martes, 12 de abril de 2016

RIP RAMÓN MORENO BECERRIL



-Tito, qué difícil es escribir en estas circunstancias... ¿Por qué te has ido, hombre? Chiquillo, ¿pero tú sabes las ganas que yo tenía de verte? Por las circunstancias no he podido ir en enero, cuando lo tenía todo a punto. Y resulta que te me vas...

Casi ni he podido hablar en toda la semana. No me salían las palabras. Y todavía creo que no me salen por derecho, por más esfuerzos que haga.

Decía mi abuelo Morante que bienvenida sea la desgracia si viene sola. Cuando uno es chico, no entiende muy bien ese dicho. Ahora, cuando los años van pasando, sí que se entiende. Demasiado bien se entiende. No hace poco que murió mi admirado amigo y maestro José Antonio Pancorvo, y ahora...

Te nos has ido en la madrugada del 5 de abril del Año de Nuestro Señor de 2016, no mucho después de cumplir los 80 años, en la placidez del sueño de los justos. Y bien que te has merecido eso, porque ya que tenemos que irnos de este mundo, por lo menos podemos irnos tranquilamente, y más tú, porque por y para algo tanto laboraste en vida.

Tito, probablemente habrá quien no me entienda cuando yo digo que me entristezco más de la cuenta cuando se va alguien de tu generación. Pero es que fue tu generación la que levantó el país. Erais gente de otra pasta: Más humildes. Más sufridos. Más bravos. Más recios. Más coherentes. Tú mismo (y algunos primos tuyos así me lo han corroborado) me contabas cómo, estando interno en Utrera, tenías que ir a casa de la bisabuela por algo de comida. Las pasasteis canutas. Y sin embargo, salisteis adelante y, con vuestro esfuerzo y tesón, transformasteis el país. Y fueron las generaciones siguientes la que deshicieron lo que tanto trabajo costó. De mi generación y eso pues... Mejor ni hablemos, porque valiente forrajera. ¡Qué vergüenza! Y vaya panorama que nos espera...

Y tú, que fuiste a la mili negándote a ninguna recomendación siquiera, a pesar de que abuelo había sido guardia civil y tenía sus contactos. Y nada, por sorteo, te plantaste en caballería en Écija. Por eso, entre otras muchísimas cosas, no me canso de pensar y de decir que tu muerte no significa la muerte de una persona, sino de un arquetipo, de una raza. Hace poco se nos iba Juan. Se nos ha ido Carpo. Y tantos otros. No todos eran exactamente de tu edad. Pero sí que compartían contigo esa superioridad de ser que defiendo. Y es que me dice un amigo gallego que comparte conmigo la aventura de la emigración en Perú que menos mal que en España quedan viejos. ¡Cuánta sabiduría contiene ese aserto! Porque al final, si la vida es sueño como decía Calderón de la Barca, ese sueño se traduce en luchar por ser o no ser, como decía Shakespeare. Y tú fuiste. Muchas veces contra viento y marea. Pero fuiste. No hay mayor triunfo en esta vida que ser.

Me hace gracia cuando dicen que nosotros somos la generación más preparada de la Historia. ¿Preparación de qué? Titulitos todos los que se quieran, pero ¿preparación? ¡Si tú sabías más latín, geografía y matemáticas que los pintamonas y pelagatos varios que pululan a diestro y siniestro!

Preparación dicen...

Yo siempre lo digo: La generación de mi tío Ramón. El resto, pamplinas.

De hecho, tú supiste ver lo que se nos venía encima hace mucho tiempo.

No obstante, con la noticia de tu fallecimiento, te digo que me pongo mucho más triste que en otras ocasiones. Pero mucho más. Y por más palabras que escarbe, al final no querrán decir nada en comparación con lo que verdaderamente siento. Y encima, en una semana en la que se me ha acumulado el trabajo; en una semana en la que no me he dado tiempo ni a sentarme a pensar en lo que ha pasado.

Tu figura siempre me inspiró veneración y reverencia. No pude conocer a abuelo José María. Por ello, acaso busqué en ti intuitivamente aquello que me faltaba por ese lado. Recuerdo que en el entierro de mi tía Rosa, estando con mi tío Pepe (el de Segunda), cuando te vio, me dijo:

-Míralo, igualito a tu abuelo.

Y sí, siempre fuiste su vivo rostro.

