jueves, 29 de junio de 2017

VENECIA-CARLOS VII

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Extraído del muro del amigo Iñigo Pérez de Rada

“Venecia 13 de Enero de 1888.

Desde las más lejanas tierras viene el viajero á Venecia, atraído por el encanto de sus canales y de sus tradiciones. Venecia y los desdenes de una beldad desconocida son las primeras inspiraciones del poeta. Constituye así la ciudad de los Dux el tema obligado de la literatura juvenil. ¡Cuántos han hablado de la plaza de San Marcos sin haber pisado sus anchas losas de mármol! ¡Cuántos han descrito el Lido, el puente de Rialto y los plomos sin conocerlos! Séame a mí permitido, en justa compensación, no hablar de nada de esto después de verlo y admirarlo. Mi humilde pluma no encuentra para tanta maravilla mejor homenaje que el silencio.

Aun cuando el deseo de visitar Venecia bastara para justificar mi viaje, otro motivo, principalmente ligado á mi carácter de corresponsal llevábame de Roma á las playas adriáticas. Desde mi llegada á la capital de Italia había hecho gestiones para obtener de D. Carlos de Borbón la honra de una audiencia. Un leal servidor de la causa carlista, que primero ha contribuido á la triste epopeya de nuestras discordias, y después la ha cantado en versos de mucho vigor, fue a Viareggio, donde estaba D. Carlos, y anunció mi deseo. Recibióle don Carlos con la más exquisita cortesía y la más grata benevolencia, anunciándome entonces el amable mediador que en breve llegaría á Loredan el príncipe. Así pues, emprendí mi viaje, seguro de que D. Carlos iba á dispensarme una amable acogida. Acompañábanme á más del mediador citado, nuestra colaboradora Emilia Pardo Bazán y el director de <>, Sr. Vidósola [Vildósola]. D. Carlos no sólo tuvo á bien recibirme, sino que llevó su bondad hasta el extremo de invitarme á su mesa.

Eran las siete de la tarde. La noche reinaba ya sobre las estrechas callejuelas y sobre los canales. Del Gran Canal surgía una niebla gris y fría que penetraba á través del abrigo. Cuando entramos en la góndola que debía conducirnos al Palacio de Loredan, brillaban sobre el agua de los canales los resplandores de las luces de las casas. Nuestra embarcación pasaba rápidamente rasgando los resplandores que parecían flotar en las aguas y reinaba en el ambiente un melancólico silencio, sólo interrumpido por el grito gutural de los gondoleros que se avisaban unos á otros en la sombra. Desembarcamos en el peristilo de Loredan y entramos en el palacio donde mora D. Carlos.

En el salón nos esperaban el secretario de D. Carlos, Sr. Melgar, el conde de Ayant [Ayanz] y el Sr. Respaldiza.

El nombre de Melgar es harto conocido para que necesite aquí un boceto biográfico. Joven, notable por sus talentos y por sus servicios á la causa carlista, acompaña á D. Carlos hace muchos años y es el consultor constante de los pensamientos del príncipe. Tiene una inteligencia vivísima, un rostro simpático y conversación amena é ilustrada.
D. Elio Elío, conde de Ayant [sic] primogénito de la ilustre casa de Vessolla, es un joven de aspecto británico, tan amable y cortés que no es posible hablarle sin que despierte viva simpatía.

Cuando D. Carlos hizo su viaje por América encontró en Chile al Sr. Respaldiza, heredero de un nombre conocido en la historia del carlismo, y trájose á Europa á quien ha conservado de sus antecesores el amor más firme á la causa del altar y del trono.
También se hallaba entre nosotros el príncipe Salvador de Iturbide, hijo del célebre dictador mejicano que vive en Venecia y posee una gran fortuna y dotes de talento muy brillante.
Poco después de las siete y media presentóse en el salón D. Carlos. Su aspecto es amable y simpático, la estatura alta, el porte gallardo, el rostro moreno y la barba fina y negra. Los ojos grandes y oscuros revelan melancolía y seriedad; la nariz, de correcta traza, corresponde al perfil castizo de la raza vascongada. Vestía don Carlos de frac y se adelantó á nosotros, acogiéndonos con una llaneza afable que no olvidaré nunca. Haciéndose cargo de mi situación, dedicóme particulares atenciones, benévola conversación y una amabilidad encantadora. Habló con la señora Pardo Bazan, felicitándose de ver en su casa á tan grande escritora y á tan fiel partidaria, y empleó con el Sr. Vidósola frases de señalado afecto y de profunda cordialidad.

