martes, 7 de marzo de 2017

UNAMUNO Y EL CARLISMO

Resultado de imagen para III Guerra carlista

"El artículo de Pérez-Guitarte titulado “testimonios” me ha animado a escribir uno menos neutro y más de ideario, a sabiendas de que voy a destruir tópicos de que no eran tan típicos; pero si alguien no está de acuerdo me gustaría que opusiera argumentos históricos en contra y citas que digan en qué me equivoqué; si no, tal vez debieran de ser ellos quienes cambiaran sus parámetros.
Sólo puedo decir que no he inventado nada.
Lo que transcribo sucedió durante la toma de Cuenca por las tropas carlistas mandadas en aquel entonces por S.A.R. don Alfonso Carlos de Borbón y Austria Este y hermano de D. Carlos VII:
“Contrastó con la conducta de todos los demás la de los oficiales y algunos individuos del batallón carlista de Cuenca que evitaron varios crímenes ocultando en sus mismos alojamientos y facilitando la huida de la población de algunos liberales muy significados, lo que originó disensiones con sus compañeros de armas los valencianos y los zuavos, entre los cuales había muchos franceses de la COMUNE, fugitivos cantonales de Alcoy y Cartagena y presidiarios, constituyendo, sin embargo, los tales zuavos el batallón predilecto de la Infanta y el que le daba la guardia de honor”.
Página 22, tomo XIV. De la “Narración Militar de la Guerra Carlista”, de 1869 a 1876.
Por el Cuerpo de Estado Mayor del Ejército. Edita, el Depósito de la Guerra. Madrid, 1889.

Este fragmento da mucho de sí, pues tiene datos e interpretación convencional junto con el subrayado de la COMUNE, que es del original que nos lleva a hacernos preguntas que yo me he hecho y dejo al albur de cada uno. El núcleo y la masa de los ejércitos del Rey don Carlos eran sus carlistas de siempre, pero a ellos también se unieron anarquistas, bandoleros andaluces, poetas más o menos “progres” y zuavos. Es bueno y necesario preguntarnos ¿por qué y qué veían éstos en la Causa de don Carlos, y por qué don Carlos les admitió a la defensa de su Causa? Yo tengo mi respuesta y a vosotros os dejo la vuestra, pero os afirmo que ni miento lo que digo ni invento; los datos son objetivos y la historia no se puede cambiar y ello ha hecho que, sin cambiar la visión idealizada de la Tradición que recibí, la vea ahora con los factores de imperfección humana que la hacen más real y por eso más válida, valiosa, querida y admirada. El esta línea, y a mí me da mucha luz, aún existe en algún pueblo de nuestra geografía un dicho que reza así: “tienes más hambre que un carlista”.
Este contexto de aquella carlistada fue también visto por D. Miguel de Unamuno, niño cuando nuestros bisabuelos y tatarabuelos defendían su modo de vida y al Rey que lo garantizaba. Por ello es bueno y necesario hoy el análisis de lo que él captó en esa época.
Entresacaré fragmentos de la carta que dirige a Joaquín Costa en fecha 31 de octubre de 1895, español éste que tampoco necesita presentación. Así dice don Miguel de “la última carlistada” y de la que llevaba 8 años de investigación: “Una de las cosas que se descubre en ella es un fondo de socialismo rural. Tengo recogidas proclamas de antes, periódicos carlistas, etc., y de todo ello puedo hacer un trabajo acerca del elemento socialista en la última guerra civil. Pero lo verdaderamente curioso es un plan de gobierno que presentaron a D. Carlos en 1875 don José Indalecio de la Casa, don Julio Nombela (que vive en esa aún, sic) y el canónigo don Vicente Manterola.
En tal plan hay cosas como éstas:
2º Imponer a la aristocracia la obligación de fundar y dirigir colonias agrícolas (cooperativismo agrario 30 años antes de la Rerum Novarum).
3º Declarar forzosa para gentes acomodadas la tutela de los huérfanos pobres.
(El plan dice “mandar hacer lo que manda la caridad”, sic).
4º Con atención a que “se gobierna para los ricos a costa de los pobres, y debe suceder lo contrario… :que la pequeña propiedad sea dispensada de todo tributo, de todo gasto de inscripción y de toda clase de costas, mediante un recargo en progresión creciente sobre la gran propiedad”.
