sábado, 31 de octubre de 2015

SOBRE EL VERDADERO JOVELLANOS

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Prólogo de Jesús Evaristo Casariego

“Jovellanos: Patobiografía y pensamiento biológico”. Dr. Jesús Martínez Fernández. Instituto de Estudios Asturianos. Oviedo – 1966. Páginas IX a XX.


Jovellanos es, a mi juicio, la primera y más hermosa figura de la historia de Asturias y una de las más nobles y notables de la historia de España y de Europa. Sus dimensiones humanas sólo admiten parangón, en nuestra tierra, con las de otro varón eminentísimo, el Rey Don Alfonso II, fundador de la gran Monarquía Asturiana y, por tanto, de España, de la España que podríamos llamar sin redundancia española, dueña de sus destinos, que se inicia en Covadonga, se perfecciona en la corte alfonsina neogótica de Oviedo y discurre a través de mil doscientos años llenos de peripecias históricas, con todos sus defectos y todas sus virtudes, con todas sus servidumbres y todas sus grandezas.

En uno de los momentos más interesantes de esa fecunda y agitada historia, en la vertiente de dos épocas, la figura de Jovellanos reverbera como un astro de primera magnitud para alumbrarnos las obscuridades del pasado (Jovellanos anticuario e historiador), las realidades de su mundo circundante (Jovellanos crítico y político) y los caminos del futuro, que llegan a nuestro hoy y proseguirán mientras exista España (Jovellanos reformista y polémico). Pero no estriba en eso sólo la enorme y compleja personalidad de D. Gaspar Melchor. Hay en esta personalidad algo difícil de expresar concretamente, que nos lleva a amarle y a desear el deleite de penetrar en su espíritu, de participar en aquella ecuanimidad transparente y lúcida, que emana de todos sus actos. Otros hombres geniales dominan, deslumbran, convencen. Jovellanos hace que nos identifiquemos con él y sintamos íntimamente como nuestras sus amarguras, sus felicidades y sus deseos. Jovellanos es todo ponderación y ecuanimidad y razón clara compatible con el sentimiento noble.

Hace muchos años que yo me atreví a publicar un libro sobre tan egregio asturiano, con motivo del segundo centenario de su nacimiento. Y este libro –con todos los defectos de mi obra, más los de mi alborotada mocedad de aquel entonces– creo que tenía un acierto que me atrevo a recordar ahora: su simple título. Mi libro se titulaba: “Jovellanos o el equilibrio”.

Sobre Jovellanos se ha escrito mucho en España y fuera de España. Su bio-bibliografía fue prácticamente agotada a fines del siglo pasado por el cronista gijonés D. Julio Somoza, con relación a la época en que éste escribió. Comentaristas más o menos documentados y clarividentes de Jovellanos han sido todas las figuras importantes de la crítica política, social y literaria de España durante siglo y medio. Entre ellos fue tal vez Menéndez y Pelayo (oriundo de Asturias) quien mejor comprendió la obra y escribió la más bella prosa sobre el inmortal hidalgo de Gijón.

En este buen libro del doctor Martínez, al que sirve de pórtico mi mal prólogo, se hace un estudio original, agudo y erudito, de lo que podríamos llamar la historia interna, la personalidad íntima, el perfil psicológico de Jovellanos. Por ello yo me atrevo a comentar aquí algunos aspectos de su ideario sobre la cosa pública, el cual ha sido generalmente tergiversado. Por ejemplo, ha sido frecuente presentar a Jovellanos poco menos que como un jacobino partidario de introducir en España el sistema político de la Revolución Francesa. Pues véase lo que Jovellanos escribía de esta Revolución de la que, como es sabido, fue contemporáneo: “Semejante linaje de hombres (se refiere a los revolucionarios franceses) no hay ni puede haber en España si el ojo vigilante del gobierno atisba y descubre y entrega al cuchillo a los que nuestro pérfido enemigo quiere introducir entre nosotros” (1). En medidos versos hace esta declaración de fe religiosa y política:

Sumiso y fiel, la religión augusta
de nuestros padres, y su culto santo,
sin ficción profesé. Que fui patrono
de la verdad y la virtud, y azote
de la mentira, del error y el vicio” (2)

En otros versos condena así a la Revolución Francesa:

Guay de ti, loca nación que al cielo
con tan horrendo escándalo afligiste, 
cuando tendiste la sangrienta mano
contra el ungido!” (3)

De Rousseau, uno de los padres de la Revolución Francesa y de su libro “El contrato social”, véase lo que dice Jovellanos, al denunciar al Rey la entrada clandestina de algunos ejemplares en el puerto de Gijón: “Me apresuro, lleno de inquietud y amargura, a elevarle a la suprema atención de Vuestra Majestad: 1º., a fin de que si fuese de su Real agrado, mande dar las más grandes y más prontas providencias para estorbar la entrada de LIBRO TAN PERNICIOSO en sus dominios. 2º., para que mande inquerir su autor e imponerle EL CONDIGNO CASTIGO” (4).

También se ha pretendido hacer pasar a Jovellanos por un simpatizante con la masonería. Incluso funcionó en Gijón una logia que se llamó “Logia Jovellanos”. Pues véase como Jovellanos califica a los masones: “Las sectas corruptoras que ya por medio de escritos impíos, ya por medio de asociaciones tenebrosas, ya, en fin, por medio de manejos, intrigas y seducciones…” (5) … “La impiedad que pretende corromperlo todo y una secta de hombres feroces y blasfemos que, buscando sus armas en la naturaleza, se levantan contra el cielo como titanes” (6).

Con relación al liberalismo imitativo y retórico que se manifestó en las Cortes de Cádiz y de su propósito de redactar e imponer a España una Constitución traducida de la francesa de 1791, escribe Jovellanos: “Es siempre la efectiva (la Constitución), la histórica, la que no nace en turbulentas asambleas, ni en un día de asonada, sino en largas edades y fue lenta y trabajosamente educando la conciencia nacional con el concurso de todos y para el bien de la comunidad. Constitución que puede mejorarse y reformarse, pero que nunca es lícito ni conveniente ni quizás posible destruir, so pena de suicidio nacional peor que la misma anarquía. ¡Qué mayor locura que hacer una Constitución como quien hace un drama o una novela!” (7)

Jovellanos sostiene la acertada tesis de que España tuvo siempre su constitución política, aunque no estuviese articulada al estilo de la francesa, sino más bien formada como la inglesa por un conjunto de tradiciones, costumbres y usos jurídicos, contenidos en toda la literatura de nuestros fueros y recopilaciones. Por ejemplo, puedo señalar aquí que el “habeas corpus” español es más antiguo que el inglés y aparece no en uno sino en varios textos forales del siglo XII. Véase como razonaba su tesis de una constitución española Jovellanos: “Yo aquí notaré que oigo hablar mucho de hacer en las mismas Cortes (se refiere a las de Cádiz) una nueva constitución y aún de ejecutarla; y en eso sí que a mi juicio habrá mucho inconveniente y peligro. ¿Por ventura no tiene España su constitución? Tiénela, sin duda; porque ¿qué otra cosa es una constitución que el conjunto de Leyes fundamentales que fijan el Derecho del Soberano y de los súbditos y los medios saludables de preservar uno y otros?. Y, ¿quién duda que España tiene esas leyes y las conoce?. ¿Hay algunas que el despotismo haya atacado y destruido?. Restablézcase. ¿Falta alguna medida saludable para asegurar la observancia de todas? Establézcase. Nuestra constitución, entonces, se hallará hecha y merecerá ser envidiada por todos los pueblos de la tierra que amen la justicia, el orden, el sosiego público y la verdadera libertad, que no puede existir sin ellos. Tal será siempre, en este punto, mi dictamen, sin que asiente jamás a otros que, so pretexto de reformas, tratan de alterar la esencia de la Constitución española” (8).

