,
todos, hasta los muertos,
que esperan bajo tierra
la gloria y el rosal.
Esta vez pierden todos.
Obispos buhoneros,
volved las baratijas a su sitio:
los ídolos al polvo
y la esperanza al mar. 
Hemos bajado el último escalón...
el que acaba en la cripta.
Mirad ahora hacia arriba
por el pozo viscoso de la Historia.
Allá,
en el disco apagado de la noche,
ni una voz
ni una estrella.
Nadie nos llama
ni nos guía,
y mientras nuestra sangre se desborda
el mundo juega al bridge
y el Gran Juez a los dados.
Fuimos un espectáculo anteayer,
pero hoy ya el circo está vacío.
La negra pantomima
fratricida de España,
la vio Tubal-Caín,
es vieja como el mundo,
como el odio y la envidia...
y hoy la enciende y la apaga
un empresario inglés.
Sin embargo, vosotros
podéis aun arroparos, si hace frío,
en una manta proletaria
o en un manto señorial.
Y apedrearme, si queréis,
maldecirme y gritar:
¡Muera ese falso augur
que ve mejor la grupa de la noche
que la frente de la mañana!...
Pero aquí en nuestras manos
sólo hay polvo y rencor.



V

- ¡Eh, tú, Diego Carrión!,
¿qué insignia es ésa
que llevas en el pecho?
- El haz de flechas señorial.
-¿Y tú, Pero Vermúdez?
- La estrella redentora y proletaria.
Españoles,
dejémonos de burlas.
No es ésta ya la hora de la farsa.
Vámonos poco a poco,
que en los nidos de antaño
no hay pájaros hogaño.
Yo fui loco
y ya estoy cuerdo.
Nadie tiene aquí lágrimas,
pero tampoco risas.
Aquí no hay lágrimas
ni risas...
Aquí no hay más que polvo
¡Quitaos esas máscaras!
Nuestro símbolo es éste: el hacha.
Marcaos todos en la carne del costado
con un hierro encendido,
que os llegue hasta los huesos
el hacha destructora...
Todos,
Diego Carrión,
Pero Vermúdez,
todos.
Y vamos a dormir,
a descansar en el polvo,
aquí,
en el polvo y para siempre.
No somos más que polvo.
Tú y yo y España
no somos más que polvo
polvo,
polvo,
polvo...
Nuestra es el hacha,
el hacha y el desierto,
el desierto amarillo
donde descanse el hacha,
cuando no quede ya
ni una raíz
ni un pájaro
ni un recuerdo
ni un nombre...
España,
¿por qué has de ser tú madre de traidores
y engendrar siempre polvo rencoroso?
Si tu destino es éste,
¡que te derribe y te deshaga el hacha!"

domingo, 14 de septiembre de 2014

AVAROS Y USUREROS

Imagen de divinavocacion.blogspot.com


“Los avaros y los usureros son la sinagoga de Satanás. ¡Desgraciados! No saben lo que eran al nacer –a saber, enteramente desnudos- y lo que serán en su muerte –a saber, envueltos en un miserable paño. ¿De dónde vienen, en efecto, sus bienes? Del hurto y de la usura… Como el escarabajo que amasa excrementos haciendo con ellos con dificultad una pequeña bola, para que al final un asno pase y aplaste la bola y al escarabajo, el avaro y el usurero reúnen el estiércol del dinero. De repente el diablo los estrangula, su alma se va al demonio y su dinero… a los herederos." 

 San Antonio de Padua. Sermones.

MÍA



"MÍA

Mira, observa, piensa, nada
es difícil en esta vida, nada
imposible si lo ansías.

No existe la felicidad dada, sólo
existe la que tú te hagas,
la que consideres perfecta
para que habite tu alma.

No importa cuán difícil sea el
trabajo, o mejor dicho lo difícil
que te lo hagan.

No me vale lo de tomarse
la vida con filosofía, yo no
soy filósofo, mi vida es mía."



A mi manera, Paco Román

viernes, 12 de septiembre de 2014

MIS LECTURAS: TRES LIBROS DE CELA

Imagen de www.abc.es


Y bueno, como saben mis escasos y sufridos lectores, esta gallegofilia literaria/cultural/sentimental que dulcemente padezco sigue yendo por buen puerto, y en el mercado Amazonas pude encontrar a muy buen precio tres obras de Cela en un tomo preparado por Ediciones Destino: La familia de Pascual Duarte, Pabellón de reposo y Nuevas andanzas y desventuras del Lazarillo de Tormes. En líneas generales, no puedo decir que estas lecturas me hayan decepcionado del todo, pero la verdad es que me esperaba mucho más. Y es que como, ya atisbé hace algún tiempo, me da la impresión de que Cela escribía mejor cuando usaba tonos cómicos que en serio. La familia de Pascual Duarte, con toda la fama que acarrea, no me pareció para tanto. Es más: No me pareció "tremendista". Sí desde luego es una novela de tonos oscuros, muy descriptiva, "psicologista" a veces, interesante en ciertos momentos; pero se acaba haciendo un tanto insustancial. Pabellón de reposo me ha parecido aburridísimo, ininteligible a veces, soporífero las más. Y el nuevo Lazarillo es la que más me ha captado, porque desde luego, tiene mucho mérito el dominio del castellano antiguo y el trasladar el formato de la novela picaresca a tiempos más actuales.

