lunes, 27 de febrero de 2017

"EL GRAN PANCORVO" - "LA ABEJA"


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pancors
Escribe:Antonio Moreno Ruiz.- Gracias a Dios Nuestro Señor y a la incansable gestión de buena gente como Yhonatan Luque Reyes, disponemos regularmente de misa tradicional en Lima, concretamente en el Santuario de Nuestra Señora de la Soledad, cerquísima de la Basílica de San Francisco que no osa esconder su monumental barroco frente a la concurrencia de las palomas y el subsuelo de unas catacumbas que parecen llevarnos a Roma. Lima siempre será conocida por la Ciudad de los Reyes.
Por eso, para andar por su centro histórico, me gusta ir bien vestido. No en vano existió la expresión “jironear”, porque no de cualquier manera se pasea por aquellos céntricos jirones, como bien recuerda el ilustre filósofo limeño Víctor Samuel Rivera. Así que en los calurosos días, un servidor, ni corto ni perezoso, se pone su guayabera, su sombrero de alas anchotas y sus lentes oscuros, y para adelante, gracias al metropolitano. Y así de hecho compruebo que los antiguos eran mucho más prácticos y menos tontos que nosotros. A saber: La guayabera, que allá en mi andaluza tierra, en la época de mis abuelos era más conocida como “camisa cubana”, es una prenda tan fresca como elegante, y el sombrero, sencillamente nos tapa del sol. Para muchos climas americanos, así como para las Islas Canarias y el sur de la Península Ibérica, con razón era usada por los antiguos. Con razón esos mismos antiguos usaban boinas en invierno y sombreros el resto del año.
Lo que no es normal es que con este solazo que parece rebotar en el Pacífico para arder en los Andes vayamos con la cabeza descubierta o usemos determinadas ropas que, amén de hacernos parecer eternos adolescentes, o dan más calor de la cuenta o no saben proteger del frío. Y visto lo que fue Mayo del 68 y sus consecuencias, más nos valiera la generación de nuestros abuelos que la de nuestros padres. Y barruntando estas cosas, se me viene a la memoria Pancorvo. ¡Cómo se va pasando el tiempo! Como el que no quiere la cosa, resulta que llega el primer aniversario de la muerte del gran José Antonio Pancorvo Beingolea. Y digo “el gran” no por decir poca cosa, sino por decirlo todo. Porque sería injusto definir a Pancorvo como poeta, escritor, historiador, paracaidista, espadachín, pintor… Porque Pancorvo era eso y mucho más: Pancorvo era un arquetipo que antes de írsenos ya figuraba en la inmortalidad, a fuer de unir la borgoñona cruz de San Andrés con el estandarte supremo del sol. Pancorvo superó todas las contradicciones que se han hecho en torno al término “criollo”, en puridad, mucho más amplio y clarificador que una supuesta “limitación costeña”, y que no se contradice con lo andino.
Esta superación sólo la puede hacer alguien de su categoría: Un grande. Como los sabios buenos y clásicos, era humilde, pero no humilde por falsa modestia, sino humilde por generoso, porque, amén de que siempre estaba dispuesto a aprender, también le gustaba compartir su saber y porque sabía que, como reza el castizo proverbio castellano, nadie es más que nadie, o por lo menos hasta que no se demuestre.