sábado, 31 de octubre de 2015

SOBRE EL VERDADERO JOVELLANOS

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Prólogo de Jesús Evaristo Casariego

“Jovellanos: Patobiografía y pensamiento biológico”. Dr. Jesús Martínez Fernández. Instituto de Estudios Asturianos. Oviedo – 1966. Páginas IX a XX.


Jovellanos es, a mi juicio, la primera y más hermosa figura de la historia de Asturias y una de las más nobles y notables de la historia de España y de Europa. Sus dimensiones humanas sólo admiten parangón, en nuestra tierra, con las de otro varón eminentísimo, el Rey Don Alfonso II, fundador de la gran Monarquía Asturiana y, por tanto, de España, de la España que podríamos llamar sin redundancia española, dueña de sus destinos, que se inicia en Covadonga, se perfecciona en la corte alfonsina neogótica de Oviedo y discurre a través de mil doscientos años llenos de peripecias históricas, con todos sus defectos y todas sus virtudes, con todas sus servidumbres y todas sus grandezas.

En uno de los momentos más interesantes de esa fecunda y agitada historia, en la vertiente de dos épocas, la figura de Jovellanos reverbera como un astro de primera magnitud para alumbrarnos las obscuridades del pasado (Jovellanos anticuario e historiador), las realidades de su mundo circundante (Jovellanos crítico y político) y los caminos del futuro, que llegan a nuestro hoy y proseguirán mientras exista España (Jovellanos reformista y polémico). Pero no estriba en eso sólo la enorme y compleja personalidad de D. Gaspar Melchor. Hay en esta personalidad algo difícil de expresar concretamente, que nos lleva a amarle y a desear el deleite de penetrar en su espíritu, de participar en aquella ecuanimidad transparente y lúcida, que emana de todos sus actos. Otros hombres geniales dominan, deslumbran, convencen. Jovellanos hace que nos identifiquemos con él y sintamos íntimamente como nuestras sus amarguras, sus felicidades y sus deseos. Jovellanos es todo ponderación y ecuanimidad y razón clara compatible con el sentimiento noble.

Hace muchos años que yo me atreví a publicar un libro sobre tan egregio asturiano, con motivo del segundo centenario de su nacimiento. Y este libro –con todos los defectos de mi obra, más los de mi alborotada mocedad de aquel entonces– creo que tenía un acierto que me atrevo a recordar ahora: su simple título. Mi libro se titulaba: “Jovellanos o el equilibrio”.

Sobre Jovellanos se ha escrito mucho en España y fuera de España. Su bio-bibliografía fue prácticamente agotada a fines del siglo pasado por el cronista gijonés D. Julio Somoza, con relación a la época en que éste escribió. Comentaristas más o menos documentados y clarividentes de Jovellanos han sido todas las figuras importantes de la crítica política, social y literaria de España durante siglo y medio. Entre ellos fue tal vez Menéndez y Pelayo (oriundo de Asturias) quien mejor comprendió la obra y escribió la más bella prosa sobre el inmortal hidalgo de Gijón.

En este buen libro del doctor Martínez, al que sirve de pórtico mi mal prólogo, se hace un estudio original, agudo y erudito, de lo que podríamos llamar la historia interna, la personalidad íntima, el perfil psicológico de Jovellanos. Por ello yo me atrevo a comentar aquí algunos aspectos de su ideario sobre la cosa pública, el cual ha sido generalmente tergiversado. Por ejemplo, ha sido frecuente presentar a Jovellanos poco menos que como un jacobino partidario de introducir en España el sistema político de la Revolución Francesa. Pues véase lo que Jovellanos escribía de esta Revolución de la que, como es sabido, fue contemporáneo: “Semejante linaje de hombres (se refiere a los revolucionarios franceses) no hay ni puede haber en España si el ojo vigilante del gobierno atisba y descubre y entrega al cuchillo a los que nuestro pérfido enemigo quiere introducir entre nosotros” (1). En medidos versos hace esta declaración de fe religiosa y política:

Sumiso y fiel, la religión augusta
de nuestros padres, y su culto santo,
sin ficción profesé. Que fui patrono
de la verdad y la virtud, y azote
de la mentira, del error y el vicio” (2)

En otros versos condena así a la Revolución Francesa:

Guay de ti, loca nación que al cielo
con tan horrendo escándalo afligiste, 
cuando tendiste la sangrienta mano
contra el ungido!” (3)

De Rousseau, uno de los padres de la Revolución Francesa y de su libro “El contrato social”, véase lo que dice Jovellanos, al denunciar al Rey la entrada clandestina de algunos ejemplares en el puerto de Gijón: “Me apresuro, lleno de inquietud y amargura, a elevarle a la suprema atención de Vuestra Majestad: 1º., a fin de que si fuese de su Real agrado, mande dar las más grandes y más prontas providencias para estorbar la entrada de LIBRO TAN PERNICIOSO en sus dominios. 2º., para que mande inquerir su autor e imponerle EL CONDIGNO CASTIGO” (4).