Como buen tradicionalista y sano espíritu equilibrado, Jovellanos no sólo pone sus censuras al liberalismo extranjerizado y corruptor, sino que con la misma independencia, y ecuanimidad ataca al despotismo de las tiranías y de la dictadura, ya que, además, le tocó vivir y padecer bajo la primer dictadura moderna que se ejerció en España: la de Godoy. El afán de centralizar, de reglamentar, de poner trabas a la vida que caracteriza igualmente al liberalismo de origen centralista francés que a las dictaduras modernas, fue denunciado por Jovellanos en estos párrafos: “Se dirá que todo se sufre, y es verdad; todo se sufre, pero se sufre de mala gana; todo se sufre, pero ¿quién no temerá las consecuencias de tan largo y forzado sufrimiento?. El estado de libertad es una situación de paz, de comodidad y de alegría; el de sujección lo es de agitación, de violencia y de disgusto; por consiguiente el primero es durable, el segundo expuesto a mudanzas. No basta, pues, que los pueblos estén quietos; es preciso que estén contentos y sólo en corazones insensibles o en cabezas vacías de todo principio de humanidad y aún de política, puede abrigarse la idea de aspirar a lo primero sin lo segundo” (9).

A Jovellanos le tocó vivir una época triste, de decadencia y contradicciones, de la cual salió nuestro impotente y ensangrentado siglo XIX, que perdió el Imperio y sumió a la sociedad española en una caos de banderías, odios y guerras civiles. El grosero y achulapado absolutismo de un Godoy o de un Fernando VII, por un lado, y el extranjerizado y rencoroso liberalismo de los doceañistas por otro, fueron las realidades políticas negativas entre las que transcurrieron los últimos años de Jovellanos, que perturbaron la vida española y la sacaron de su cauce tradicional, cauce que era el que Jovellanos quería como única vía natural, experimentada y segura para que por ella discurriese la vida histórica del pueblo español.

En tal postura Jovellanos resulta un auténtico tradicionalista en el sentido real de este calificativo, porque tradición no es estancamiento o quietismo, como se ha proclamado con malicia y creen muchos lerdos, sino, por el contrario, es dinamismo de vida, de vida histórica en constante evolución.

La tradición engendra un movimiento vivo y fecundo. En política significa recoger la obra del pasado, depurarla, aumentarla y entregar lo recibido y lo creado a las nuevas generaciones que adquieren, a su vez, la misma obligación. Su propia etimología –tradere, entregar– ya lo explica. En este sentido todos los pueblos cundo hacen historia son tradicionalistas. Por ejemplo, vemos a Inglaterra que recoge, cuida y perfecciona sus tradiciones jurídico-políticas, desde la Carta Magna, y alcanza su plenitud sin necesidad de copiar la Constitución francesa de 1791, como hicieron nuestros pintorescos y habladores liberales de las Cortes de Cádiz, a lo que se opuso Jovellanos. Vemos a los Estados Unidos, tan celosos de sus tradiciones políticas, que recogen las inglesas y con ellas crean la independencia y la Constitución norteamericana, la cual cuenta ya con más de 170 años, mientras que en un tiempo mucho menor que ese el liberalismo español redactó siete constituciones, todas ellas tan pomposas y detalladas como ineficaces. Vemos a la Unión Soviética, después de una total revolución ideológica y económica, recoger y exaltar muchas de las tradiciones del pueblo ruso, continuar la obra imperial iniciada por Iván el Terrible y perfeccionada por Pedro el Grande. En cambio los pueblos que renuncian y reniegan de sus tradiciones y se dedican a copiar servilmente lo que hacen otros, se traicionan a sí mismos, dejan de ser, y Dios les castiga con la impotencia y la esterilidad, como la España liberal, monárquica o republicana, constitucionalista o dictatorial de los siglos XIX y XX.

En este sentido no cabe duda que Jovellanos es un tradicionalista típico, el primero de los tradicionalistas modernos, como Vázquez de Mella, también asturiano, es, hasta ahora, el último.