Con todo, visto lo visto, de Cela creo que me queda La colmena y Viaje a la Alcarria, porque por lo demás, ya no me inspira mucha curiosidad. Ahora voy con Pereda, y se queda esperando Valle-Inclán; así que seguimos bordeando el Cantábrico. Eso sí, para leer a Valle-Inclán hay que hacer lo mismo que para escribir poesía: Inspirarse.

En fin, una experiencia literaria curiosa con Cela, mas me dejó que desear.






CELA Y LOS VIAJES ANDALUCES


CELA Y LOS VIAJES ANDALUCES (2): CANAL 4 ALJARAFE




CURIOSIDADES DE CAMILO JOSÉ CELA



camilo josé cela. - antonio moreno ruiz - Blogger



"DEL "CELTISMO" Y OTRAS IMPOSTURAS" - "RAIGAMBRE"





SOBRE LAS PRESUNCIONES BRITÁNICAS



"...En cambio, la legión inglesa se componía de gentes incapaces para el servicio. Era la escoria de las calles de Londres; apenas sabían manejar sus armas y era preciso embriagarlos para hacerles entrar en fuego. Un día en San Sebastián se hicieron tan mal las cuentas al repartir unas pagas atrasadas, que 300 de ellos se fueron con las manos. En el cuartel general no se sabía qué hacer de ellos; por fin, se confió su mando al coronel Merry, del cuarto del infante, quien, por ser de origen inglés, hablaba su lengua. Antes de ocho días tuvo que suplicar que se le librase de aquella carga, diciendo que prefería la muerte al mando de tales soldados. Entre las muchas quejas que se dieron de ellos, recuerdo una que es característica. Se había fijado el precio de una piastra (25 céntimos) a cada fusil que presentasen los desertores del enemigo. Presentáronse varios al coronel Merry con fusiles ingleses procedentes de la legión de Evans, Io cual no le extrañó al principio, y abonaba el importe del premio convenido; pero los mismos fusiles se los vendían unos a otros, presentándolos varias veces, para gastarse en vino el dinero robado de este modo. Cuando entraban en un pueblo carlista su primer cuidado era desvalijar al patrón. En vano Merry había hecho aplicar los castigos más severos haciendo dar hasta trescientos palos a un soldado; los soportaban con una indiferencia estoica y al siguiente día volvían a sus depredaciones. No hubo más remedio que deshacerse de esta detestable tropa, haciéndoles pasar la frontera bajo escolta..."


F. Lichnowsky, Recuerdos de la Guerra Carlista (1837-1839).





"INGLATERRA, SOLA, NUNCA LE GANÓ A NADIE.

Una reciente polémica suscitada en un foro sobre historia militar me inspiró a escribir este artículo. Un forista ponderaba exageradamente las cualidades guerreras de los británicos y se refería a Gran Bretaña, a lo largo de la historia, como la “espada de la libertad”. Yo le contesté que ambos puntos eran muy cuestionables y que, de hecho, Gran Bretaña, sola, no ganó nunca una guerra. Que en todos los conflictos que libró en los últimos 950 años siempre necesitó integrar alianzas con muchos otros países, a menudo para enfrentar a un solo enemigo, y que las veces que luchó sola, no ganó. La persona en cuestión me desafió a que argumentara mi posición, y el resultado es este. Debo aclarar que este artículo no está inspirado por ninguna clase de chauvinismo, como así también que acepto que el enemigo histórico de la Argentina y de la Hispanidad ha tenido a lo largo de siglos gente valiente y destacable, como Santo Tomás Moro, Hilaire Belloc y Gilbert Chesterton. Respeto a todo aquel que muere por su Patria, sea amigo o enemigo, y si alguien quiere polemizar o aportar algo, en el marco del respeto se puede armar un fructífero debate. 

Si bien la cantidad de conflictos en los que ha participado dicho país es muy grande, hay algunos que sólo pueden ser considerados meras intervenciones. Descarté, por ejemplo, los más recientes de la ex Yugoslavia, Afaganistán, Irak y el último bombardeo a Libia. Creo que las 14 guerras de las que daré cuenta son bastante representativas. 