La mesa estaba servida y fuimos á ocupar en ella nuestros puestos.

El comedor de Loredan es rico, aunque no muy espacioso. Las sillas de nogal tallado con suprema elegancia, los suntuosos aparadores llenos de magnífica cristalería, la lámpara en la que arden quince mecheros de gas, la espléndida vajilla adornada con la corona castellana, revelan boato y buen gusto. Ocupaba D. Carlos una silla, en cuyo respaldo se destaca una corona tallada, y frente a él veíase otra silla igual, que corresponde á la persona de doña Margarita, que ahora está en Viareggio. La comida fue exquisita y su <>, escrito en castellano, rompía con grata complacencia de todos, los hábitos antiespañoles de la culinaria aristocrática. Fue así:

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No fue un banquete en que la suprema jerarquía separase al anfitrión de sus comensales. La conversación fue animada é ingeniosa. D. Carlos habló de sus viajes por América y la India, refiriendo interesantes costumbres de una y otra región. Expresó la alegría que había experimentado al desembarcar en el primer puerto de la América española, hallándose entre gentes que hablaban en castellano. Se habló principalmente de España, pero no de política. Por si algo faltaba para dar al coloquio carácter nacional, hasta se habló de toros con motivo de una panoplia taurómaca que se ve en una de las panoplias del comedor.
Tomamos el café en el museo que D. Carlos ha formado con banderas, armas y pertrechos militares de las guerras, y allí mi pensamiento recorrió con tristeza la cruenta historia en que España ha perdido los mejores años del siglo que otros pueblos más felices han empleado en las labores de paz.

Sobre el muro más extenso de este museo destácase el estandarte real que ondeó al aire en las dos guerras. Es de terciopelo, y le bordó María Francisca, la esposa de D. Carlos V. En una de sus caras están las armas de España, en la otra la Virgen de los Dolores, símbolo de nuestra pobre patria, herida por las siete espadas de la discordia. Este estandarte estuvo guardado en un estuche desde la paz hecha en Vergara hasta el último levantamiento. Debajo del estandarte vése la espada [Nº 68] que D. Carlos llevó en la guerra; su guardamano es una flor de lis, labrada con mucho arte en Eibar.

Agrupadas en haz vénse las espadas de los jefes carlistas que murieron en la guerra, y á la derecha un cuadro en que figuran los nombres de aquellos: Ollo, Rada, Francés [Francesch], Lozano, Ulibarri, Jerónimo García, Andéchaga, Carlos Caro y Sabariegos. En otros dos escudos se destacan los nombres de todos los jefes liberales y carlistas que en la lucha perdieron la vida, y los nombres de las veintiuna acciones en que D. Carlos tomó parte personal. Sobre una mesa de encina, cubierta de rico tapete, está la cruz que llevaba D. Jaime Ortega cuando le fusilaron; un casco de metralla que cayó delante de D. Carlos en Montejurra; granadas cogidas por él en Plewna cuando asistía á la guerra turco-rusa, y modelos de los proyectiles carlistas.

En distintos sitios del salón, colgadas de grandes clavos de artística labor, penden las sillas que usó Carlos VII en la segunda guerra y en la de Servia, y el sillín [ en que montó D. Jaime cuando recorrió una parte de las provincias Vascongadas. Un sillín mujeriego de ancho estribo, finísimo cuero y suntuosos golpes de bordados vése en otra parte: es el que ocupó María Francisca cuando, caballera en fuerte mulo, seguía á su esposo en las operaciones militares.

Banderas de batallones carlistas, banderas tomadas á los liberales cubren otro número.
Pende del centro de la estancia una hermosa lámpara hecha con carabinas, sables y proyectiles. En vez de la muerte sale de aquellos negros cañones radiante chorro de luz. De un cordón de seda que remata la lámpara, cuelga el pedazo de bala de cañón que hirió á D. Carlos en Dicastillo.

Tuvo D. Carlos la bondad de llevarme á su despacho y allí, puesto en pié al lado de la chimenea, conversamos largo rato. No me hubiera yo atrevido sin su venia á explorar su pensamiento sobre algunos de los problemas importantes que afectan al porvenir de España […]

Aquí el periodista vierte en el papel algunas cuestiones tratadas en su entrevista a Don Carlos y que nada interesan a nuestro trabajo, por lo que las omitimos no sin antes al menos enunciarlas: “el servicio militar obligatorio”, “la marina española”, “España en América y en Marruecos”, “situación política del país”, “disidencias carlistas” y “cuando volverá D. Carlos a las armas”. 