Con todo, desde que el 14 de julio de 1990 falleció tito Felipe (y no pasa un día sin que me acuerde de él), siempre he tenido un trauma con la muerte. Tú sabes que yo hacía mucho con él y él conmigo. Tú sabes que mi padre siempre tuvo una relación muy especial con él. Pero entre una cosa y otra, entre la familia paterna y la materna, tres tíos y dos tías han fallecido antes de cumplir los setenta años. Como mínimo es para andar con la mosca detrás de la oreja. Es mucha tela.

Yo, como sabes, me crié con mi abuelo Morante, y él me enseñó que la familia es lo primero, que no hay nada más importante. El gusto por la genealogía sin duda puedo decir que lo he heredado de él. Y lo comparto, sin embargo, con el primo Gonzalo, con quien fui hasta Coripe para investigar nuestra rama Ordóñez Rivera y más allá. Una vez llevamos a mi padre y cuando vio aquella serranía, con aquella carreterilla que de vez en cuando parecía crujir como un canasto de mimbre, dijo que "ahora comprendo yo por qué mi abuela se fue de aquí huyendo". Esas expresiones Moreno Becerril... Pero bien que le gustó la morcilla de allí. Y chicos bocadillos que me hacía yo para el trabajo.

En verdad, he tenido mucha suerte con la familia. He tenido unos tíos que me han enseñado, querido y mimado mucho. Y tengo unos primos que son exagerados. Categoría. Canela en rama. No sé si me merezco la familia que tengo. Pero sí sé que no voy a estar nunca a vuestra altura. Habéis puesto el listón demasiado alto. Y ahora, me quedo sin tíos varones. Y pasa esto estando en la otra punta del mundo. La sensación de soledad, angustia y desazón que entra yo no se la deseo a nadie. De verdad que no. Porque aunque uno no puede hacer nada, al menos si se está allí, con la familia, se siente el calor de la despedida. Lo he dicho ya otras veces, pero es que es verdad.

Mi padre, esto es, tu hermano pequeño, siempre ha dicho que tú eres de otra manera. Punto y aparte. Y no le falta razón. En estos días en los que no he podido ni conectarme al skype porque no he parado, mi padre me decía por whatsapp que si algo te ha caracterizado en vida, ha sido la dignidad. ¡Cuánto de cierto hay en eso! Y yo añadiría que también la nobleza:





Nobleza de alma, de carácter, de educación, de entendimiento.

Nobleza de una personalidad generosa, desbordante.

Nobleza de quien nunca supo ni quiso ser falso.

Nobleza de una vehemencia rauda, nunca antipática.

La nobleza que da el trabajo de la ruda tierra que nos calienta con el sol abrasador y nos baña con la lluvia cuyo aroma siempre acaba inspirando.

La nobleza de una sonrisa franca, limpia y poderosa.

La nobleza y la valentía del fandango que retumba en el cazador silencio del campo.

La nobleza de estilo que el galgo desarrolla con su musculosa rapidez corriendo tras la liebre, parando la historia entre los terrones.

La misma nobleza que los podencos campaneros que siempre parecen bellas y antiguas estampas.

La nobleza de los pájaros que cantan al alimón del cielo, despreocupados del mundo y sus problemas.

La nobleza del entorno que rodeaba. Porque con razón tus hijos también te han salido tan nobles.

Cuántos recuerdos tito. O mejor dicho: Cuántos buenos recuerdos. Cuando te veía desde lejos en el tractor... ¡Qué estampa tan firme, tan serena, tan evocadora! Qué conversaciones nos marcamos de política, fútbol, geografía, historia... O de eso que llaman "cultura general". Sobre todo a partir que redescubrí a mi familia de Umbrete por mor de estudiar en el colegio Marcelo Spínola, el "palacio", como le dicen en tu pueblo adoptivo. Aunque no sé si esta expresión de "pueblo adoptivo" te hubiera gustado del todo, porque no en vano tú siempre te destacaste como bollullero irredento, a pesar de mis continuas e irritantes bromas. "La flor y nata del Aljarafe" decías que era nuestro pueblo. Y se te iluminaba la cara cuando hablábamos de la Soledad. O cuando me recordabas con ahínco que fuiste uno de los fundadores del Club Deportivo San Martín, y que escogisteis los colores del Bilbao porque en aquel entonces era un equipo arquetípico para toda España. Y qué decir de tu acendrado sevillismo, santo y seña de nuestra casta... Todavía hay quien me recuerda en el pueblo lo buen deportista que eras. Una constitución física que han heredado no pocos primos.