1.-BATALLA DE HASTINGS (1066). Los normandos de Guillermo El Conquistador desembarcan en Inglaterra y derrotan a los sajones del rey Harold. Con razón dice William Pfaff que desde esa época no ha vuelto a haber un rey propiamente inglés, ya que la casa real británica será sucesivamente francesa, galesa, escocesa, holandesa y alemana.

2.-GUERRA DE LOS CIEN AÑOS (1337-1453). Inglaterra vs. Francia. Cuando Enrique II Plantagenet, Duque de Normandía y Conde De Anjou , ascendió al trono de Inglaterra en 1154, se generó un conflicto que duró generaciones: él y sus descendientes eran soberanos de un reino importante, pero como duques de Normandía seguían siendo vasallos del rey de Francia, al cual le debían homenaje. Así las cosas, en 1328 falleció Carlos IV de Francia y se produjo un conflicto por la sucesión: Eduardo III de Inglaterra sostenía que por línea materna podía reclamar el trono francés, pero el coronado fue Felipe VI, ya que según la Ley Sálica las mujeres no podían ser herederas. Se produjo así una contienda que, dados los recursos militares y las características de la época, se hizo casi interminable y, al cabo de 116 años de lucha, los soberanos ingleses renunciaron a sus posesiones y presuntos derechos sucesorios en Francia. Son los tiempos de Juana de Arco y de los famosos arqueros de Azincourt. 

3.-GUERRAS CON ESPAÑA (1585-1604). Tuvo dos episodios fundamentales: la expedición española a Inglaterra en 1588, y la devolución de visita inglesa a España al año siguiente. Desde hacía algunos años era evidente que ambos países iban a chocar más tarde o más temprano por una suma de razones religiosas y geopolíticas, pero lamentablemente los planes propuestos por don Álvaro de Bazán, el ilustre marino vencedor de Lepanto, fueron pospuestos y se perdió un tiempo preciosísimo que los ingleses aprovecharon para fortalecer su flota. A ellos se suma la muerte del gran comandante apenas un mes antes de la proyectada invasión a Inglaterra. Vale decir que la operación militar no buscaba anexionar las islas británicas al Imperio Español, sino castigar la ejecución de María Estuardo, restituir a un soberano católico en el trono de ese país y escarmentar a Inglaterra por su protección de la piratería y su apoyo a los rebeldes de Flandes. 

En los astilleros españoles se botó una importante flota compuesta por 127 buques, a la cual se dio el nombre de “Grande y Felicísima Armada”. El término arrogante “Armada Invencible” es de origen anglosajón y forma parte de la Leyenda Negra antiespañola. Esta flota debió lidiar con otra por lo menos equivalente (sino mayor) inglesa y. sobre todo, con un temporal que llevó a pique a algunas naves. Si bien esta flota debió volver a puerto sin haber logrado sus objetivos militares y políticos, jamás existió un desastre naval como el pregonado por la propaganda enemiga, y de ello da perfecta cuenta el autor Luis Gorrochategui Santos en su libro Contraarmada al detallar el paradero exacto del grueso de las naves retornadas a España, que estaban siendo sometidas a reparaciones. 

Al año siguiente Inglaterra envió una gran armada compuesta por entre 170 y 200 buques (un tercio mayor que la española), con el objeto de destruir el poder naval hispánico y colocar en el trono de Portugal (por entonces parte de España) al infame prior de Crato, que a cambio de la ayuda inglesa estaba dispuesto a convertir a su tierra en un Estado satélite y a regalarle Brasil a Inglaterra. El gran problema era que Drake y sus hombres no eran marinos disciplinados al servicio de los objetivos de su país, sino simples piratas que buscaban botín, por lo cual no atacaron Santander como estaba previsto y se dirigieron a La Coruña, donde intentaron un desembarco pero fueron derrotados. Es célebre la epopeya de la gallega María Pita, quien en el momento más crítico de la lucha vio caer a su esposo y, con su misma espada, dio muerte al abanderado inglés y arengó a los defensores, los cuales envalentonados rechazaron el ataque. 

La derrota de la Invencible Inglesa, como se la conoce, fue un hecho más categórico que el fracaso español del año anterior, pero el hecho de que la historia y el cine recuerden un hecho y casi no hablen del otro, nos debe hace reflexionar mucho sobre el poder de la propaganda anglosajona. 