También se ha pretendido hacer pasar a Jovellanos por un simpatizante con la masonería. Incluso funcionó en Gijón una logia que se llamó “Logia Jovellanos”. Pues véase como Jovellanos califica a los masones: “Las sectas corruptoras que ya por medio de escritos impíos, ya por medio de asociaciones tenebrosas, ya, en fin, por medio de manejos, intrigas y seducciones…” (5) … “La impiedad que pretende corromperlo todo y una secta de hombres feroces y blasfemos que, buscando sus armas en la naturaleza, se levantan contra el cielo como titanes” (6).

Con relación al liberalismo imitativo y retórico que se manifestó en las Cortes de Cádiz y de su propósito de redactar e imponer a España una Constitución traducida de la francesa de 1791, escribe Jovellanos: “Es siempre la efectiva (la Constitución), la histórica, la que no nace en turbulentas asambleas, ni en un día de asonada, sino en largas edades y fue lenta y trabajosamente educando la conciencia nacional con el concurso de todos y para el bien de la comunidad. Constitución que puede mejorarse y reformarse, pero que nunca es lícito ni conveniente ni quizás posible destruir, so pena de suicidio nacional peor que la misma anarquía. ¡Qué mayor locura que hacer una Constitución como quien hace un drama o una novela!” (7)

Jovellanos sostiene la acertada tesis de que España tuvo siempre su constitución política, aunque no estuviese articulada al estilo de la francesa, sino más bien formada como la inglesa por un conjunto de tradiciones, costumbres y usos jurídicos, contenidos en toda la literatura de nuestros fueros y recopilaciones. Por ejemplo, puedo señalar aquí que el “habeas corpus” español es más antiguo que el inglés y aparece no en uno sino en varios textos forales del siglo XII. Véase como razonaba su tesis de una constitución española Jovellanos: “Yo aquí notaré que oigo hablar mucho de hacer en las mismas Cortes (se refiere a las de Cádiz) una nueva constitución y aún de ejecutarla; y en eso sí que a mi juicio habrá mucho inconveniente y peligro. ¿Por ventura no tiene España su constitución? Tiénela, sin duda; porque ¿qué otra cosa es una constitución que el conjunto de Leyes fundamentales que fijan el Derecho del Soberano y de los súbditos y los medios saludables de preservar uno y otros?. Y, ¿quién duda que España tiene esas leyes y las conoce?. ¿Hay algunas que el despotismo haya atacado y destruido?. Restablézcase. ¿Falta alguna medida saludable para asegurar la observancia de todas? Establézcase. Nuestra constitución, entonces, se hallará hecha y merecerá ser envidiada por todos los pueblos de la tierra que amen la justicia, el orden, el sosiego público y la verdadera libertad, que no puede existir sin ellos. Tal será siempre, en este punto, mi dictamen, sin que asiente jamás a otros que, so pretexto de reformas, tratan de alterar la esencia de la Constitución española” (8).

Como buen tradicionalista y sano espíritu equilibrado, Jovellanos no sólo pone sus censuras al liberalismo extranjerizado y corruptor, sino que con la misma independencia, y ecuanimidad ataca al despotismo de las tiranías y de la dictadura, ya que, además, le tocó vivir y padecer bajo la primer dictadura moderna que se ejerció en España: la de Godoy. El afán de centralizar, de reglamentar, de poner trabas a la vida que caracteriza igualmente al liberalismo de origen centralista francés que a las dictaduras modernas, fue denunciado por Jovellanos en estos párrafos: “Se dirá que todo se sufre, y es verdad; todo se sufre, pero se sufre de mala gana; todo se sufre, pero ¿quién no temerá las consecuencias de tan largo y forzado sufrimiento?. El estado de libertad es una situación de paz, de comodidad y de alegría; el de sujección lo es de agitación, de violencia y de disgusto; por consiguiente el primero es durable, el segundo expuesto a mudanzas. No basta, pues, que los pueblos estén quietos; es preciso que estén contentos y sólo en corazones insensibles o en cabezas vacías de todo principio de humanidad y aún de política, puede abrigarse la idea de aspirar a lo primero sin lo segundo” (9).

A Jovellanos le tocó vivir una época triste, de decadencia y contradicciones, de la cual salió nuestro impotente y ensangrentado siglo XIX, que perdió el Imperio y sumió a la sociedad española en una caos de banderías, odios y guerras civiles. El grosero y achulapado absolutismo de un Godoy o de un Fernando VII, por un lado, y el extranjerizado y rencoroso liberalismo de los doceañistas por otro, fueron las realidades políticas negativas entre las que transcurrieron los últimos años de Jovellanos, que perturbaron la vida española y la sacaron de su cauce tradicional, cauce que era el que Jovellanos quería como única vía natural, experimentada y segura para que por ella discurriese la vida histórica del pueblo español.

En tal postura Jovellanos resulta un auténtico tradicionalista en el sentido real de este calificativo, porque tradición no es estancamiento o quietismo, como se ha proclamado con malicia y creen muchos lerdos, sino, por el contrario, es dinamismo de vida, de vida histórica en constante evolución.