5º “El trabajo representado por el trabajo”(¡los sindicalistas nos van a enseñar a nosotros!),y, en fin, sería cosa de copiar toda esta curiosísima utopía socialista en un plan simétrico y sistemático. Si le interesa a Vd. hallará todo el plan con noticias de la suerte que corrió en el cap. I del lib. V de la obra “Detrás de las trincheras, páginas últimas de la guerra y la paz, desde 1868 hasta 1876 por Julio Nombela. Madrid 1876”.
Por mi parte podría añadir a tal plan buen número de proclamas y manifiestos y proclamas de folletos carlistas (que precedieron a la guerra), en demostración de que las ideas crudamente descentralizadoras (guerra a la ciudad) y socialistas de tal plan eran expresión del sentimiento de las masas carlistas”.
¿Explica esto por qué los integristas comenzaron a anatemizar a don Carlos? Para más abundamiento en el libro titulado “Requetés de las trincheras al olvido” relativo a 1936, que volveré a citar, se cuentan experiencias en las que se compra con dinero, de los que tienen algo, el terreno comunal desamortizado, para que no vaya a poder de los ricos y sirva para completar los ingresos de los pobres; en un claro intento de revivir, lo que se podía, la desaparecida vida comunal. A esto se le pude llamar auténtico socialismo (no del bastardo que no respeta la propiedad privada porque la asigna al Estado) impulsado por la caridad cristiana.
Don Miguel dice entre otros comentarios: “El colectivismo agrario de Costa,… lo de la política de alpargata, todo ello es carlismo”. En otro lugar se aventura a decir: “En el carlismo como en el anarquismo, había íntimas expresiones del carácter español, habían tendencias espontáneas que deberían ser integradas en cualquier solución política para el país”.
No es de extrañar que don Miguel perciba lo que acabamos de ver, pues en el carlismo, desde los inicios, siempre hubo lo que se podría llamar “el intrahistórico y popular”, con su fondo “socialista”, federal y hasta anárquico, que era y es una de esas íntimas expresiones del pueblo español a las que los políticos ni intentan llegar (está dicho con mis palabras, pero la idea es de don Miguel).
Lo que acabo de exponer nos resulta chocante a nosotros carlistas del siglo XXI pero las desamortizaciones, que sufrieron los padres y abuelos de éstos que acaba de citar don Miguel, causaron tremendos estragos en todas partes (no obstante a que hubo pueblos en los que para evitarlos, se repartieron entre los vecinos los montes comunes que quedaron) y consecuentemente la protesta estalló en forma violenta, entre unos hombres mucho más bragados que nosotros y que acababan de terminar una francesada que les sirvió de aviso y entrenamiento. Cito palabras de don Miguel: “El carlismo puede decirse que nació contra la desamortización, no sólo contra los bienes del clero y los religiosos, sino de los bienes del común. Con las tierras desamortizadas se corroboró y fomentó el odioso régimen económico actual”. Estas palabras parecen dichas en el siglo que vivimos y no hace 150 años.
Pues veamos algunas muestras desde los orígenes durante la primera carlistada. En las sesiones del Congreso del día 11 de abril de 1835, en el que se está tratando el tema de la exclaustración “moderada” y a quién iba a beneficiar el producto del latrocinio, el señor Alcalá Galiano decía: “necesitamos partidarios,… necesitamos amigos celosos … hablo de intereses sólidos y palpables; no hablo de buscar el apoyo de proletarios, de esa gente objeto de tanto baldón, sino de compradores, gente rica, sesuda, pacífica”. Y el comentarista de estas palabras (en el libro donde lo he sacado) pone de manifiesto que las mismas estaban “totalmente ayunas de una elemental justicia social, ya que eran los ricos, no los pobres, los verdaderos beneficiarios de la desamortización”.
Y yo me pregunto ¿no eran básicamente esa “gente objeto de tanto baldón” los que se levantaron a favor de D. Carlos y “los proletarios”, nuestros tatarabuelos (palabra ya dicha en 1835, antes de su vulgarización por Marx), no eran los que seguían sus banderas y reclamaban así las tierras que les habían quitado? Cuando el 1 de mayo el diputado de Oviedo, Manuel Mª Acevedo le contesta hablando de los colonos que habían poseído esas tierras durante generaciones y que pagando unos arrendamientos irrisorios las consideraban suyas le decía que “el disgusto de esta clase puede contraer consecuencias fatales… ya que estos infelices, que su educación y miseria no les permite mirar el país que les vio nacer bajo otro punto que el de proporcionarles medios de subsistir (sin duda el señor Acevedo miraba el país con ojos angélicos porque se consideraba un angelito), que arrojados de sus caseríos y transformados en mendigos, se agregaría a cualquier partido que los sacase de su infelicidad, y maldecirían un gobierno que los redujo a aquel estado”, ¿qué debemos entender?.