4.-GUERRA DE SUCESIÓN ESPAÑOLA (1701-1713). Motivo: la muerte sin descendencia de Carlos II de España y su sucesión entre dos partidos posibles: el Archiduque Carlos –candidato de los Habsburgo- o el de los Borbones, Felipe de Anjou. Temerosa de que un ascenso al trono de España de un príncipe francés unifique ambas coronas –lo cual desquilibraría completamente la hegemonía en Europa- Inglaterra fomentó una coalición para apoyar al archiduque Carlos de Habsburgo, junto al Sacro Imperio, las Provincias Unidas de los Países Bajos, Portugal, Saboya, Prusia y la mayoría de los estados alemanes. Enfrente estaban la España borbónica y Francia. Al prolongarse mucho la guerra –en la cual se produjo la usurpación de Gibraltar- ambos bandos buscaron fórmulas de paz pero éstas naufragaron. Al final ocurrió algo que cambió completamente el panorama: la muerte del Emperador de José de Habsburgo. De esa manera el archiduque Carlos, apoyado hasta allí por Inglaterra, pasaba a ser soberano del Imperio Español y del Sacro Imperio Romano Germánico, perspectiva aún más temida que la unión entre España y Francia. Gran Bretaña cambió de preferencia y se allanó así el camino para la firma el Tratado de Utrecht, que fue una transacción: se reconoció como rey de España a Felipe de Anjou bajo el nombre de Felipe V, a cambio de que él renunciase para siempre al trono de Francia, de ciertas ventajas comerciales para Inglaterra y de Gibraltar y otras concesiones territoriales. La Hispanidad, mutilada por un príncipe extranjero. 

5.-GUERRA DE LA OREJA DE JENKINS. (1739-41). España contra Gran Bretaña. Llamada así porque el pretexto fue el apresamiento del pirata inglés Robert Jenkins por el capitán Juan León Fandiño, quien le cortó una oreja y le dijo que se la llevara a su rey. Tras ver cómo agitaba Jenkins la oreja cortada ante el Parlamento, los británicos adujeron que el asunto se había convertido en una cuestión de honor y armaron una imponente flota compuesta por 186 buques y 27 mil hombres, cuyo objetivo era tomar Hispanoamérica. Sitiaron Cartagena de Indias (actual Colombia), defendida por el almirante Blas de Lezo con sólo 6 buques y 3000 hombres entre peninsulares, criollos e indios. Tras un largo asedio, los británicos desembarcaron para el asalto final, pero fueron rechazados con grandes pérdidas en lo que fue la derrota naval más grande de la historia inglesa y la operación anfibia más importante hasta el desembarco de Normandía. 

6.-GUERRA DE LOS SIETE AÑOS. (1756-63). Gran Bretaña, Portugal, Prusia, Hannover, Brunswick-Wolfenbüttel, Hesse-Kassel y Schaumburg-Lippe (los cinco últimos, Estados alemanes), contra Francia, Austria, Rusia, España, Suecia, Sajonia, Cerdeña Piamonte, Dos Sicilias y el Imperio Mogol. Fue casi una guerra mundial, por los escenarios bélicos tan distantes, y tuvo múltiples causas. En definitiva, la razón de fondo eran el apetito territorial de algunos Estados y la búsqueda de un nuevo equilibrio europeo. Los ingleses obtuvieron posesiones importantes en Canadá y la India a costa de Francia, pero fueron derrotados por España en las Filipinas y en el Río de la Plata (ataque anglo portugués a Colonia del Sacramento). Tras este triunfo, el gobernador Pedro de Cevallos tomó la iniciativa y llevó las operaciones hasta Río Grande do Sul, en el actual territorio brasileño, pero debió detenerse al ser notificado de la Paz de París (1763). 

7.-GUERRA DE INDEPENDENCIA NORTEAMERICANA. (1775-83). Colonos norteamericanos, con ayuda de España y Francia, contra Gran Bretaña. El detonante para la insurrección fueron los impuestos excesivos que los colonos debían pagar, y el sentimiento de falta de representación de los mismos. Tras el Motín del Té ( en el que los colonos tomaron un barco mercante y arrojaron el cargamento de té por la borda), aumentaron las medidas de rigor de los británicos y el descontento se extendió. En 1774 se reunió un Primer Congreso Continental, que se atribuyó funciones de gobierno nacional, y se produjo un choque entre colonos y tropas inglesas en Lexington que desencadenó la guerra. George Washington fue elegido para comandar a los rebeldes, e improvisó un ejército cuyos miembros poseían los oficios más variados, dedicándose en principio a las escaramuzas por considerar que aún no estaba en condiciones de librar una batalla clásica contra las tropas inglesas. En 1776 se declaró la independencia, y un año después los británicos sufrieron una derrota en Saratoga. En 1778 y 1779 Francia y España, respectivamente, declararon la guerra a Gran Bretaña, y en 1781 el general Cornwallis, jefe del último reducto británico en Virginia, capituló tas un largo asedio. La paz se firmó en 1783 y debe decirse que en el curso de este conflicto Gran Bretaña utilizó 16 mil mercenarios de los distintos Estados alemanes. 