Los pueblos que renuncian a esta postura de ser fieles a sí mismos, se suicidan estúpidamente, vestidos con los andrajos que les arrojan los otros pueblos a los que servilmente imitan y aceptan por patronos. Cuando un pueblo pierde su originalidad, pierde su propio “yo”, lo pierde todo. Deja de ser, o a lo más se convierte en macaco que imita los gestos de su amo. Imitar no es progresar. Es simplemente haber perdido la personalidad. García Morente aclara esto con mucha precisión: “El tradicionalismo no significa ni estancamiento ni reacción; no representa hostilidad al progreso, sino que consiste en que todo el progreso nacional haya de llevar en cada uno de sus momentos y elementos el cuño y estilo que definen la esencia de la nacionalidad”.

Unamuno afirma que sin la tradición no hay pasos adelante, sino desviaciones: “Pero mientras no nos formemos un concepto vivo, fecundo de la Tradición, será de desviación todo paso que demos hacia delante del casticismo. Tradición, de “trajere”, equivale a “entrega”, es lo que pasa de uno a otro, “trans”, un concepto hermano de “transmisión”, “traslado”, “traspaso”. Pero lo que pasa queda, porque hay algo que sirve de sustento al perpetuo flujo de las cosas”.

Ganivet concreta aún más su afirmación tradicionalista en el caso del quehacer de España: “Cuanto en España se construya con carácter nacional, debe de estar sustentado sobre los sillares de la Tradición. Eso es lo lógico y eso es lo noble…, no cabría mayor afrenta que ser traidores para con nuestros padres, y añadir a la tristeza de su vencimiento, acaso transitorio, la humillación de someternos a la influencia de las ideas de nuestros vencedores”.

Menéndez Pelayo asegura que los pueblos que no conservan sus tradiciones caen en la imbecilidad senil, que es, desgraciadamente, lo que ahora podemos ver en muchos aspectos de la sociedad occidental.

Los europeizadores –y nada digamos de los norteamericanizadores– han sido siempre funestos. En la Edad Media nos trajeron el feudalismo, en la Moderna el absolutismo, y en la contemporánea el demoliberalismo. Tres pestes que asolaron al pueblo español, desviándolo de su tradición. Con el primero retrasaron siglos la Reconquista. Con el segundo desviaron nuestra trayectoria nacional y nos arruinaron. Con el tercero nos dividieron y enfrentaron, creando un país de pandereta con guerras civiles, milicia nacional y caciques, y con la desamortización de Mendizábal impidieron una evolución social y entregaron la riqueza a unos cuantos capitalistas y muñidores electorales.

Los europeizantes han sido, pues, una rémora para la evolución del pueblo español. Esto lo reconoce D. Ramón Menéndez Pidal en uno de sus más recientes trabajos: “Seguro impulsor de la vida nacional hacia nuevas orientaciones (se refiere a Sancho el Mayor),fue a la vez audaz despreciador de tradicionales realidades; fue hablando a lo moderno, el primero de los “europeizadotes” en España; pero, por grande que fue, tuvo el defecto de la mayoría de ellos: la incomprensión de lo mucho bueno que hay en lo viejo”.

Frente a todo eso, no hay más remedios que los que nos ofrece la tradición. Por no querer admitirlos España lleva dando tumbos siglo y medio… ¡y lo que le queda todavía!.

Jovellanos, además de Derecho público y de prácticas administrativas, escribe sobre Historia, da normas sobre la manera de llevar a cabo los estudios históricos y hace una –admirable para su época– compilación de documentos medievales asturianos, sobre agricultura y reforma agraria, con atinadas y proféticas observaciones, que de haberse tenido a tiempo en cuenta hubiesen hecho una verdadera reforma económica en vez del disparate criminal de la desamortización de Mendizábal; sobre arquitectura y arte en general. Y es que Jovellanos siente, en fin, una inacabable y nobilísima curiosidad por todos los temas humanos que, como hombre, no le pueden ser ajenos. En este aspecto, el conocido verso de Terencio le es perfectamente aplicable: “Homo sunt: humani nihil a me alienum puto” (y perdone el lector este sobado latinajo, ahora que el latín anda tan de capa y casulla caída).

Toda esta polifacética personalidad explica el por qué tantos espíritus finos y curiosos se hayan sentido atraídos por ella.

El último que ahora nos manifiesta esa atracción es el autor de este libro, don Jesús Martínez Fernández, doctor en Medicina, hombre trabajador, organizado, exacto y de variadas inquietudes intelectuales.