Empero, si de seleccionar se trata, tengo un recuerdo muy, muy especial, y fue aquellas "ordeñás" que echamos en Césped. ¡Los bocadillos que nos comíamos a medias el primo Ramón y yo! Y el último día de aceitunas de aquel año, sabiendo que yo me iba de viaje a Roma, en vez de darme el jornal que me correspondía, muy en contra de mi voluntad me soltaste más billetes de la cuenta. Nada tenías tuyo. Todo lo dabas. Y en eso entra otro gran recuerdo, una vez que me dijiste, cuando yo estudiaba en el "palacio":

-Tú eres mi sobrino, es decir, que eres casi mi hijo.

Casi nada... No sabes cómo lleva retumbando eso en mis oídos, en mi cabeza y en mi corazón desde hace años...

Pero hombre tito, ¿qué voy a hacer yo sin ti? ¿Qué vamos a hacer sin ti?

Decían algunos barrocos que vivir es muriendo. No en vano Francisco de Quevedo tiene un soneto que me llega al alma, ese que termina:

"...vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos,
que no fuese recuerdo de la muerte".

Los recuerdos no mueren. Pero un poco de uno mismo sí que se muere. Por ejemplo: Resulta que esta Semana Santa me la pasé en cama, con gripe. Yo como siempre con el don de la oportunidad... Y echaron la película "El abuelo" de José Luis Garci, que es muy fiel a la homónima novela de Benito Pérez Galdós. Estoy en desacuerdo con muchas cosas que exponía el escritor canario, pero si hay algo que me llama la atención concretamente de ese libro es el lapidario retrato, a través de un determinado personaje, de un mundo que se acaba. En eso coincide con literatos que también formaron parte de nuestra Edad de Plata, como José María de Pereda o Ramón del Valle-Inclán. Ellos también retrataron con premura esos arquetipos de un mundo que se acababa. Yo siento precisamente eso: Que al acabarse mi gente, se acaba mi mundo, y una parte de mí se muere. El desgarrador y abismal vacío que se ceba en el interior se queda para uno.

Me contó el primo Pedro (qué jodido es estar lejos del primo en estos momentos...) que cuando te enteraste que emigraba a Lima, exclamaste "¿pero qué va a hacer ese chiquillo en Perú?" Pues eso digo yo tito. Porque el problema es que nosotros no estamos a gusto en ningún sitio, y parece que no nos gusta nada o que nos hartamos de todo o qué se yo. Algo así decía tito José María. Siempre salimos con el gesto torcido hasta en las fotos. Y eso por lo que veo se reproduce generación tras generación. Como lo de hablar a voces. Aunque estemos de acuerdo, nosotros tenemos que hablar a gritos. "El tonito", como le decía el primo Gonzalo a tito José María. Si no, no nos sentimos a gusto. Es como si no hubiéramos hablado en condiciones. Y hasta para cantar. Como decía tito Manolo, no es que cantaras malamente, es que eras bronco de voz... A ti sí que te escuché cantar, pero a tito Manolo no fue posible. Yo me retiré del mundo del cante cuando empezó a cambiarme la voz, que parecía un pollo tomatero... No obstante, desde que dejé de fumar, parece que mi voz no es tan estridente. No sé si los primos te pasaron mi última incursión en el mundo de la copla. Fue intentando cantar algo de Antonio Molina. Ojú... ¡Dios guarde! En verdad, no dejo de acordarme de tu predilección por Antonio Mairena, el que tú considerabas el más grande de los cantaores. Por ello en aquella conversación en casa de tito Manolo, éste te llamó "el patriarca", algo que me hizo mucha gracia y que también le adjudiqué al primo José María, para su asombro. Ya estaba tito Manolo enfermo, antes del calvario que pasó en el hospital. Y cuando te fuiste aquel día, exclamó:

-¡Qué bueno es mi hermano Ramón!

A la vejez me está dando por escribir mucho. En cuestiones de oficio, es lo que más ilusión me hace. La literatura y la enseñanza son mis grandes vocaciones. Y nada de eso da dinero. Así que fíjate qué bonito plan... Nada más hago darle vueltas al coco para no llegar nunca a una conclusión clara. Y ahora con una hija en camino. Y menos mal que tengo a mi mujer, porque si no...

¡Ah! Y como te dije cuando te llamé para tu último cumpleaños, a la vejez me está dando por pelear y por comer. No sé si más por una cosa que por otra. Pero me estoy poniendo barrigón tela. El primo Pedro y yo parece que nos estamos picando en esto de los kilos. Y pelear, peleo muchísimo. Por todo. Nunca estoy conforme con nada.