La tradición engendra un movimiento vivo y fecundo. En política significa recoger la obra del pasado, depurarla, aumentarla y entregar lo recibido y lo creado a las nuevas generaciones que adquieren, a su vez, la misma obligación. Su propia etimología –tradere, entregar– ya lo explica. En este sentido todos los pueblos cundo hacen historia son tradicionalistas. Por ejemplo, vemos a Inglaterra que recoge, cuida y perfecciona sus tradiciones jurídico-políticas, desde la Carta Magna, y alcanza su plenitud sin necesidad de copiar la Constitución francesa de 1791, como hicieron nuestros pintorescos y habladores liberales de las Cortes de Cádiz, a lo que se opuso Jovellanos. Vemos a los Estados Unidos, tan celosos de sus tradiciones políticas, que recogen las inglesas y con ellas crean la independencia y la Constitución norteamericana, la cual cuenta ya con más de 170 años, mientras que en un tiempo mucho menor que ese el liberalismo español redactó siete constituciones, todas ellas tan pomposas y detalladas como ineficaces. Vemos a la Unión Soviética, después de una total revolución ideológica y económica, recoger y exaltar muchas de las tradiciones del pueblo ruso, continuar la obra imperial iniciada por Iván el Terrible y perfeccionada por Pedro el Grande. En cambio los pueblos que renuncian y reniegan de sus tradiciones y se dedican a copiar servilmente lo que hacen otros, se traicionan a sí mismos, dejan de ser, y Dios les castiga con la impotencia y la esterilidad, como la España liberal, monárquica o republicana, constitucionalista o dictatorial de los siglos XIX y XX.

En este sentido no cabe duda que Jovellanos es un tradicionalista típico, el primero de los tradicionalistas modernos, como Vázquez de Mella, también asturiano, es, hasta ahora, el último.

Los pueblos que renuncian a esta postura de ser fieles a sí mismos, se suicidan estúpidamente, vestidos con los andrajos que les arrojan los otros pueblos a los que servilmente imitan y aceptan por patronos. Cuando un pueblo pierde su originalidad, pierde su propio “yo”, lo pierde todo. Deja de ser, o a lo más se convierte en macaco que imita los gestos de su amo. Imitar no es progresar. Es simplemente haber perdido la personalidad. García Morente aclara esto con mucha precisión: “El tradicionalismo no significa ni estancamiento ni reacción; no representa hostilidad al progreso, sino que consiste en que todo el progreso nacional haya de llevar en cada uno de sus momentos y elementos el cuño y estilo que definen la esencia de la nacionalidad”.

Unamuno afirma que sin la tradición no hay pasos adelante, sino desviaciones: “Pero mientras no nos formemos un concepto vivo, fecundo de la Tradición, será de desviación todo paso que demos hacia delante del casticismo. Tradición, de “trajere”, equivale a “entrega”, es lo que pasa de uno a otro, “trans”, un concepto hermano de “transmisión”, “traslado”, “traspaso”. Pero lo que pasa queda, porque hay algo que sirve de sustento al perpetuo flujo de las cosas”.

Ganivet concreta aún más su afirmación tradicionalista en el caso del quehacer de España: “Cuanto en España se construya con carácter nacional, debe de estar sustentado sobre los sillares de la Tradición. Eso es lo lógico y eso es lo noble…, no cabría mayor afrenta que ser traidores para con nuestros padres, y añadir a la tristeza de su vencimiento, acaso transitorio, la humillación de someternos a la influencia de las ideas de nuestros vencedores”.

Menéndez Pelayo asegura que los pueblos que no conservan sus tradiciones caen en la imbecilidad senil, que es, desgraciadamente, lo que ahora podemos ver en muchos aspectos de la sociedad occidental.

Los europeizadores –y nada digamos de los norteamericanizadores– han sido siempre funestos. En la Edad Media nos trajeron el feudalismo, en la Moderna el absolutismo, y en la contemporánea el demoliberalismo. Tres pestes que asolaron al pueblo español, desviándolo de su tradición. Con el primero retrasaron siglos la Reconquista. Con el segundo desviaron nuestra trayectoria nacional y nos arruinaron. Con el tercero nos dividieron y enfrentaron, creando un país de pandereta con guerras civiles, milicia nacional y caciques, y con la desamortización de Mendizábal impidieron una evolución social y entregaron la riqueza a unos cuantos capitalistas y muñidores electorales.

Los europeizantes han sido, pues, una rémora para la evolución del pueblo español. Esto lo reconoce D. Ramón Menéndez Pidal en uno de sus más recientes trabajos: “Seguro impulsor de la vida nacional hacia nuevas orientaciones (se refiere a Sancho el Mayor),fue a la vez audaz despreciador de tradicionales realidades; fue hablando a lo moderno, el primero de los “europeizadotes” en España; pero, por grande que fue, tuvo el defecto de la mayoría de ellos: la incomprensión de lo mucho bueno que hay en lo viejo”.

Frente a todo eso, no hay más remedios que los que nos ofrece la tradición. Por no querer admitirlos España lleva dando tumbos siglo y medio… ¡y lo que le queda todavía!.