Creo que sabemos a qué partido y bandera siguieron “estos infelices”. Me permito recordaros que los carlistas de los que habla don Miguel eran los hijos y nietos de los que había sufrido la desamortización de los bienes comunales, de la “gente objeto de tanto baldón”, de “estos infelices” y “proletarios”. De verdad, ¿os extraña que tuvieran esas ideas que ahora llamamos subversivas? A mí me extrañaría que no las hubieran tenido, pues no sólo querían recuperar una manera de vida, sino unas tierras que eran suyas, antes que de cualquiera que las hubiera comprado a un Estado que había vendido lo que no podía vender, por no ser suyo. Era otra manera de ver el dicho conocido en nuestros días “la tierra para quien la trabaja, porque es mía”, esto último no es de nuestros días, sino de esos días.
Cuan el Obispo ROMO de Canarias y pro-isabelino (aunque no lo parezca con lo que voy a citar) escribía en 1836 a la usurpadora reina sobre el asunto de las exclaustraciones y desamortizaciones relativas al decreto del 8 de marzo de ese año le decía que en el caso de esas “confiscaciones los verdaderos dueños por las leyes de la naturaleza serían los colonos, pues entonces el que ocupa y labra una tierra es su verdadero propietario,” otra vez aquello de “la tierra para quien la trabaja”, para continuar diciendo que “la ocupación de los bienes territoriales de la Iglesia de España sólo es interés de los banqueros que compraron el papel moneda al 95 de pérdida, y lo quieren pasar ahora por su íntegro valor”.
¿Pensáis que esos colonos se pasaron al bando de don Carlos porque ya sabían que Carlos Marx iba a escribir el Capital e iba a difundir odio al rico, por el mero hecho de serlo?
¿Os extraña pues, las reacciones que al principio os han chocado y no cuadraban con nuestra mentalidad? Sí, he dicho nuestra porque también es la mía. Yo añadiré, completando a lo que dijeron Vázquez de Mella y Menéndez Pelayo, “que las guerras carlistas fueron unas GUERRAS SOCIALES, sazonadas por la defensa de una Iglesia española perseguida, y muchas veces anodina e inane, y envueltas en una maravillosa contienda dinástica”.
A este “raro” pero genuino pueblo carlista se unieron apostólicos e integristas antes de estallar la guerra del 1872 por únicos motivos religiosos y por causa de la persecución que volvió a sufrir la Iglesia cuando triunfó La Gloriosa; perdida dicha guerra, que volvió a tener contenido social, foral, religioso y dinástico (tal como señala don Miguel), se marcharon y sólo quedaron los mismos, los pobres, que seguían siendo tan cristianos o más que los integristas pero que no rezaban por la conversión del Papa porque le entendían perfectamente, pues hablaba su lenguaje: el mismo que sus padres y abuelos.
Cuando vino nuestra guerra civil de 1936 las masas genuinamente carlistas se levantaron por la defensa de la Iglesia (lo social, foral y dinástico estuvo enmascarado) y a ellos volvieron a unirse los de siempre (testimonios recogidos en el libro “Requetés, de las trincheras al olvido”, de entre otros, Miguel Catalán Escribano, José Bañals Mendía, Antonio Uli Balaz y Luis Martínez Erro, este último en el citado libro páginas 812 y 813) lo que supuso que la faceta “religiosa de sacristía” destacara hasta ahogar la faceta social, que también es religiosa y que no logró ser proyectada en el nuevo régimen nacido del 36. El enemigo que hubo que combatir que se decía socialista, pero que no lo era, resultó ser un hijo bastardo del liberalismo y de ahí su odio a la Iglesia y su materialismo, como lo demostró durante el siglo XIX y lo demuestra actualmente de muchas facetas.
Terminada la guerra, la excesiva dependencia de nuestros padres y abuelos de la Iglesia española, que habían olvidado lo que siempre ésta hizo con el carlismo, llegaron a odiar la palabra socialista como si ella fuera la culpable de lo ocurrido, a pesar de que ella ya fue usada por nuestro Rey don Jaime, y en todo caso habría que odiar su mal uso en boca de unos mal nacidos. Os diré que soy “sociedalista” para no molestar a nadie y no herir a mis hermanos pero también os confieso que me gusta más la palabra “socialista” a pesar de que fuera prostituida por los que la utilizaron bastardamente porque así me acerco más a mis mayores y a nuestros reyes don Carlos VII y don Jaime III.