A la vejez, los antitaurinos han hecho que hasta me gusten los toros. Como siga así esto del animalismo, me voy hasta a levantar temprano para ir a pescar. ¡Qué gente más pesada! ¿Y qué tienen que ver estos con la naturaleza? Yo es que me acuerdo de ti y de tito Manolo, que tanto vivíais el campo, y los comparo con estos... Y eso: ¿Pero qué tienen que ver? ¿Qué saben ellos? ¡Si no saben ni...!

Pues eso... Que estoy teniendo una vejez muy mala...

Bien que me apoyaste, al igual que tito Manolo, en esto de las lides literarias. Recuerdo cuando presenté mi poemario En voz alta, que después estuvimos comiendo en el bar de Paco Santos. Pensé en ese momento en que tanto tito Manolo como mis abuelos se fueron de este mundo sin que tuviera una foto con ellos. Tú sabes, antes no había tantos móviles ni tantas cámaras, y nosotros no somos muy de echar cuenta en esas cosas. Y luego, cuando volví como hijo pródigo entre finales del 2014 y principios del 2015, nos echamos otra foto, esta vez en tu casa. Querría haber vuelto en enero del 2016, pero todos los planes que tenía me salieron mal. Un mazazo laboral al final me dejó sin vacaciones pagadas ni paga extra, y por tanto, sin el viaje que tan ansiado tenía antes de que naciera mi niña. Y al final no pude verte. Pero bueno: Cúmplase la voluntad de Dios. Él sabe por qué pasan las cosas. A mí me da la sensación de que cada vez sé menos. Nunca acaba de entender uno a la vida. Nosotros somos muy de planificarlo todo, y al final parece ser que es uno el que se tiene que adaptar y sobrevivir a la corriente. Valiente percal...

Con todo, también me ha dado mucho por la música. El flamenco resulta que me tiene siempre pendiente. Con el primo Gonzalo, me he hecho un flamencólogo y un folclorista de postín (jejeje... seguro...). Y ahí andamos derribando mitos sobre nuestra música y nuestra cultura. Y me acuerdo aquella anécdota que me contaste, cuando fuiste con abuelo José María a Cádiz, y había uno cantando por soleá. Si es que me tengo que acordar de ti a la fuerza hombre... Son tantas cosas...

Como te digo, este mundo que se acaba... Pues no sé si vendrá una especie de "nueva Edad Media", y lo digo sin leyendas negras antimedievales. Pero así no vamos a ningún lado, y al igual que se acabaron otros periodos históricos, toda la avalancha que nos entró con las revoluciones se irá a tomar por donde amargan los pepinos. Tiene que reventar por algún lado. Pienso mucho en la época que le tocó vivir a San Agustín de Hipona, porque si bien la historia nunca se repite (por más que digan algunos sabihondos), sí que hay paralelismos; y el estado cultural y espiritual de la Roma de los siglos IV/V d.C. se parece bastante al nuestro. No es fácil ser coherentes con nuestra católica fe. En verdad nunca lo ha sido, pero hay tiempos en los que parece todavía más difícil. Gracias a Dios que tiene uno referentes. Por ejemplo tú. Un referente de fe, esperanza y caridad. Un referente de virtudes y valores con aroma de eternidad.

De ti sólo me quedan cosas buenas. El único disgusto que me has dado es haberte ido sin poder haberte visto recientemente. Esto es lo peor de estar fuera tito, con mucha diferencia. No eres el primer familiar que se me va estando tan lejísimos. Pero no por ello deja de ser menos jodido el tema, al contrario. Tú has sido muy especial. Y por eso mismo, si bien tu presencia física se va, nunca se irá tu impronta entre nosotros, porque desde la eternidad nos darás fuerzas para seguir adelante, afirmando la verdad esperanzadora de la resurrección. En cada alma, en cada corazón, en cada pensamiento nuestro, estarás presente. Es la paradoja: Te vamos a echar mucho de menos pero nunca vas a dejar de estar con nosotros. Y por supuesto, nunca vamos a dejar de quererte. Como tampoco deja de quererte el amigo José Manuel Hinojosa, el que fue con tito Felipe pionero del goteo, y que tanto nos quiere a los Moreno, siempre presente en los momentos más importantes.

Gracias por todo lo que me enseñaste. Gracias por todo lo que me quisiste. Gracias por todo lo que me aguantaste. Gracias por ser como fuiste. Gracias tito, gracias, muchas gracias.

Estar a la altura de tu memoria y mimar muy especialmente a tita Rosarito (¡qué ejemplo de matrimonio, de vida!) es nuestro cometido. Dejas a una gran familia que te adora.





Hasta siempre, tito Ramón. Porque siempre es una palabra que tiene sentido contigo. ¡Siempre!





Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescat in pace.
Amen.