Jovellanos, además de Derecho público y de prácticas administrativas, escribe sobre Historia, da normas sobre la manera de llevar a cabo los estudios históricos y hace una –admirable para su época– compilación de documentos medievales asturianos, sobre agricultura y reforma agraria, con atinadas y proféticas observaciones, que de haberse tenido a tiempo en cuenta hubiesen hecho una verdadera reforma económica en vez del disparate criminal de la desamortización de Mendizábal; sobre arquitectura y arte en general. Y es que Jovellanos siente, en fin, una inacabable y nobilísima curiosidad por todos los temas humanos que, como hombre, no le pueden ser ajenos. En este aspecto, el conocido verso de Terencio le es perfectamente aplicable: “Homo sunt: humani nihil a me alienum puto” (y perdone el lector este sobado latinajo, ahora que el latín anda tan de capa y casulla caída).

Toda esta polifacética personalidad explica el por qué tantos espíritus finos y curiosos se hayan sentido atraídos por ella.

El último que ahora nos manifiesta esa atracción es el autor de este libro, don Jesús Martínez Fernández, doctor en Medicina, hombre trabajador, organizado, exacto y de variadas inquietudes intelectuales.

No es la primera vez que el doctor Martínez escribe sobre Jovellanos. Anteriormente ha publicado unos interesantes trabajos titulados: “Los niños en la obra de Jovellanos”. “La lealtad de Jovellanos” y “El último viaje de Jovellanos”, que contienen estudios muy esmerados y amenos sobre las virtudes y postrimerías del patricio gijonés.

Este libro de ahora constituye un trabajo enjundioso, amorosamente elaborado, importante para la bibliografía jovellanista. Es un bien meditado análisis de la vida interior del héroe, realizado con los recursos técnicos del médico y del psicólogo, apoyado en una documentación abundante, que supone una completa y bien hecha labor erudita en torno al personaje y sus circunstancias. Es un libro que no debe faltar en ninguna biblioteca jovellanista. Y no me parece oportuno extenderme sobre él, por cuanto el lector lo tiene en sus manos y ha de leerlo y juzgarlo a continuación. Creo preferible que el lector penetre en él sin ningún previo y ajeno prejuicio crítico.

El doctor Martínez, como ya queda dicho, es médico. Ejerce la Pediatría con una vocación ejemplar y con un riguroso método científico plasmado en más de medio centenar de publicaciones especializadas, y en la aportación de invenciones personales al servicio de los procedimientos diagnósticos y terapéuticos. Pero el doctor Martínez, al encargarme este prólogo, me ha prohibido expresamente que haga elogios de él: “Mi deseo es que hable usted de Jovellanos y no de mí”, me dijo. Por eso sólo haré constar aquí que el doctor Martínez es un hombre joven, que tiene ocho hijos y espera el noveno (dato digno de hacerse notar en estos tiempos, y más aún en un Puericultor), que pudiendo desempeñar una cátedra o ejercer en una ciudad grande, prefiere vivir en su Navia natal –gusto que le alabo– pues es Navia población por muchos conceptos deliciosa, en la que la vida pasa digna y amable, rodeada del romántico y suave paisaje de su ría; que es hijo de un desaparecido médico naviego, Don Venancio Martínez, que encarnó durante cincuenta años al médico caritativo y patriarcal, conjugación perfecta de la competencia profesional y la nobleza el espíritu; y que tanto él como su esposa, pertenecen a familias muy conocidas del Occidente asturiano, familias fecundas, de gentes inteligentes y laboriosas, que se extienden por todas las ramas de las profesiones liberales, de la industria, del comercio y las artesanías de la comarca naviega.

El doctor Martínez es un médico humanista, erudito, historiador, con una extraordinaria capacidad para la observación. Gracias a él podemos conocer, científicamente reconstruida, la historia de Navia. También son muy interesantes sus estudios sobre el doctor Casal, y sobre el episodio de la Searila en el que culmina el romanticismo asturiano.

Y como el doctor Martínez no quiere que se diga más de él, pasa, lector, a conocerle más íntima y directamente, a través de las estancias de este libro, que son un poco las estancias de su sensibilidad y su pensamiento.

J. E. CASARIEGO

Casona de Barcenilla. Luarca, enero de 1966. 





(1) Memorias en defensa de la Junta Central. Apéndice. (Edit. Rivadeneira). Tº I, pág. 599.

(2) Epístola a Posidonio (Posada). (Edi. Rivadeneira, I, 23).

(3) Oda de Jovino a Poncio. (Edit. Rivadeneira, I, 23).

(4) Carta de Jovellanos al Rey, reproducida por Somoza: Amarguras de Jovellanos, pág. 313.

(5) Tratado teórico-práctico de la enseñanza. (Edit. Rivadeneira, I, 230 y sgs.).

(6) Oración inaugural del Real Instituto Asturiano. (Edit. Rivadeneira, I, 323)

(7) Diarios. Somoza: Amarguras de Jovellanos, pág. 178.

(8) Consulta en Sevilla sobre las Cortes en mayo de 1809.

(9) Memorias sobre los espectáculos. (Edit. Rivadeneira, I, 492).