No es la primera vez que el doctor Martínez escribe sobre Jovellanos. Anteriormente ha publicado unos interesantes trabajos titulados: “Los niños en la obra de Jovellanos”. “La lealtad de Jovellanos” y “El último viaje de Jovellanos”, que contienen estudios muy esmerados y amenos sobre las virtudes y postrimerías del patricio gijonés.

Este libro de ahora constituye un trabajo enjundioso, amorosamente elaborado, importante para la bibliografía jovellanista. Es un bien meditado análisis de la vida interior del héroe, realizado con los recursos técnicos del médico y del psicólogo, apoyado en una documentación abundante, que supone una completa y bien hecha labor erudita en torno al personaje y sus circunstancias. Es un libro que no debe faltar en ninguna biblioteca jovellanista. Y no me parece oportuno extenderme sobre él, por cuanto el lector lo tiene en sus manos y ha de leerlo y juzgarlo a continuación. Creo preferible que el lector penetre en él sin ningún previo y ajeno prejuicio crítico.

El doctor Martínez, como ya queda dicho, es médico. Ejerce la Pediatría con una vocación ejemplar y con un riguroso método científico plasmado en más de medio centenar de publicaciones especializadas, y en la aportación de invenciones personales al servicio de los procedimientos diagnósticos y terapéuticos. Pero el doctor Martínez, al encargarme este prólogo, me ha prohibido expresamente que haga elogios de él: “Mi deseo es que hable usted de Jovellanos y no de mí”, me dijo. Por eso sólo haré constar aquí que el doctor Martínez es un hombre joven, que tiene ocho hijos y espera el noveno (dato digno de hacerse notar en estos tiempos, y más aún en un Puericultor), que pudiendo desempeñar una cátedra o ejercer en una ciudad grande, prefiere vivir en su Navia natal –gusto que le alabo– pues es Navia población por muchos conceptos deliciosa, en la que la vida pasa digna y amable, rodeada del romántico y suave paisaje de su ría; que es hijo de un desaparecido médico naviego, Don Venancio Martínez, que encarnó durante cincuenta años al médico caritativo y patriarcal, conjugación perfecta de la competencia profesional y la nobleza el espíritu; y que tanto él como su esposa, pertenecen a familias muy conocidas del Occidente asturiano, familias fecundas, de gentes inteligentes y laboriosas, que se extienden por todas las ramas de las profesiones liberales, de la industria, del comercio y las artesanías de la comarca naviega.

El doctor Martínez es un médico humanista, erudito, historiador, con una extraordinaria capacidad para la observación. Gracias a él podemos conocer, científicamente reconstruida, la historia de Navia. También son muy interesantes sus estudios sobre el doctor Casal, y sobre el episodio de la Searila en el que culmina el romanticismo asturiano.

Y como el doctor Martínez no quiere que se diga más de él, pasa, lector, a conocerle más íntima y directamente, a través de las estancias de este libro, que son un poco las estancias de su sensibilidad y su pensamiento.

J. E. CASARIEGO

Casona de Barcenilla. Luarca, enero de 1966. 





(1) Memorias en defensa de la Junta Central. Apéndice. (Edit. Rivadeneira). Tº I, pág. 599.

(2) Epístola a Posidonio (Posada). (Edi. Rivadeneira, I, 23).

(3) Oda de Jovino a Poncio. (Edit. Rivadeneira, I, 23).

(4) Carta de Jovellanos al Rey, reproducida por Somoza: Amarguras de Jovellanos, pág. 313.

(5) Tratado teórico-práctico de la enseñanza. (Edit. Rivadeneira, I, 230 y sgs.).

(6) Oración inaugural del Real Instituto Asturiano. (Edit. Rivadeneira, I, 323)

(7) Diarios. Somoza: Amarguras de Jovellanos, pág. 178.

(8) Consulta en Sevilla sobre las Cortes en mayo de 1809.

(9) Memorias sobre los espectáculos. (Edit. Rivadeneira, I, 492).


Fuente: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL CERVANTES