viernes, 18 de noviembre de 2016

FRÍO DE NOVIEMBRE



Aun estando lejos del terruño que me vio nacer y crecer, puedo sentir el clima de allá por mor de un reloj biológico que nunca se apaga en mi mente ni en mi alma. Dicen que la primavera la sangre altera. Y en Lima, sin sentir primavera física, sin embargo, sí que la siento psíquica, y me acuerdo de los puestecillos de incienso y etc. de las calles Tetuán y Jovellanos, y pienso en la calle Larga el Jueves Santo y en la plaza el Viernes Santo; y todo en mí se revuelve buscando un cielo celeste que se proyecta sobre un azahar desparramado como en algodones dulces, quebrándose la noche al alimón de las más sentidas saetas. Si eso pasa en primavera, tres cuartos de lo mismo puedo decir de otoño. No siento otoño en Lima, pero sí lo siento a través de los enigmas de la nostalgia de esta distancia que me tiene en el mar del otro lado. Otoño para mí es el aroma de las castañas asadas, los días contradictorios de calor, fresco y lluvia, el fin del verdeo, la espera del invierno, el amasijo de los recuerdos. Todo el ciclo de la cosecha de la vida se remata con Cuatrovitas, cetro de nuestro imperio y centro de nuestro universo. Se masca el frío. Y si siempre me ha parecido un frío entrañable, desde aquel fatídico 2010 se me viene un frío aterrador de despedida, un frío que echa abajo la sangre. El día 12, cumpleaños de mi madre, falleció mi tía Rosa. Digo yo que si mi madre se va a olvidar de la fecha: El día de su cumpleaños y el día de la muerte de su hermana mayor. Casi nada. Y encima una muerte que nos cogió a todos por sorpresa. Y el 29, para cerrar el mes, fallecía mi tío Manolo, hermano de mi padre, luego de una penosa y terrible enfermedad contra la que luchó como gato panza arriba. Yo ya tenía pensado emigrar, pero aquel mazazo, sin duda, me empujó todavía más si cabe, y nunca volví a ver noviembre de la misma manera.

Siempre que sobrevuela el mes de noviembre, un frío de gélida y desagradable navaja me aturde, me invade, me desasosiega, me hiere.

Es cierto que unos van y otros vienen. El problema que es que los que se van son muy valiosos, y no veo reemplazo ni regeneración en esa calidad de personas que nos dejaron. No estamos altura, y tal vez nunca las pérdidas fueron tan irreparables.

Empero, las cosas pasan por algo. Dios sabe por qué. Y al final, cuando ligeros de equipaje nos embarquemos en el último viaje acogiéndonos a la santa misericordia, también lo acabaremos sabiendo.

A día de hoy, me quedé sin tíos varones. Desde entonces, el flamenco no rasguea igual, ni los galgos corren tanto, ni los olivos despachan su esponjosa blandura pidiendo alguna que otra candela mañanera antes del tajo. Todas las distancias se van haciendo más largas. Las ilusiones se achican al son de una inercia cada vez más mustia. Ha pasado mucho tiempo. Y hay cosas que si cambian, es a peor.

A día de hoy, no sé qué pasará mañana y así vivo, como tantos otros coetáneos y coterráneos a lo largo y ancho del complicado mundo. Eso de ser previsor se ha acabado, y nuestra vida se parece más a una novela galdosiana que a la época del proteccionismo de la que pudieron curtirse varias generaciones. Y el que tenga entendederas, que entienda. Habrá que bandearse lo mejor que se pueda, ya que las palabrerías se las llevó el viento de su mentirosa raíz. Pero por más jodidos que estemos, habrá ejemplos en cuyos espejos siempre nos miraremos con gustoso orgullo.  Hay que vivir. Hay que salir adelante. Ya no soy yo solo. Y mi descendencia ha de conocer los referentes que me impulsan y animan.

Noviembre: Pasa rápido. No te cortes. Que después de ti viene la Navidad, y año nuevo vida nueva. Pero eso sí, titos: Nunca pasaréis de mí ni de los muchos que tuvimos la suerte de teneros. Gracias por ser eternos.