Tras dar cuenta de las conversaciones mantenidas con su huésped en materia política, Ortega Munilla continúa con sus descripciones sobre el palacio y los objetos que éste contenía, recreándose en los suvenires sin importancia histórica traídos por Don Carlos de sus viajes y que reforzaban su acusado perfil de coleccionista. Es de lamentar que el redactor no dedicase más tiempo y tinta al “Cuarto de Banderas”.

“Antes de que saliéramos del palacio Loredan, tuve tiempo de tomar algunas notas sobre las infinitas curiosidades que encierra. Desde el despacho de D. Carlos hasta su cuarto de baño, pasando por el salón de recepciones y por el saloncito indio, en todas partes se ven muestras del placer que el dueño del palacio tiene en los viajes, y del buen gusto con que de ellos trae objetos de arte y recuerdos de usos y costumbres. Con particular complacencia mostrábamos D. Carlos las preciosidades que coleccionó en su viaje á la India: cetros y amuletos de sacerdotes budistas, tambores hechos con dos cráneos humanos, objetos de culto de un templo del diablo, maravillosas obras de orfebrería y filigrana de Benases, ya soberbias ánforas de labores inverosímiles, ya mónstruos é ídolos de oro y plata á centenares de artísticas figuritas de barro pintado, que dan idea de la vida india; tapices y estolas riquísimas, un gigantesco bambú, de Candi, cortado por D. Carlos, tantanes de cobre y plata; mazas de los metales más ricos y de la forma más extraña. El saloncito indio es una preciosidad. Tibia claridad esparcía una lámpara que colgaba del techo, y su luz pálida reflejábase en la seda roja plegada en el techo. Ardía en suntuoso pebetero una resina oriental, y el ambiente lleno de aromas oroducía deleitosa sensación. D. Carlos nos explicó el origen de cada uno de los objetos allí reunidos, advirtiéndose en sus palabras que el viaje es el placer más grande de su vida, y que le posee en alto la curiosidad del tourista.

Detuvímonos también en la capilla, donde hay una bandera de raso y oro y una hermosísima Madona.

En el despacho hay en dos cuadros dos pedazos del cable que llevaba el globo Ville de Lyon, en que D. Carlos hizo dos ascensiones aerostáticas [realizadas en julio de 1879 en París], que recuerda con gusto, relatando las impresiones de infinita novedad que experimentó al sentirse flotando por los aires. 

De retratos hay una gran colección en todas las estancias de la casa. El de Aparisi Guijarro, que representa al ilustre político envuelto en una capa española, ocupa sitio preferente. También se ve en lugar de distinción el de Nocedal, pintado por Madrazo con pincel mojado en las tintas de Velázquez. Hay en otros sitios una copia del retrato de D. Carlos por Lonard y, retratos de los dos Dux de Loredan, de doña Blanca y doña Elvira, de la madre de don Carlos, y de D. Jaime, de Elío, de Carlos V y María Francisca, de Ollo y Zumalacárregui. 

Pequeños lienzos de Esteban representan episodios de las batallas de Dicastillo y Lácar, Somorrostro y Montejurra. Mézclanse allí los recuerdos de familia y las memorias de la guerra, lo coleccionado por el tourista y lo heredado por el príncipe; al lado de un pedazo de la primera bandera blanca alzada en la Vendée está la plancha de plata grabada en Tarin para conmemorar la entrada de Carlos Alberto; junto á un cuadrito en que se conservan crines del caballo de batalla de Carlos I de España y V de Alemania, vése un armario en que pulula un enjambre de figuritas indias fakires en extasis, mercaderes y soldados; cerca de un mueble de tocador de María Francisca está la mesa de D. Carlos, llena de carpetas, retratitos de familia y timbres de ágata y esmeraldas. En un salón se vé la piel de un leopardo matado por don Carlos en la India, y en otra estancia se ven agrupados regalos hechos por principales personas de Chile y la República Argentina.

Estos días visitan á D. Carlos muchos de sus partidarios que han ido a Roma para tomar parte en la peregrinación, y son recibidos á toda hora en el palacio de Loredan. D. Carlos que va á Trieste á recibir los restos mortales de su padre volverá pronto á Venecia, donde pasa la mitad del año. D. Jaime irá en breve á Roma á llevar á Su Santidad el regalo de D. Carlos: una cruz de brillantes cuyo valor asciende á ocho mil duros. Sabiendo D. Carlos que ahora hay en Roma mucho carlista, no ha querido ir él mismo á ofrecer su donativo al Papa, á fin de evitar demostraciones que no juzga convenientes."

J. Ortega Munilla