8.-GUERRAS NAPOLEÓNICAS. (1793-1815). Gran Bretaña, Austria, Prusia, Rusia, Portugal, España, Holanda, Suecia y la mayoría de los Estados alemanes contra Francia. Si bien comenzaron como una guerra contra la Francia revolucionaria de 1789, por los objetivos en juego –y pese a algunos breves intervalos de paz- se puede hablar de estos 22 años como un mismo período. Tanto la República Francesa –cuyo lema era “exportar la revolución”- como luego el Imperio de Napoleón eran incompatibles con el equilibrio europeo deseado por Inglaterra, que promovió nada menos que siete coaliciones contra Francia. En general la política inglesa no era enviar directamente efectivos al continente sino “buscar aliados que ejecuten el trabajo militar requerido”, como comenta Hilaire Belloc en su Historia de Inglaterra. Napoleón proyectó la invasión de Gran Bretaña pero su flota, aliada a la española, se perdió en el cabo de Trafalgar en octubre de 1805 debido a una imprudencia del almirante Villeneuve. Acá viene la parte argentina del asunto: porque Napoleón no pudo invadir Inglaterra entonces, Gran Bretaña quedó dueña de los mares y tuvimos a los ingleses invadiendo Buenos Aires en 1806 y 1807, pero fueron derrotados. 

Cuando un nuevo contingente, mucho más numeroso, se preparaba en Portugal a las órdenes de Wellington para embarcar otra vez hacia el Río de la Plata, los franceses invadieron a España, su aliada, y la guerra dio un vuelco total. Wellington inició su publicitada campaña en la península ibérica pero, esto hay que decirlo, no fueron los ingleses sino los españoles los primeros en derrotar a Napoleón en toda regla en 1808 en Bailén, donde peleó José de San Martín. Las guerrillas españolas causaron por su parte un alto desgaste a las columnas invasoras. 

Es a este ejército hostigado y dividido en dos frentes –porque el grueso del ejército francés ya estaba concernido en la invasión a Rusia-, al que Wellington derrotó en Badajoz, los Arapiles y Vitoria. En San Marcial (1813), Wellington puso el nombre, pero reservó a sus tropas y mandó al frente al IV Ejército de Galicia con el lisonjero argumento de que sus hombres no disputasen la gloria de la acción a los españoles. 

Mientras tanto, en el este la campaña de Rusia terminó de la forma más desastrosa para Napoleón, y su ejército de 700.000 hombres sucumbió ante un invierno de cuarenta grados bajo cero. Pocos meses después, la Sexta Coalición derrotó a lo que quedaba del ejército francés en Leipzig (acción donde la participación inglesa fue absolutamente desdeñable en cuanto a recursos humanos), y Napoleón fue confinado a la isla de Elba, de la que luego escapó. 

Tras organizar un último ejército con viejos y adolescentes “despojando a las tumbas y cunas”, según se dijo, tuvo un último encuentro con los ingleses en Waterloo (Bélgica), en 1815. Una parte de sus tropas, a las órdenes de Grouchy, debía dar caza y aniquilar a los prusianos por separado, antes de que pudieran unir fuerzas con los ingleses. Mientras tanto, la caballería francesa cargó una y otra vez contra los cuadros de la infantería británica, y ya estaba a punto de quebrar su centro. Ambos bandos esperaban con ansiedad la llegada de refuerzos y Wellington, desesperado, exclamó: “¡Quiera Dios que llegue la noche o los prusianos!”. De pronto, una línea azul apareció en el horizonte. Napoleón creyó que era la columna de Grouchy, que llegaba con refuerzos, pero no; eran los prusianos, que se les habían evadido en la persecución, y cargaban contra los franceses. Todo estaba terminado. 

9.-GUERA ANGLOESTADOUNIDENSE DE 1812. La poco conocida guerra que entre 1812 y 1815 enfrentó a EEUU e Inglaterra fue tan extraña que el principal motivo para que estallara había desaparecido una semana antes de la declaración de guerra, y la batalla más sangrienta de la misma tuvo lugar dos días después de firmarse la paz.

Gran Bretaña estaba en lucha contra la Francia de Napoleón desde hacía nueve años, y estaba necesitada de recursos humanos para hacer frente a la poderosa Grande Armée. Los ingleses nunca había reconocido la independencia norteamericana de 1776, y de acuerdo a sus leyes, cualquier ciudadano de dicho país seguía siendo inglés, por lo cual los británicos abordaban buques de bandera norteamericana en alta mar y obligaban a sus tripulantes a prestarles servicio militar. Durante varios años miles de norteamericanos corrieron esta suerte.

