jueves, 23 de marzo de 2017

RELEYENDO A BÉCQUER

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Gracias al libro electrónico, he vuelto a encontrarme con Bécquer. Amén de sus Rimas y Leyendas, toda una curiosa colección de artículos me han llevado de nuevo al universo de uno de los más grandes de nuestra lengua. Y como era paisano, mejor que mejor. En toda relectura de Bécquer se descubren cosas nuevas. Por ejemplo, algún que otro paralelismo con Edgar Allan Poe, que según el muy atinado criterio de mi amigo el profesor Manuel Fernández Espinosa, puede venir por una convergencia ante el idealismo alemán que tanto influenciaba ya en esa época a tirios y troyanos. Con todo, en Bécquer, al igual que en el también sevillano Luis Cernuda, no hay improvisación que valga. Todo está muy bien estudiado y medido. El talento es derrochado en base a una disciplina metódica. Si bien Bécquer se inspira en lo sencillo y en el amor, es un gran creador. Decir mucho con pocas palabras es una gran tradición española que acaso arranca del conceptismo barroco y no es nada fácil.

En Bécquer se dan corrientes premonitorias de su época: El relato de terror, la confusión entre realidad y sueño, entre deseo y razón; un humor muy característico; el rescate del "folclore" en un sentido amplio... Bécquer, no obstante, como hijo, sobrino y hermano de pintores, supo plasmar mucho del arte pictórico en su poesía.

No se puede negar, asimismo, que Bécquer es un claro exponente del romanticismo. Y ahí tengo yo una relación de amor-odio con el romanticismo muy difícil de explicar. Me molestan muchas consecuencias del romanticismo, sobre todo, las que se llevaron al terreno de la política. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer que la literatura romántica me ha influenciado mucho. Y dentro de la literatura romántica, especialmente nuestro Gustavo Adolfo, pues como dije en la última presentación de mis libros en la Biblioteca Cosmos, es que desde el instituto, Bécquer me influenció mucho más de lo que yo pensaba. Naturalmente, esto no quiere decir que alcance su talento. Pero lo noto mucho en la composición de mis rimas, al menos, en la intencionalidad, más que en el resultado, lógicamente.

Muchas veces pienso en Bécquer, pues tengo 35 años, y él murió con 34... ¡Qué no hubiera escrito de vivir el doble de años! Trágica su muerte, y trágica la de su hermano Valeriano. Dos grandes artistas de nuestra cultura que, si bien con el tiempo han ganado cierto reconocimiento, todavía queda tanto...

Ahora ando releyendo a Cadalso y pronto me pondré con Dostoyevski. Pero cada "x" tiempo, prometo volver a Bécquer. Siempre Bécquer.





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