Fuente: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL CERVANTES

"ANTICOMUNISMO Y RUSOFOBIA" - "RAIGAMBRE"


martes, 27 de octubre de 2015

"LOS LIBERTADORES EN SUS LABERINTOS" - "LA ABEJA"


sanEscribe: Antonio Moreno Ruiz.- Significativos son los laberintos a los que tres de los grandes próceres de la independencia de la América Hispana se vieron abocados al final de sus respectivas vidas:
El venezolano (e hijo de canario) Francisco de Miranda murió en la cárcel gaditana de La Carraca arrepentido, pidiendo ayudar a la reunión de Venezuela con su Madre Patria; luego de ser entregado y traicionado por Simón Bolívar. Así acabó el que tiene una placa por su participación en la genocida revolución francesa (1).

domingo, 25 de octubre de 2015

MIS LECTURAS: "EL TRUENO DORADO", DE RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN

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Siguiendo con las lecturas del centro de Lima, he aquí una sorprendente edición de Bruguera sobre una obra póstuma del genio gallego; tan póstuma que no tuvo tiempo de revisar, y de hecho, se nota en varios trazos de un libro que parece perderse entre la novela y el teatro, la gran pasión y el gran dolor de D. Ramón.

En clave esperpéntica, Valle nos traza la historia de la muerte desgraciada de un guardia a manos de unos impresentables y borrachos niños pijos. A partir de ahí, todo es posible. El Madrid absurdo, hambriento y brillante que le encantaba aparece con velocidad y desparpajo desarrollando una trama con todos los resortes de la tragicomedia.

Se lee rápido, si bien a veces hay que parar debido al léxico, puesto que Valle lo mismo nos sorprende con gitanismos que con palabras antiguas y cultas.

Esta obra sin duda refrenda su apuesta por el género esperpéntico y por los marcos de actuación de sus personajes.

Un descubrimiento muy interesante y fortuito, a un precio más que módico.

Y bueno, dejamos de galleguear por un rato y nos vamos con Josep Pla. Con todo, esta obra nos sirve para asegurarnos de que, después de Quevedo, Valle-Inclán. ¡Siempre deseando leer obras de D. Ramón!




"SEMBLANZA DE VALLE-INCLÁN" - "RAIGAMBRE"




sábado, 24 de octubre de 2015

MIS LECTURAS: "LAS CRÓNICAS DEL SOCHANTRE", DE ÁLVARO CUNQUEIRO.

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-Y seguimos con las lecturas de las librerías de viejo del Jirón Quilca, en pleno centro de Lima. Volvemos a un clásico de las ediciones Salvat, con una polvareda que es mortal para los alérgicos irredentos como yo, pero nada que no solucione un spray antiácaros. Con todo, no sólo de polvo vive el hombre, sino también del magnífico y entrañable olor a tinta que ya nos parece extinguido.

Si bien no hace mucho hablábamos de Cunqueiro (1) y de las posibilidades que nos traerían sus lecturas, ahora claramente nos definimos, puesto que estamos ante el precursor, o mejor dicho, el líder, del realismo mágico. Sí, definitivamente. Lo que bien hicieron Gabriel García Márquez, Arturo Uslar Pietri o Miguel Ángel Asturias no fue sino hispanoamericanizar lo que inventaron los gallegos; tanto Cunqueiro como Valle-Inclán, entre el realismo y el esperpento. Y para más inri, García Márquez tenía antepasados gallegos, y pudo hablar largo y tendido de eso con Cunqueiro una vez que se encontraron en Barcelona. Así que todo queda en casa.

Así, Las crónicas del sochantre (pasadas del gallego al castellano por el propio Cunqueiro) relatan las curiosas aventuras de un sochantre bretón que es secuestrado y paseado por una banda de almas en pena. Lo más gracioso es que por aquel entonces Cunqueiro no había estado en Bretaña; así que las descripciones, o bien están basadas en libros y mapas, o bien son cosas de Galicia que él imagina en Bretaña, y que muy curiosamente, a pesar de no ser en absoluto "celtista", relaciona sin embargo tierras en base a elementos míticos y costumbristas que tienen cierta relación entre esa influencia "celta".

Es un libro delicioso, muy rico desde un punto de vista narrativo y descriptivo; humorístico, irreverente, socarrón, imaginativo, atrevido. Y a veces hasta lírico. Como mandan los cánones gallegos; en un constante pulimiento.

Ya estoy deseando retomar a Cunqueiro, porque esta novela se me ha hecho hasta corta. Ahora sigo con Valle-Inclán, y me espera Pla. ¡Qué grandes escritores! Y qué pena que haya bajado tanto el nivel. Ojalá ellos inspiren a los futuros, entre los que quiero encontrarme.







(1) Véase: mis lecturas: álvaro cunqueiro - antonio moreno ruiz

jueves, 22 de octubre de 2015

LA BARBARIE DEL ESPECIALISMO




"La tesis era que la civilización del siglo XIX ha producido automáticamente el hombre-masa. Conviene no cerrar su exposición general sin analizar, en un caso particular, la mecánica de esa producción. De esta suerte, al concretarse, la tesis gana en fuerza persuasiva.

