jueves, 23 de julio de 2015

RIP ADELA PICHARDO


-Te nos vas Adela, siendo testigo de un siglo. ¡Y qué siglo!

Mis padres me venían avisando de hacía tiempo que estabas pachuchilla. No obstante, yo no les creía mucho, pues conociendo tu fuerte entereza, me imaginaba que esquivarías a la parca mucho tiempo más. Pero tú sabes mejor que yo que por más que el hombre proponga, al final Dios es el que dispone, y a Su voluntad te sometiste siempre.

Como vecina de la Plaza, de aquella esquina que se escora entre la plenitud de la calle Larga y que se asoma a la Corraleja y la Era, siempre te presentabas voluntaria para limpiar el sagrario y para cualquier actividad que significara el bien de nuestra parroquia de San Martín de Tours. Porque siempre te preocupase por la vida espiritual del pueblo, y con tu elegante coherencia de gran señora, piadosa, educada, caritativa y honrada, nos diste un bello y constante ejemplo a todos los que disfrutamos de tu presencia durante tantos años.

Fíjate que a lo tonto a lo tonto, ya llevo cuatro años en Perú, que se dice muy pronto. Y como dije años ha, me di cuenta del gran paso que había supuesto en mi vida al poco de que se nos fuera tu hija Pepi (*), con la que hablé poco antes de marcharme en el que fuera mi corral, ahora urbanización cuya calle lleva el nombre de una santa paisana.  Y es que no en vano, florida vocación de santidad siempre tuviste y transmitiste. Y la vida no tiene casualidades, sino hechos providenciales que muchas veces no sabemos o no queremos ver.

Adela: ¡Qué sola se nos está quedando la Plaza! Ahora que fui después de un par de años lo noté, porque hay que estar ausente para notar de verdad las cosas. Cuando yo era chico, desde la casa de José Escobar hasta la esquina era una rebumba de gente, que a su vez, se concentraba en verano huyendo del calor con otros vecinos de la calle Larga y alrededores. Ahora, un silencio que se agita con el viento del invierno, se viste de naranja en las tardes primaverales, enmudece con las lluvias otoñales y se sofoca con el rigurosísimo verano,  pregona que las ausencias van siendo demasiadas. Probablemente, en toda España se siente lo mismo. La gente sigue haciendo lo mismo y pensando lo mismo y muchos jóvenes nos vamos. Sólo Dios sabe lo que nos aguarda. Pero lo cierto es que por más lejos que esté uno, uno es lo que es y nunca puede ni debe negarse, porque eso es morir en vida, alejándose así la eternidad. La Plaza siempre será el centro de mi bollullero universo, y para eso no hace falta estar en Lima: Es estar en Sevilla y sólo pienso en cuándo voy a llegar a mi casa, o cuándo voy a ver a algún paisano para sentirme cerca.

Pero bueno, como te decía, Adela, has sido testigo de un siglo; una mujer de otra época. Cada tiempo tiene sus cosas, tanto buenas, como malas. Pero a este tiempo que nos ha tocado... Me gustaría no ser tan pesimista, ¡pero no me dejan! No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor; pero no fue peor. Ahí está la clave. Y creo que tú, aun con otras palabras, podrías entenderlo mejor que nadie; porque a ciencia cierta demostraste la pasta de la que estuvo hecha aquella gente que tanto admiré, aquella gente que se me va y con la que siento como si fuera perdiendo la fuerza del íntimo y abigarrado cordón umbilical que me ayuda a luchar día a día. Porque al final, lo que quedan son las raíces. Y si los árboles se van pudriendo pero no hay raíces porque no se siembra, ¿qué nos va a quedar?

En fin, quede esa respuesta para la gente más nueva, que tu generación ya trabajó bastante. Ahora, en el calor de tu numerosa prole de hijos y nietos, recibe a través de ellos el calor de un pueblo que jamás te olvidará, como jamás te olvidaré yo. Ahora te reencontrarás con los tuyos. La muerte no es el final.

Descansa en paz, gran dama de noventa y cinco primaveras, querida vecina del alma. Mi más sentido pésame para los tuyos.





Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescat in pace.
Amen.