Cansado de esta situación, el gobierno de EEUU le declaró la guerra a los británicos en 1812, con la ironía de que el parlamento inglés había decidido suprimir dicha ley una semana antes pero los estadounidenses no lo sabían debido a las comunicaciones lentas de esa época. La guerra tuvo una serie de vicisitudes en las cuales los norteamericanos quisieron apoderarse de Canadá y fracasaron, luego los ingleses tomaron Washington y prendieron fuego el Capitolio y la Casa Blanca y apoyaron a las diferentes tribus indias con el objetivo de crear un Estado indígena en Norteamérica. (Lo mismo que intentan hacer hoy en día con los mapuches en perjuicio de Argentina y Chile).

Tras tres años de desgaste, delegados de ambos países firmaron un armisticio en Gante, actual Bélgica, pero... una vez más, debido a lo tardío de las comunicaciones, los ejércitos en pugna desconocían esto y se enfrentaron en la batalla más sangrienta de la contienda dos días después en Nueva Orleáns, que fue una masacre para los británicos, los cuales perdieron a todo su Estado Mayor en una hora y dejaron dos mil muertos sobre el campo, contra 13 norteamericanos.

10.-GUERRA DE CRIMEA. (1853-56). Inglaterra, Francia, Imperio Otomano y Reino de Cerdeña Piamonte contra Rusia. Son recordados la carga de la Brigada Ligera, sobre la que se han hecho tantas películas, y la enfermera Florence Nightingale. Hicieron falta tres años de penosa lucha y cuatro países para satisfacer la preocupación anglo francesa por evitar que Rusia obtuviera una salida al Mediterráneo. 

11.-GUERRAS ANGLO BÓERES. (1880-81 y 1899-1902). Imperio Británico (Gran Bretaña, Colonia del Cabo, Colonia de Natal, Rhodesia, India, Australia, Canadá y Nueva Zelanda) contra el Estado Libre de Orange y la República de Transvaal. Se suele hablar sólo de la segunda de éstas, pero hubo dos. Los bóeres eran colonos de origen holandés (bóer significa “granjero”), que se habían establecido en África del Sur en el siglo XIX, fundando dos pequeñas repúblicas. En 1877 el gobierno británico anexionó el Transvaal y en 1880 estalló la revuelta. Inmediatamente los bóeres pusieron sitio a todos los destacamentos británicos y, tras varias escaramuzas, les infligieron una clara derrota en Majuba Hill (1881). Al ver que las cosas se complicaban demasiado, el gobierno británico les reconoció el autogobierno un mes después. 

La segunda guerra anglo bóer -la más conocida- estalló a raíz del descubrimiento de oro en Witwatersrand (Transvaal), apenas seis años después del final del conflicto anterior. El presidente de dicho país, Paul Kruger, comentó amargamente: “En lugar de regocijaros haríais mejor en llorar, pues este oro será causa de un baño de sangre en nuestro país”. Así fue; inmediatamente, el territorio fue invadido por miles de buscadores de oro británicos que luego pretendieron tener derechos electorales y exigieron facilidades para la explotación del metal precioso. En 1895, el célebre imperialista Cecil Rhodes promovió un golpe de Estado fallido contra el gobierno del Transvaal, y la situación se fue agravando cada vez más hasta que, en 1899, Gran Bretaña presentó un ultimátum exigiendo para sus explotadores de minas los mismos derechos que tenía la población bóer. El gobierno de Transvaal envió al mismo tiempo un ultimátum exigiendo el retiro de las tropas inglesas y, en consecuencia, la guerra estalló. 

Magersfontein, Makeking, Colenso, Ladysmith y Spionkop son los nombres de varias derrotas humillantes para Gran Bretaña. Los ingleses continuaban utilizando sus tradicionales uniformes rojos, que los hacían muy visibles a la distancia, y los bóeres usaban sus ropas color caqui de granjeros, hecho que facilitaba su mimetización con el paisaje. De ahí viene la adopción color caqui en los ejércitos modernos. Esta circunstancia, sumada a la buena puntería de los granjeros y a su conocimiento del terreno, ocasionó grandes bajas a los invasores. 

Así y todo, el peso de un imperio que comprendía la cuarta parte de la población mundial y la quinta parte de las tierras emergidas, se tenía que hacer sentir contra dos minúsculos estados cuya superficie, sumada, era de 391.000 km y los ingleses tomaron tras grandes pérdidas las dos ciudades capitales. No obstante ello, los bóeres aún resistieron un tiempo más, apelando a la guerra de guerrillas. En esta contienda los británicos implementaron los “campos de concentración” para confinar a la población civil bóer. 