Esta civilización del siglo XIX, decía yo, puede resumirse en dos grandes dimensiones: democracia liberal y técnica. Tomemos ahora sólo la última. La técnica contemporánea nace de la copulación entre el capitalismo y la ciencia experimental. No toda técnica es científica. El que fabricó las hachas de sílex, en el período chelense, carecía de ciencia y, sin embargo, creó una técnica. La China Llegó a un alto grado de tecnicismo sin sospechar lo más mínimo la existencia de la física. Sólo la técnica moderna de Europa tiene una raíz científica, y de esa raíz le viene su carácter específico, la posibilidad de un ilimitado progreso. Las demás técnicas -mesopotámica, nilota, grieta, romana, oriental- se estiran hasta un punto de desarrollo que no pueden sobrepasar, y apenas lo tocan comienzan a retroceder en lamentable involución.

Esta maravillosa técnica occidental ha hecho posible la maravillosa proliferación de la casta europea. Recuérdese el dato de que tomó su vuelo este ensayo y que, como dije, encierra germinalmente todas estas meditaciones. Del siglo v a 1800, Europa no consigue tener una población mayor de 180 millones. De 1800 a 1914 asciende a más de 460 millones. El brinco es único en la historia humana. No cabe dudar de que la técnica -junto con la democracia liberal- ha engendrado al hombre-masa en el sentido cuantitativo de esta expresión. Pero estas páginas han intentado mostrar que también es responsable de la existencia del hombre-masa en el sentido cualitativo y peyorativo del término.

Por «masa» -prevenía yo al principio- no se entiende especialmente al obrero; no designa aquí una clase social, sino una clase o modo de ser hombre que se da hoy en todas las clases sociales, que por lo mismo representa a nuestro tiempo, sobre el cual predomina e impera. Ahora vamos a ver esto con sobrada evidencia.

¿Quién ejerce hoy el poder social? ¿quién impone la estructura de su espíritu en la época? Sin duda, la burguesía.

¿Quién, dentro de esa burguesía, es considerado como el grupo superior, como la aristocracia del presente? Sin duda, el técnico: ingeniero, médico, financiero, profesor, etcétera, etc. ¿Quién, dentro del grupo técnico, lo representa con mayor altitud y pureza? Sin duda, el hombre de ciencia. Si un personaje astral visitase a Europa, y con ánimo de juzgarla, le preguntase por qué tipo de hombre, entre los que la habitan, prefería ser juzgada, no hay duda de que Europa señalaría, complacida y segura de una sentencia favorable, a sus hombres de ciencia. Claro que el personaje astral no preguntaría por individuos excepcionales, sino que buscaría la regla, el tipo genérico «hombre ciencia», cima de la humanidad europea.

Pues bien: resulta que el hombre de ciencia actual es el prototipo del hombre-masa. Y no por casualidad, ni por defecto unipersonal de cada hombre de ciencia, sino porque la ciencia misma -raíz de la civilización- lo convierte automáticamente en hombre-masa; es decir, hace de él un primitivo, un bárbaro moderno.

La cosa es harto sabida: innumerables veces se ha hecho constar; pero sólo articulada en el organismo de este ensayo adquiere la plenitud de su sentido y la evidencia de su gravedad.

La ciencia experimental se inicia al finalizar el siglo XVI (Galileo), logra constituirse a fines del siglo XVII (Newton) y empieza a desarrollarse a mediados del XVIII. El desarrollo de algo es cosa distinta de su constitución y está sometido a condiciones diferentes. Así, la constitución de la física, nombre colectivo de la ciencia experimental, obligó a un esfuerzo de unificación. Tal fue la obra de Newton y demás hombres de su tiempo. Pero el desarrollo de la física inició una faena de carácter opuesto a la unificación. Para progresar, la ciencia necesitaba que los hombres de ciencia se especializasen. Los hombres de ciencia, no ella misma. La ciencia no es especialista. Ipso facto dejaría de ser verdadera. Ni siquiera la ciencia empírica, tomada en su integridad, es verdadera si se la separa de la matemática, de la lógica, de la filosofía. Pero el trabajo en ella sí tiene -irremisiblemente- que ser especializado.

Sería de gran interés, y mayor utilidad que la aparente a primera vista, hacer una historia de las ciencias físicas y biológicas mostrando el proceso de creciente especialización en la labor de los investigadores. Ella haría ver cómo, generación tras generación, el hombre de ciencia ha ido constriñéndose, recluyéndose, en un campo de ocupación intelectual cada vez más estrecho. Pero no es esto lo importante que esa historia nos enseñaría, sino más bien lo inverso: cómo en cada generación el científico, por tener que reducir su órbita de trabajo, iba progresivamente perdiendo contacto con las demás partes de la ciencia, con una interpretación integral del universo, que es lo único merecedor de los nombres de ciencia, cultura, civilización europea.

La especialización comienza precisamente en un tiempo que llama hombre civilizado al hombre «enciclopédico». El siglo XIX inicia sus destinos bajo la dirección de criaturas que viven enciclopédicamente, aunque su producción tenga ya un carácter de especialismo. En la generación subsiguiente, la ecuación se ha desplazado, y la especialidad empieza a desalojar dentro de cada hombre de ciencia a la cultura integral. Cuando en 1890 una tercera generación toma el mando intelectual de Europa, nos encontramos con un tipo de científico sin ejemplo en la historia. Es un hombre que, de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia sólo conoce bien la pequeña porción en que él es active investigador. Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva, y llama dilettantismo a la curiosidad por el conjunto del saber.