Os contaré el proceso de otra manera.
Cuando los carlistas de la guerra de 1833 se levantaron, lo hicieron por la defensa de una forma de vida que era la suya y de sus mayores, y contra otra que “democráticamente” les querían imponer. Cuando se levantan en el 1872, los menos habían conocido de manera directa esa forma de vida que añoraban y los más la conocían por testimonio directo de sus mayores pero cuando nuestros padres y abuelos se levanten en 1936, también lo hará añorando una forma de vida que sólo de oídas conocían.
Continuando con don Miguel y el afecto que tenía por lo carlita: “¿Cuándo se estudiará con amor aquel desbordamiento popular que trascendía de toda forma? ¡Cuántas cosas cabían en los pliegues de aquel lema: Dios, Patria y Rey!... Lo encasillaron y formularon y cristalizaron, y hoy no se ve aquel empuje profundamente popular; aquella protesta contra todo mandarinato, contra todo intelectualismo, y todo charlamentarismo, contra todo aristocratismo y centralización unificadora. Fue un movimiento más europeo que español, un irrumpir de lo subconsciente en la conciencia, /para continuar diciendo/ que no faltó quien me llamara carlista porque en lugar de estrumpir en imprecaciones y maldiciones contra los partidarios de Carlos VII y hablar de los crímenes del carlismo y otras majaderías de la misma frasca, me propuse ver y hacer ver serenamente lo que el carlismo encierra en sus redaños y la útil y poderosa fuerza que es”.
Don Jaime, a quien gustaba titularse El Príncipe Caballero decía que “cuando se ha tratado de mejorar las condiciones sociales del obrero, me ha parecido siempre tibias todas las reformas e insuficientes todos los esfuerzos; me considero y me he considerado siempre como un SOCIALISTA sincero, EN EL SENTIDO EXACTO DE LA PALABRA y nadie podrá negarme que en todo momento he hecho cuanto he podido para conocer las necesidades verdaderas del pueblo y procurar que se considerara la cuestión social como el problema esencial de todos los hombres de gobierno”. Nunca entendí del todo la escisión mellista que me contaron como un problema de choque de personalidades, pero que me malicio que estuvo abonada porque Vázquez de Mella no llegó a comprender este aspecto que don Jaime sí que dominaba. Aquí me vienen dos cuestiones a la mente.
¿Estaba don Jaime “fumao”, como se dice hoy día, o lo había mamado en casa y por eso no tenía miedo a utilizar cierto término? Yo me apunto a esta última opción. Para abundar más en los términos de los que hemos perdido su auténtico sentido os preguntaré, ¿no era revolucionario el mensaje evangélico, en su época? ¿No acaba de decir el Papa Francisco que un buen cristiano tiene que ser revolucionario? Está claro que el Papa lo dice en el sentido evangélico, no en el que nos han impuesto. ¿Por qué no podemos utilizar la palabra “socialista” siguiendo similar esquema de razonamiento si ya nuestro rey D. Jaime la utilizó y no en el sentido que nos han impuesto y vendido? No olvidéis que lo bueno o malo que a esto último digáis lo estaréis proyectando a las palabras del Papa.
Lo que acabamos de oír de boca de don Jaime ¿no está a la orden del día y tenemos que soportar soluciones “podemitas” (de los socialdemócratas del PP y PSOE ni hablo), cuando nosotros tenemos auténticas soluciones que enraízan en nuestra tradición y en la doctrina social de la Iglesia pero que nos da miedo llamarlas por su nombre porque algunos se han apoderado de esta palabra, como de otras? Que os gusta más sociedalista, por mí de acuerdo, siempre que el concepto lo tengamos claro y todo lo que va detrás no lo olvidemos.
Habéis conocido y os he mostrado una faceta olvidada y desconocida, por ocultada, de nuestros bisabuelos y tatarabuelos.
¿Queremos hacer como la nueva “memoria histórica de un tal ZP” y renegar de ellos cambiando la historia que escribieron con sus vidas? Yo no.
Podremos actualizarla, darle nuevos matices que exija el día a día que nos ha tocado vivir, pero no podemos ni ignorar ni despreciar parte del legado que se nos ha transmitido. “Seríamos indignos hijos de ellos y no tendríamos derecho a formar, junto a nuestros mayores, cuando seamos llamados a hacer la “guardia de honor” eterna que, con sus Reyes al frente, hacen con perpetuo y merecido honor a quien es el único se merece el título de Majestad”.
Servando de Alcañiz