12.-PRIMERA GUERRA MUNDIAL. (1914-18). Gran Bretaña, Francia, Rusia, EEUU, Italia, Bélgica, Portugal y Japón contra Alemania, Austria-Hungría y el Imperio Otomano. Las causas de esta guerra fueron múltiples pero, por parte inglesa, existía una profunda ansiedad por evitar que Alemania se convirtiera en una potencia naval que compitiera comercial y militarmente con su imperio. Se estrenaron armas muy mortíferas, como las ametralladoras, tanques y aviones. En esta guerra no hubo generales brillantes, ni grandes maniobras tácticas: fue una lucha de desgaste a lo largo de cuatro años en la que, naturalmente, vencería el bando con más recursos y población. Así y todo, hicieron falta cuatro largos años de guerra de trincheras, una campaña derrotista y una huelga de armamentos para que el Imperio Británico y sus aliados derrotasen a Alemania. (Austria-Hungría era un país relativamente débil y su participación se redujo al frente oriental). La única vez que las flotas inglesa y alemana se enfrentaron en gran escala, en Jutlandia (1915), terminó en un “empate”. (La batalla naval de las Malvinas en 1914 fue de menor envergadura).

13.-SEGUNDA GUERRA MUNDIAL. (1939-45). Aliados: Imperio británico (Gran Bretaña, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, India, Sudáfrica y demás colonias…), Francia, EEUU, URSS, Noruega, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Polonia, Grecia, Yugoslavia, Brasil, China, etc… Potencias del Eje: Alemania, Italia, Japón. Este último país llevó a cabo su propia guerra en el Lejano Oriente y no hubo nunca operaciones combinadas germano niponas. Como bien dice Salvador Borrego en Derrota Mundial (libro de referencia sobre el tema), Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra a Alemania con el argumento de defender a Polonia, pero quince días después de la irrupción alemana a dicho país por su frontera occidental, la URSS la invadió también por el este, pese a lo cual no hubo una declaración de guerra franco británica a los alemanes. La paradoja es que al final de la guerra ya no era Polonia la que había perdido su libertad, sino que también Checoslovaquia, Bulgaria, Yugoslavia, Hungría, Rumania, Estonia, Letonia, Lituania, Albania (toda Europa del Este) habían caído bajo la órbita comunista. 

Hubo 14 propuestas de paz alemanas a Gran Bretaña, las cuales fueron rechazadas. 

Luego de la fulminante victoria alemana sobre Francia, quedó un cuerpo franco británico atrapado en Dunkerque pero se le permitió evacuarse por mar, en un gesto hacia Londres. El ataque alemán a la URS en 1941 representó la salvación para Gran Bretaña, al trasladar el peso del poderío germano al frente oriental. Del otro lado del Atlántico, Roosevelt había sido reelegido como presidente de EEUU por mantener a su país fuera de la contienda, a pesar de lo cual pactó con Churchill en agosto de 1941, a bordo del acorazado Príncipe de Gales, la entrada en guerra norteamericana. Faltaba un pretexto para encuadrar a la opinión pública de su país en un ánimo belicista, y el muy sugestivo y conveniente ataque japonés a Pearl Harbour lo proveyó. Pese a los considerables recursos humanos y materiales aliados, fue necesaria una guerra en tres frentes, con muchos millones de muertos y luchando –al final de la contienda- casa por casa, para vencer al esfuerzo bélico alemán. 

Las cifras de muertos por país dan idea clara de quiénes llevaron realmente el peso de la guerra: URSS (20 millones); Alemania (4,5 millones durante la guerra y entre 5 y 8 millones durante la ocupación soviética. Estos muertos, y los 2 a 4 millones de bengalíes que los ingleses dejaron morir de hambruna, son los olvidados de la IIGM); China (10 millones), Japón (1.200.000); Gran Bretaña, 390.000 (muy atrás de todos los anteriores); Italia, (380.000); Francia, 250.000, y EEUU (220.000).

14.-GUERRA DE LAS MALVINAS. (1982). Argentina contra Gran Bretaña (y otros…). 

Seguramente éste será el punto más controvertido, pero debe entenderse que Malvinas tuvo todas las características de una guerra moderna, donde la tecnología, la información y la acción psicológica juegan un papel preponderante. Fue la primera vez que hubo combates aeronavales en la era de los aviones a reacción equipados con misiles, se probaron nuevas armas y se reescribieron los manuales de tácticas aéreas. 

Los motivos son conocidos: la persistencia de la ocupación británica de las Malvinas a lo largo de 149 años y su reticencia a aceptar la Resolución 2065 de las Naciones Unidas, que exhortaba a ambas partes a negociar la resolución de la disputa. Argentina envió un contingente militar para recuperar las islas el 2 de abril de 1982, bajo la premisa de no causar bajas al adversario, que se cumplió al precio de tres muertes propias. Las fuerzas de recuperación comenzaron a replegarse para ser sustituidas por una presencia militar simbólica, pero ante el anuncio del envío de una gran Fuerza de Tareas (compuesta por 107 buques de guerra y logísticos y un total de veinte mil hombres), se decidió reforzar las islas con unidades compuestas en unas tres cuartas partes por conscriptos. 