El caso es que, recluido en la estrechez de su campo visual, consigue, en efecto, descubrir nuevos hechos y hacer avanzar su ciencia, que él apenas conoce, y con ella la enciclopedia del pensamiento, que concienzudamente desconoce. ¿Cómo ha sido y es posible cosa semejante? Porque conviene recalcar la extravagancia de este hecho innegable: la ciencia experimental ha progresado en buena parte merced al trabajo de hombres fabulosamente mediocres, y aun menos que mediocres. Es decir, que la ciencia moderna, raíz, y símbolo de la civilización actual, da acogida dentro de sí al hombre intelectualmente medio y le permite operar con buen éxito. La razón de ello está en lo que es, a la par, ventaja mayor y peligro máximo de la ciencia nueva y de toda civilización que ésta dirige y representa: la mecanización. Una buena parte de las cosas que hay que hacer en física o en biología es faena mecánica de pensamiento que puede ser ejecutada por cualquiera, o poco menos. Para los efectos de innumerables investigaciones es posible dividir la ciencia en pequeños segmentos, encerrarse en uno y desentenderse de los demás. La firmeza y exactitud de los métodos permiten esta transitoria y práctica desarticulación del saber. Se trabaja con uno de esos métodos como con una máquina, y ni siquiera es forzoso, para obtener abundantes resultados, poseer ideas rigorosas sobre el sentido y fundamento de ellos. Así, la mayor parte de los científicos empujan el progreso general de la ciencia encerrados en la celdilla de su laboratorio, como la abeja en la de su panal o como el pachón de asador en su cajón.

Pero esto crea una casta de hombres sobremanera extraños. El investigador que ha descubierto un nuevo hecho de ]a naturaleza tiene por fuerza que sentir una impresión de dominio y seguridad en su persona. Con cierta aparente justicia, se considerará como «un hombre que sabe». Y, en efecto, en él se da un pedazo de algo que junto con otros pedazos no existentes en él constituyen verdaderamente el saber. Esta es la situación íntima del especialista, que en los primeros años de este siglo ha llegado a su más frenética exageración. El especialista «sabe» muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto.

He aquí un precioso ejemplar de este extraño hombre nuevo que he intentado, por una y otra de sus vertientes y haces, definir. He dicho que era una configuración humana sin par en toda la historia. El especialista nos sirve para concretar enérgicamente la especie y hacernos ver todo el radicalismo de su novedad. Porque antes los hombres podían dividirse, sencillamente, en sabios e ignorantes, en más o menos sabios y más o menos ignorantes. Pero el especialista no puede ser subsumido bajo ninguna de esas dos categorías. No es sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco es un ignorante, porque es «un hombre de ciencia» y conoce muy bien su porciúncula de universo. Habremos de decir que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio.

Y, en efecto, este es el comportamiento del especialista. En política, en arte, en los usos sociales, en las otras ciencias tomará posiciones de primitivo, de ignorantísimo; pero las tomará con energía y suficiencia, sin admitir -y esto es lo paradójico- especialistas de esas cosas. Al especializarlo, la civilización le ha hecho hermético y satisfecho dentro de su limitación; pero esta misma sensación íntima de dominio y valía le llevará a querer predominar fuera de su especialidad. De donde resulta que aun en este caso, que representa un máximum de hombre cualificado -especialismo- y, por lo tanto, lo más opuesto al hombre-masa, el resultado es que se comportará sin cualificación y como hombre-masa en casi todas las esferas de vida.

La advertencia no es vaga. Quienquiera puede observar la estupidez con que piensan, juzgan y actúan hoy política, en arte, en religión y en los problemas generales de la vida y el mundo los «hombres de ciencia», y claro es tras ellos, médicos, ingenieros, financieros, profesores, et cétera. Esa condición de «no escuchar», de no someterse a instancias superiores que reiteradamente he presentado como característica del hombre-masa, llega al colmo precisamente en estos hombres parcialmente cualificados Ellos simbolizan, y en gran parte constituyen, el imperio actual de las masas, y su barbarie es la causa inmediata de la desmoralización europea.

Por otra parte, significan el más claro y preciso ejemplo de cómo la civilización del último siglo, abandonada a su propia inclinación, ha producido este rebrote de primitivismo y barbarie.

El resultado más inmediato de este especialismo no compensado ha sido que hoy, cuando hay mayor número de «hombres de ciencia» que nunca, haya muchos menos hombres «cultos» que, por ejemplo, hacia 1750. Y lo peor es que con esos pachones del asador científico ni siquiera está asegurado el progreso intimo de la ciencia. Porque ésta necesita de tiempo en tiempo, como orgánica regulación de su propio incremento, una labor de reconstitución, y, como he dicho, esto requiere un esfuerzo de unificación, cada vez más difícil, que cada vez complica regiones mas vastas del saber total. Newton pudo crear su sistema físico sin saber mucha filosofía, pero Einstein ha necesitado saturarse de Kant y de Mach para poder llegar a su aguda síntesis. Kant y Mach -con estos nombres se simboliza sólo la masa enorme de pensamientos filosóficos y psicológicos que han influido en Einstein- han servido para liberar la mente de éste y dejarle la vía franca hacia su innovación. Pero Einstein no es suficiente. La física entra en la crisis más honda de su historia, y sólo podrá salvarla una nueva enciclopedia más sistemática que la primera.