Gran Bretaña se hallaba en medio de una severa crisis económica y la Primer Ministro Thatcher corría un gran riesgo de ser derrotada en las elecciones. Por su parte, la Armada de superficie inglesa sería reducida considerablemente para sustituirla por un costoso programa de submarinos con misiles nucleares, los Trident. Así las cosas, se produjo una alianza de intereses entre los “halcones” del Almirantazgo británico, que deseaban su oportunidad de demostrar que la flota era necesaria, y las urgencias políticas de Thatcher. 

Con todo, la apuesta era muy arriesgada: los británicos deberían librar una guerra a muchos miles de kilómetros de casa, con grandes complejidades logísticas y el peligro que suponían la Fuerza Aérea y la Aviación Naval argentinas. Enseguida, el gobierno de EEUU hizo una ficción de mediación: envió a Alexander Haig a Londres y a Buenos Aires a “buscar una salida pacífica”. Al mismo tiempo, EEUU facilitó a los ingleses la isla Ascensión, en el Océano Atlántico, para servir de base de operaciones. También les entregó bajo el mayor sigilo 100 misiles Sidewinder de última generación para equipar a los Harrier de la flota, y les aportó cobertura de inteligencia y satelital de los movimientos argentinos. Mientras que del lado argentino se creía que Haig podría cumplir un rol similar al de John Foster Dulles, el Secretario de Estado de EEUU que en 1957 había frenado la intervención anglo francesa en Suez, del lado norteamericano la lógica era muy distinta: “porque ya hubo un Suez, jamás puede volver a haber otro”: es decir, que se temía que una Gran Bretaña humillada y resentida abandonase sus compromisos en el seno de la OTAN. La propaganda irradiada desde el mundo anglosajón al resto del orbe era “democracia inglesa versus fascismo argentino”. 

Quedaba un problema, y era el coraje y profesionalismo que estaban demostrando los pilotos argentinos en general, pero particularmente con el uso del sistema de armas combinado de aviones Super Étendard y misiles Exocet. La Argentina había pagado por anticipado 14 de estos aviones y 36 misiles, pero al momento del inicio de las hostilidades sólo contaba con cinco unidades de cada uno. El hundimiento del destructor Tipo 42 HMS Sheffield demostró que la flota era altamente vulnerable a un ataque con estas armas, y conjugar esta amenaza se convirtió en prioridad para los británicos. Inmediatamente Francia bloqueó el envío de los aviones y misiles restantes, pero aún quedaban los ya entregados a la Argentina, que en un golpe de suerte podrían hundir alguno de los dos portaaviones enemigos, o algún buque de crucial importancia logística, y condenar al fracaso a la operación británica. Según las revelaciones de Ali Magoudi, psicoanalista del fallecido presidente François Mitterrand, Thatcher extorsionó al mandatario galo exigiéndole que le entregue los códigos secretos para neutralizar los misiles Exocet franceses en poder de la Argentina, bajo amenaza de desencadenar un ataque nuclear contra nuestro país. 

Hubo un tercer factor externo cuyo efecto no puede ser desdeñado, y concierne al riesgo que suponía para la Argentina verse envuelta en una guerra en dos frentes. Se sabe actualmente que el general Pinochet, del otro lado de los Andes, cooperó con el esfuerzo de guerra inglés brindándoles información de inteligencia, pero también, y acaso de un modo más sensible, realizando ciertas concentraciones de tropas que autorizaban a suponer que su país se hallaba listo para atacar a la Argentina desde el oeste. Ante esta situación, unidades muy capacitadas como las tropas de alta montaña, los paracaidistas o los infantes de Marina, que hubieran sido enviadas a las islas, debieron quedarse aferradas en el continente. Si bien las tropas de Pinochet no participaron abiertamente de las hostilidades, obligaron a la Argentina a tomar previsiones defensivas dividiendo su potencial bélico. Si se permite una analogía deportiva, es lo que sucede cuando un jugador de fútbol realiza un gol pero éste es anulado porque su compañero, que estaba en offside pasivo, no tocó la pelota pero intervino indirectamente al distraer el esfuerzo defensivo del otro equipo. 

En lo que refiere a la participación de otros países del lado inglés hay un cuarto aspecto, quizás desdeñable en su incidencia en el resultado final del conflicto, pero lo mencionaremos porque es muy poco conocido. Es lo que refiere Nigel West en su obra La guerra Secreta por las Malvinas, al señalar que, cuando los buques que debían proteger a los portaaviones británicos comenzaron a ser hundidos o dejados fuera de combate, Nueva Zelanda envió un destructor Tipo 42 –gemelo del Sheffield- a la zona de operaciones. Tomen nota los simpatizantes de los All Blacks…"

Gabriel Martínez