El especialismo, pues, que ha hecho posible el progreso de la ciencia experimental durante un siglo, se aproxima a una etapa en que no podrá avanzar por sí mismo si no se encarga una generación mejor de construirle un nuevo asador más provechoso.

Pero si el especialista desconoce la fisiología interna de la ciencia que cultiva, mucho más radicalmente ignora las condiciones históricas de su perduración, es decir, cómo tienen que estar organizados la sociedad y el corazón del hombre para que pueda seguir habiendo investigadores. El descenso de vocaciones científicas que en estos años se observa -y a que ya aludí- es un síntoma preocupador para todo el que tenga una idea clara de lo que es civilización, la idea que suele faltar al típico «hombre de ciencia», cima de nuestra actual civilización. También él cree que la civilización está ahí, simplemente, como la corteza terrestre y la selva primigenia."


José Ortega y GassetLa rebelión de las masas.

martes, 20 de octubre de 2015

PODER ROMANO

Imagen de es.wikipedia.org
"Y por ello, con razón, hace tiempo que la áurea Roma, cabeza de las gentes, te deseó y, aunque el mismo Poder Romano, primero vencedor, te haya poseído, sin embargo, al fin, la floreciente nación de los Godos [...] con empeño te conquistó y te amó y hasta ahora te goza...".
San Isidoro de Sevilla. De laude Spaniae

miércoles, 14 de octubre de 2015

MIS LECTURAS: "UNA CIUDAD EN LA ESPAÑA CRISTIANA HACE MIL AÑOS", DE CLAUDIO SÁNCHEZ-ALBORNOZ

Imagen de www.ucm.es


-Volvemos a las lecturas de los libros adquiridos en las librerías de viejo del Jirón Quilca, en pleno centro de Lima. Tras unos días sin internet (Gracias Timofónica...), por fin puedo expresar mi resumen literario. Como digo, allí en el Jirón Quilca se encuentra cada cosa... Y tirado de precio me encontré esta joya de Sánchez Albornoz, (1) un historiador al que he redescubierto gracias, entre otros, a mi amigo y maestro Daniel Gómez Aragonés(2), quien no en vano sigue su senda.

Este libro trata, en forma novelada, de León, nudo y nervio de España, alma mater del hispanicum imperium. Como siempre, un acopio de datos la mar de interesante. El defecto que le veo es la "forma literaria", puesto que no veo que consiga ser una "novela histórica", quiero decir, que se confunde mucho entre manual y novela, por así decirlo; y aparte, será cosa de la edición de Rialp, pero las notas a pie de página se amontonan y despistan en cada página. Se hace un poco farragoso de leer, sobre todo si uno va con la mentalidad de leer una "novela". De todas formas, desbrozando estas cuestiones, se ve el monumental de trabajo de D. Claudio: Una vida para una obra. Una cátedra que en Argentina ha establecido un estilo y unos equipos de trabajo de los cuales ha salido otro amigo y maestro: G. Martín (3). El cuidado de cada término, de cada descripción, de cada documento, de cada habitante; la influencia romana; la herencia del periodo visigodo; la perspectiva mozárabe; las diferencias en los tiempos de guerra y paz; la naturaleza, las construcciones, las embajadas... Pareciendo que mil años no es nada. Y es tanto antes como después de esta época cuando explicamos lo que somos y lo que podríamos llegar a ser...

Como siempre, es imprescindible leer a D. Claudio, y más cuando la lobotomía hispanófoba parece avanzar a pasos agigantados, y más por Ex-paña...

Empero, cambiamos de tercio y nos vamos hacia Álvaro Cunqueiro. Ya contaremos.



(1) Sobre Claudio Sánchez Albornoz:

ANTONIO MORENO RUIZ: MIS LECTURAS: "ORÍGENES ...







(2) Sobre Daniel Gómez Aragonés:

entrevista al historiador daniel gómez aragonés - raigambre




leyendo entre el 2014 y el 2015 - antonio moreno ruiz




(3) Véase:

IMPERIO BIZANTINO - WordPress.com

domingo, 11 de octubre de 2015

"IN PISCO VERITAS EST" - "LA ABEJA"

Cabecera de ida y vuelta
pis
Escribe: Antonio Moreno Ruiz.- No hace muchos días que nuestro director Luciano Revoredo tuvo a bien obsequiarme con su libro “El pisco, una declaración de amor al Perú”. Como apasionado de la intrahistoria y de lo criollo, he tenido ante mí una oportunidad inmejorable de nutrirme de este caldo que conforma toda una cultura en el Perú: De la tradición vinícola del Mediterráneo a las bravías arenas del Pacífico se gestó (por esas “casualidades" que Dios aúpa como Señor de la Historia) algo que ya no era ni ibérico ni indio. Muy pronto el Perú virreinal destacó en todos los aspectos de la cultura y fue un referente imitado en Europa.